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Ciudad abierta, de Teju Cole

1 octubre, 2012

Los inmigrantes ven las cosas de otra manera. Lo cual resulta obvio y ni siquiera haría falta recordarlo si los discursos dominantes de las sociedades estructuradas –occidentales o no– no impusieran siempre el espejismo de que una única perspectiva configura lo real. Lo reivindica un personaje de Ciudad abierta, un inmigrante marroquí en Bruselas, cuando afirma que “la diferencia no se acepta nunca. Eres diferente, vale, pero nunca se ve esa diferencia como depósito de un valor propio”. Teju Cole (Michigan, 1975), nacido en EE UU pero criado en Nigeria hasta su establecimiento en 1992 en EE UU, ha escrito una novela que aborda el tema de la inmigración con un programa narrativo bastante heterodoxo. En sus páginas apenas hay acción y se ven pocos agravios comparativos entre razas; las injusticias están difuminadas y apenas se siente el desgarro que produce la exclusión en las minorías étnicas de Nueva York, escenario de la ficción. Y no hay todo esto porque el protagonista, un psiquiatra oriundo de Nigeria, apenas hace otra cosa en toda la novela que mirar a su alrededor.

Demasiadas veces nos saturan las novelas explícitas que denuncian injusticias con ficciones sobre esas mismas injusticias. Son textos que no interponen un símbolo entre la acción y la interpretación que se debe extraer de la misma, y todo es diáfano. Se trata de textos bienintencionados, con una moral supurante, pero, por eso mismo, quizás sean superabundantes en un momento en el que, quien quiere sabe lo que ocurre con las minorías, lo sabe. Estas obras quedan desactivadas por sí mismas, porque no le ofrecen al lector espacio de participación, más allá de su impacto inicial o de su congoja. El artefacto que ha ideado Teju Cole es más sofisticado, porque su protagonista no hace demasiadas cosas –no constituye el núcleo activo sobre el que recaen los conflictos–, sino que es, más bien, una mirada que recorre las ciudades de Nueva York y Bruselas. Las recorre sin piedad, casi diríamos que sin una moral evidente, esforzándose para exponer la memoria de los agravios sufridos por la raza negra y sin que proponga una interacción con ese entorno hostil a la justicia social. Se ve claro que este personaje opera como una conciencia que selecciona dónde mirar y le presenta el resultado al lector para que sea éste quien mire esta sociedad socavada por el discurso único.

La otra audacia del libro es que, más que disparar a bocajarro contra un sistema que establece sus jerarquías respecto a criterios de raza, nacionalidad y clase, plantea una aguda reflexión sobre el afuera-adentro. Sobre esa atracción-repulsión que las sociedades del capital ejercen sobre sus ciudadanos. Se podría tratar dicha tensión abordando el consumismo (y se diría que quien tiene dinero es aceptado en el tejido social en su dimensión de consumidor), el trabajo (la potestad de intervenir por parte de sus habitantes la obtiene quien no está en el paro), etc. Cole opta por plantear la tensión dentro-fuera a través de un inmigrante de clase alta que no ha viajado en patera ni ha huido de una guerra sino que, beneficiado por las becas y una situación preeminente antes de la emigración, se encuentra en una posición de holgura lo suficientemente ambivalente como para que no pueda dejar de detectar las injusticias pero que, al mismo tiempo, no tome un partido decidido en contra de las mismas. La metáfora perfecta, pues, para los destinatarios del libro: el público culto americano, que dispone en teoría de sensibilidad para ir más allá de lo estético.

Esta configuración hace que, en lo formal, la novela adquiera un ritmo extraño. Cole escribe como un Sebald menos cansado, como un diarista que inventara lo que cuenta, en vez de recordarlo. Esto es así porque el espacio que le sobra tras extraerle al libro la acción, lo llena con descripciones de Nueva York y con reflexiones periféricas sobre ese paisaje. Y porque utiliza una lentitud poco común en la novelística actual. Una novela híbrida, entonces, entre el largo masticar interior de la conciencia y la agobiante realidad exterior.

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