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Diario de la caída, de Michel Laub

23 junio, 2013

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Auschwitz 4.0. El tiempo pasa y desde hace unos pocos años, en el debate sobre la memoria y la identidad judía, no participan solo la primera y la segunda generación de descendientes de la Shoah. Ahora una tercera e incluso una cuarta generación intervienen activamente, sintiéndose libres para matizar aquella conclusión de Jean Améry que el mundo hebreo, con seis millones de asesinados, no había tenido más remedio que aceptar: “Los antisemitas habrían empujado al judío a una situación en la que ha terminado por interiorizar la imagen de sí mismo conformada por el enemigo”. Sí, es cierto que el campo de acción de las dos primeras generaciones de descendientes de la Shoah fue muy estrecho. La cercanía de la masacre les restringía el camino: o se reinsertaban en sociedades ajenas a su credo para renunciar al duelo o asumían, en parte, la ingrata responsabilidad de esclarecer la magnitud y las responsabilidades del genocidio, de sostener la memoria histórica y del restablecimiento de la dignidad de sus familiares. Han pasado las décadas. Los historiadores ya no pugnan sino por los detalles de tal o cual matanza, de tal o cual conformación de los campos y, por otro lado, el Estado de Israel supone la respuesta a una pregunta que nunca debió formularse en los términos que convienen a su carácter bélico. Así que nos encontramos ya en un tiempo histórico en el que el nieto de un superviviente está perfectamente habilitado para plantearse el laberinto de su identidad bajo una perspectiva menos determinista que sus ascendientes. No menos dolorosa, no menos compleja pero sí más aireada por la posibilidad de contar con alternativas. Porque la cuestión ya no es de qué modo los lager determinan los valores de un nieto de Auschwitz; la cuestión ahora es si los acepta como ingrediente fundamental de su idiosincrasia.

Una de las respuestas a esta complicada cuestión la ofrece Diario de una caída, del brasileño Michel Laub (Porto Alegre, Brasil, 1973). El libro es una ficción escrita en tono de testimonio y con recursos autoficcionales. Narra la historia de un niño perteneciente a una familia estigmatizada por el genocidio que es educado en un colegio judío de Porto Alegre, Brasil. Los motivos clásicos de la literatura de la diáspora están presentes –el desarraigo, el extrañamiento, la rabia, etc.– solo que en esta novela las contradicciones entre la seguridad que ofrece la comunidad y la imposibilidad de trascender fuera de la misma no conforman el paisaje de fondo sino que son el desencadenante del conflicto. Ese ser judío que supone aferrarse al trauma de la Shoah y vivir en el interior de su paranoia está puesto en entredicho. Porque ser judío, para el protagonista del libro, no supone una situación monolítica, en la que se heredan una serie de motivos, valores y un peso histórico inamovibles. Desgraciadamente, ser judío supone, antes que una misión, que una maldición o que una responsabilidad política, un obstáculo para la estabilidad psicológica, para la correcta educación en valores sólidos, un impedimento radical para una relación sana padre-hijo, así como una imposición que está en escasa sintonía con el medio.

En el mercado literario español éste es un tema poco común –quizás no en el Estado de Israel, donde el debate ya lleve varias idas y venidas–. No es casualidad que Diario de una caída haya orbitado en la periferia del mundo hebreo –Brasil– y no es casualidad tampoco su formato, en el que no se revela a las claras si lo narrado está extraído de la biografía de su autor, si es una ficción pura o, lo más probable, una simbiosis entre biografía y ficción. Como en la película Vals con Bashir –donde la máscara de la animación digital saca a la luz un trauma inabordable a través del realismo o del documental tradicional–, esta ambigüedad de género permite liberar, en toda su riqueza de matices y en toda su valentía, las consecuencias del gran problema que asola a las nuevas generaciones del mundo hebreo. Y es que las preguntas que los integrantes de esa tercera generación –no digamos ya la cuarta o la quinta– de familiares del genocidio se hacen son: ¿de verdad tenemos que seguir cediéndole al viejo antisemitismo europeo la ventaja de que conforme nuestra identidad con tanta centralidad? ¿Cuántos grados de libertad permite una autodeterminación cultural que nos mantenga en la esfera social judía y donde la Shoah se mantenga como referente? ¿Es razonable hoy día el tradicional miedo que el judío siente ante una potencial amenaza exterior? ¿Se puede restablecer la confianza en el gentil? Hay condicionantes sociales y políticos que responden con optimismo a estas preguntas, porque el hip hop e Internet, el capitalismo tardío y la sociedad del espectáculo, ofrecen importantes puntos de fuga –o de integración o de resistencia o de distorsión– a los integrantes de cualquier identidad minoritaria en las sociedades multiculturales de Occidente. Entre que estas mutaciones culturales se desarrollan –hablamos en todo momento de la periferia del mundo hebreo, no del Estado de Israel–, Diario de una caída es un libro excelente que ayuda a vislumbrar de qué naturaleza y magnitud es el trauma original. Y también da un aviso sobre las nuevas transformaciones del “concepto Auschwitz”. Recordemos que, de ser un lugar semioculto, Auschwitz pasó a conformar un nudo histórico, e inmediatamente después, un enigma filosófico –punto negro de cualquier versión humanista de la política y del pensamiento–. Simplificando mucho podemos decir que en las décadas de los 80 y los 90 se convirtió en objeto de explotación económica por la industria del entretenimiento audiovisual. ¿Cómo será cantado por los raperos judíos del presente y del futuro?

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