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Entrevista a Christopher Domínguez Michael

17 septiembre, 2012

(Publicada originalmente en Quimera nº 345/346, septiembre 2012)

¿Es posible rastrear la influencia de la literatura del siglo XIX en los primeros proyectos narrativos del siglo XXI?

Soy un crítico a la vieja usanza que se ocupa veleidosamente de los antiguos y de los modernos. Muchos de los ensayos del libro los escribí para periódicos y revistas y luego los organicé como una seudototalidad… En el libro pretendí ilustrar cómo observa un crítico, escribiendo a fines del XX y en la primera década del XXI, a los decimonónicos. La literatura moderna es un espacio continuo y en la narrativa de ahora lo decimonónico es esencial, no se puede omitir aunque muchos lectores y no pocos escritores lo ignoren. Por otra parte me gusta la larga duración, trato de pensar que dos siglos de novela, por ejemplo, son pocos. Conspiro, quisiera conspirar contra la idea de que nuestros años, nuestras décadas, nuestras generaciones tienen el monopolio del fin de la historia. ¿Post modernos…? Eso habrá que verlo –lo decidirá la posteridad–. Quisiera pensar que el mundo abierto por Balzac y Eça de Queirós y Dostoievski no se ha cerrado. ¿No son acaso los atentados del 11 de septiembre propios de los Demonios, de Fedor Mijaílovich? De eso hablo en El XIX en el XXI en un ensayo escrito antes de que André Glucksmann llegase a la misma conclusión, bastante previsible, en su caso y en el mío. También veo mucho Poe en la cultura popular estadounidense y eso está en mi libro, también: Poe en Abu Ghraib…

¿De verdad cree que lo decimonónico está olvidado? ¿No cree que la literatura comercial y buena parte de la ficción “literaria” de éxito actuales explotan reiteradamente las formas más convencionales de la ficción del siglo XIX?

En el origen está, sin duda, lo decimonónico pero ya fue devorado y digerido por el cine, por la narración cinematográfica, la verdadera heredera, para bien y para mal, de las convenciones del siglo XIX. La ficción actual ya no viene de Dickens ni de Dostoievski, sino de aquellos que adaptaron sus novelas al cine.

 ¿No le parece que la principal rémora del lector de hoy –sea un lector “literario” o no– es no asimilar las innovaciones técnicas y las aportaciones de la literatura del siglo XX?

No asimila ni las del XIX ni las del XX. Lo fatiga Galdós y lo fatiga Robbe-Grillet si se trata de leer. En cambio, se apodera de casi todo aquello que le ofrece la pantalla. A mí no me gusta, pero ese es el signo de nuestra época.

Usted divide su libro en cuatro secciones: románticos, reformadores, decadentes y casi contemporáneos. ¿Existen actualmente corrientes estéticas homólogas a estos grupos?

Fue una división basada en la antología de mis propios grupos y apetencias. Creo que ese cuarteto se da en toda la modernidad. Pero podemos jugar ese juego: para sólo hablar de la lengua española y de la narrativa, Vila-Matas (romántico), Fernando Vallejo (decadente), Bolaño (casi contemporáneo) y reformadores pedagogos los hay de toda laya en los libros de autoayuda. Tiendo a pensar, como es notorio, en las grandes caracterologías de época, al estilo de Stendhal o de Eugenio d´Ors… Hay temperamentos clásicos y románticos y reformadores y decadentes en casi todos los momentos. Hay escuelas que cruzan el tiempo. El mundo de Javier Marías, obviamente, es más cercano al de Evelyn Waugh que al de muchos de sus contemporáneos. Coetzee es más ruso (del XIX) que sudafricano y creo que los habitantes de ciudades como Sao Paulo o Ciudad de México entendemos mejor su Johannesburgo que un danés… Coetzee tiene mucho de reformador pedagogo. Corre el riesgo de predicar. Vila-Matas es de la familia de Walser, obviamente y Vallejo es un celineano, quizá Bolaño se arrojó sin paracaídas en el XXI; ya lo sabremos.

¿Por qué cataloga a Coetzee de pedagogo? ¿No le parece que esa personalización tan ambigua que realiza respecto a la pedofilia en Verano es una exhibición velada de sus miserias, una exposición al escarnio?

No, he dicho que el gran Coetzee sea un pedagogo, sino que está en riesgo de serlo, como lo estuvo, siempre, su maestro Dostoievski… Allí está Elisabeth Costello y sus libros sobre los animales…

Hablemos de literatura “comprometida”. ¿Qué significaba estar comprometido políticamente para un escritor del siglo XIX?

El compromiso, curiosamente, vino de la Reacción. Hacia 1830, en Francia, la Iglesia decidió entrar a competir en la arena pública, en los periódicos, las universidades, viendo que la herencia de la Revolución francesa se asentaba. Así, los primeros intelectuales comprometidos fueron los católicos. Y pasó lo de siempre: su estrella, Lamennais, se fue a la izquierda. Todo eso lo dice Paul Bénichou, un verdadero experto. Estar comprometido quería decir (véase el caso de Hugo entre 1851 y su muerte) sentirse un instrumento de la gran voz del pueblo o de la historia). Política-ouija. O el escritor como gran ventrílocuo. Chateaubriand también y no se digan los rusos. En el XX –con excepciones megalomaníacas y egotistas como la de Malraux– el compromiso tendía a convertir al escritor en ingeniero de almas al servicio de un partido. En el XIX más bien era el escritor quien aspiraba a imponer ese dominio a la vez social y ocultista (veánse al respecto los ensayos ejemplares de Philippe Muray, poco conocidos en español). Por otro lado, la literatura siempre ha estado “comprometida”. Montaigne, Voltaire, Rousseau, Burke: qué hacían sino comprometerse, incluso como panfletarios, si era necesario… Los decadentes del XIX de los que hablo en mi libro, la Rachilde, Huysmans, Fénéon, hacían del esteticismo un rechazo político del mundo burgués… O Valle Inclán. Algunos de ellos eran anarquistas o camelots du roy… Desde la torre de Marfil siempre se puede ser francotirador… Fueron los horrores y las sevicias del comunismo bolchevique difundido en Occidente por el estalinismo duro, luego por el estalinismo melifluo de Sartre y compañía los que desprestigiaron al compromiso, parte esencial (usted ha hablado de Zola) de la misión del intelectual. El intelectual debe estar comprometido pero consigo mismo y desde allí procurar la independencia, la crítica de todos los poderes, empezando por el de las mayorías y su convencionalismo.

¿Cree que el manifiesto de Zola tuvo la relevancia que le asignan los historiadores de la literatura o se trata de un gesto sobrevalorado?

Lo de Zola viene 60 años después. Zola nombra y dramatiza una historia intelectual preexistente. Con el J’accuse, el compromiso de los intelectuales de izquierda acaba de adquirir una identidad combativa y moral que había sido más bien de los católicos.

Este tipo de gestos, ¿son posibles en el contexto actual? ¿Son eficaces?

Los intelectuales ya no somos lo que éramos y más vale que nos pasemos de eficaces… Es cosa de ver cómo fue recibido Dickens en los Estados Unidos en los cuarenta del XIX y luego Wilde –eran como estrellas de rock–. O Georges Brandes, el crítico literario, que llenaba teatros, un poco lo hacen actualmente mi querido Fernando Savater o ese desagradable esloveno, Zizek. Pocos, muy pocos, lo hacen ahora pero en tiempos de Brandes estos escritores-conferencistas no competían con el fútbol, si acaso con la ópera. Es sintomático que en la anglosfera se hable de “intelectuales públicos”, lo cual es una redundancia significativa. El intelectual era en principio un escritor o pensador que se volvía público. Pero no soy tan pesimista: mientras haya intelectuales tratarán de hacerse públicos… ¿Su eficacia? Vivimos en sociedades bien distintas de las decimonónicas pero allí está por ejemplo Stéphane Hessel, que no deja de ser muy francés, es decir, muy decimonónico.

¿Cree que el escaso poder de influencia de la literatura en la actualidad desmantela cualquier compromiso político desde las letras?

En efecto, el siglo de los intelectuales, terminó. En España, por cierto, terminó mucho antes que en América Latina… Acá tuvimos a Paz, a Borges, paradójicamente, al mismo Neruda… Para bien y para mal el problema del XX, el de la “jefatura intelectual” se prolongó en esta orilla del Atlántico. Se ha impuesto un poco la perspectiva anglosajona: encerrar a los intelectuales en las universidades, enclaustrarlos. Algo hay de razón en ello. Hicieron, hicimos, mucho daño en el XX sueltos por el mundo en calidad de profetas incendiarios. Empero, la calidad de las democracias requiere de la intervención de los intelectuales, de su influencia. Es contradictorio.

Por seguir un poco más con esto, le hago la pregunta de otra manera. ¿Qué puede hacer un escritor de ficción en un momento como el actual en el que se está desmantelando del estado del bienestar bajo la coartada macroeconómica? ¿No debería el escritor de ficción hacer algo para reforzar una sociedad civil que está siendo despreciada por sus gobernantes? Pero, ¿qué es lo que está al alcance de sus posibilidades laborales?

No veo nada de particular en nuestra situación ni creo que cambie en nada las relaciones entre el escritor y la realidad el que se sufra una crisis económica en algunos países europeos. Creer ello es mirar la realidad en su dimensión periodística, nivel en el que ningún verdadero escritor puede permanecer más allá de unas horas. Desde Séneca y Virgilio al poeta le toca protestar o denunciar contra las miserias de este mundo. Actualmente, algunos escritores pondrán su talento en criticar la insuficiencia de los alimentos terrenales y harán bien en hacerlo. Una parte de su público lo espera de ellos.

¿Cree que la imagen que tenemos de Balzac sería distinta si no hubiera existido Zola? ¿No le parece que fue un escritor experimental?

Balzac murió cuando Zola tenía nueve años. Pero es el fin, Zola, de una tradición. En El XIX en el XXI no hablo mucho de Zola, me gustaría hacerlo pronto, le agradezco la incitación. Es un escritor un poco devaluado. Y en muchos aspectos lo que usted llama experimental. Es el más moderno, el más cinematográfico. Recomiendo, en ese sentido, su novela sobre la guerra franco prusiana de 1870 (La debacle), anuncio del siglo XX.

¿Cree que el encasillamiento político posterior de Zola encubre otro tipo de reflexiones sobre su trabajo?

En lo mejor de Zola no hay política, hay sociología positiva, que es cosa muy distinta. Véase otra novela magnífica, l’Oeuvre sobre los pintores de su generación… A veces creo que Zola y Comte están más cerca del XX que Balzac y Marx. Creo que Hans Mayer (el de la Historia maldita de la literatura, el alemán de la RDA) decía que Zola, ciertamente, también fue padrastro del realismo socialista y tiene cierta razón. Algo hay en Zola que tiene a la producción en serie, a la producción en cadena, al taylorismo… A veces es un fabricante rodeado de chinoiseries…

Cyril Connolly (entre otros) definió la modernidad literaria como la suma del Romanticismo y la Ilustración. Como experto en el s. XIX, ¿sería capaz de aceptar esta fórmula? ¿Por qué?

En efecto, somos o fuimos los hijos de aquella promesa también señalada por Connolly. Se discute mucho, interminablemente, si Ilustración y Romanticismo realmente son antagónicos. En México, lo discutieron mucho Paz y Segovia, dos de mis maestros. De alguna manera el siglo XX rebasó aquello y del XXI, del XXI, qué puede decirse. ¡Ya lo dirán otros! Me encanta la frase de Chou en-lai: “La Revolución Francesa fue hace demasiado poco tiempo como para medir su influencia”. Pero si se trata de experticia, soy más experto en el XX que en el XIX. Le recomiendo mi libro sobre la literatura del siglo XX, La sabiduría sin promesa (Lumen, México, 2009). Allí trato de hacer una historia familiar por las familias intelectuales– del siglo pasado a través de mis lecturas y dibujar el siglo a través de su infancia, de su juventud, de su adolescencia. Es un juego positivo-biologicista

¿Qué factor pesa más en el alumbramiento la modernidad: el apasionamiento de lo romántico o la razón ilustrada?

Ambas, indivisibles. Por desgracia los profetas de Frankfurt desprestigiaron vilmente a la Ilustración, haciéndola responsable de los horrores concentracionarios del XX. Si se trata de repartir culpas, yo, que soy liberal, acusaría más bien a los románticos. Como diría don Isaiah Berlin, veo más a Hitler en las muecas megalómanas de Beethoven que en el antisemitismo de Voltaire. Es cuestión de gustos, supongo. Para el XX la razón es un irracionalismo y el romanticismo una razón.

Y en las letras contemporáneas, ¿pesa más la razón ilustrada o el sentimiento romántico?

Hace rato que estamos más allá de esa dicotomía, que en opinión de Benedetto Croce, por cierto, era absurda. Pero Tomás Segovia decía que seguíamos siendo más hijos de Nerval nosotros que lo que Nerval lo era de Voltaire… En el XVIII a los neoclásicos, empero, les atormentaba si ya habían superado el cristianismo y estaban en la hora de repaganizarlo todo. Pues yo sugiero, humildemente, la re-ilustración. Re-ilustración que tendría que empezar releyendo por ejemplo, a Menéndez Pelayo en su centenario. Leí el otro día en un periódico español a un tipo jactándose de que ya a nadie le importa en España a Menéndez Pelayo. Pues muy mal: allí hay otro caso de un escritor que no corresponde a su época. Menos que un precursor del franquismo don Marcelino fue lo mejor del XIX en la península y obra explica al XVIII. De siglo en siglo… para atrás, así es como me gusta leer.

Existe la idea de que literatura del siglo XIX es una literatura más asequible y conformista que la del siglo XX. Es una valoración simplificadora. Pero, ¿está de acuerdo?

El XIX inventó el realismo y en el XX el realismo pasó a la pantalla. No creo que Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé hayan simplificado nada. Complicaron el mundo, por fortuna. ¿Simple, el mundo de Dickens? Tan no es simple aquella literatura que ya muy pocos soportan leer aquellas novelas, son demasiado largas, digresivas, lo contrario al mundo del Twitter… Pero habrá que insistir. Se volverá, en el XXI, una religión de iniciados aquella que sólo acepte lectores probados de Una casa desolada o de Fortunata y Jacinta… No me parece mal. Hay que devolver a la lectura su prestigio esotérico… Quizá así conservemos algunos pocos lectores… El XIX inventó lo que Sainte-Beuve llamó “la literatura industrial”. El XXI parece producir más literatura industrial de la que puede digerir. Estudiar esa impresión es una de las tareas de la crítica actual, supongo.

En el siglo XX, el combate de muchos novelistas contra el arte mimético burgués tiene uno de sus puntos álgidos en la creación de estrategias que exploran el subconsciente (el monólogo interior) y del desarrollo del punto de vista. ¿Cree que en el siglo XIX también tuvo lugar una disputa similar contra el conformismo del arte burgués?

Para Marx, el perfecto burgués hubiera sido Flaubert; para Flaubert, el perfecto burgués, hubiera sido Marx. Para no hablar de Engels. Aquel fue el siglo burgués, con piano de cola en el salón. Ellos asociaban lo burgués con “lo filisteo”…

 ¿Cuáles fueron las herramientas del siglo XX para combatir lo burgués?

La novela, la sinfonía con orquesta descomunal, el ferrocarril, la luz eléctrica (que mata esos fantasmas que obligaba a los horrores a escurrirse en el inconsciente), la higiene, el socialismo en todas sus variedades…

Y, por lo mismo, ¿cree que las herramientas inventadas en los albores del XIX y principios del XX relativas al monólogo interior y el flujo de conciencia son más eficaces a la hora de representar la singularidad de cada conciencia y de darle la voz a personajes de baja extracción social (y por tanto dar una visión de la sociedad menos adocenada) que las del XIX?

No voy a ser yo quien alabe las virtudes del monólogo interior a estas alturas. Pero no creo que ese descubrimiento artístico, esa herramienta, como usted la llama, sea necesariamente superior a las formas narrativas más decimonónicas… El monólogo interior es una buena técnica que resuelve problemas que no existían antes de su aparición. El monólogo interior es la enfermedad que quiere curar… No se requiere de monólogo interior para singularizar la conciencia de Ana Karenina. No creo que a Tolstói le hubiera sido útil, aunque se acercó mucho a esa técnica en La muerte de Iván Ilich… No todas las invenciones de las que se jactó el XX son canónicas. Pero es lógico que así lo sintamos. En nuestra peculiar disputa de los antiguos contra los modernos, los que estamos atravesando el XXI todavía vamos de la mano del abuelo-XX. Somos niños aún; ya vendrá, todavía no, una adolescencia que nos subleve contra el XX.

¿Sobre qué ideas o corrientes literarias o gestos (o incluso autores) del siglo XX se arrojarán las primeras piedras?

Las primeras piedras cayeron, en la época de la caída del muro de Berlín, sobre el escritor como clérigo, como ideólogo, como jefe espiritual… Terminado en 1989 el siglo XX, como parecen creerlo la mayoría de los historiadores contemporáneos, pareció que habían terminado las obligaciones didácticas del escritor, pero no fue así: hay mucha nostalgia, de la buena y de la mala, por los Sartre y los Heidegger, por los Brecht y los d´Annunzio… Eso en cuanto al papel público de los escritores… Otro pozo del cual están saliendo muchas piedras es la postpoesía, el postpostmodernismo o como se llame: darle sopa de su propio chocolate a la vanguardia y apoyándose en la intertextualidad dinámica de la red, minar por completo a la literatura como soporte escrito: en ese viaje sin fin, apasionante, las muertes profetizadas por Blanchot y compañía serán juegos de niños… Más allá de ello no me apetece profetizar.

 Y, ya que estamos, ¿qué corrientes literarias o gestos (o incluso autores) del siglo XX son los más sobrevalorados? ¿Por qué?

Es muy pronto. El siglo XXI sólo lleva doce años y todos los escritores en funciones nacimos en aquella centuria. Pero ya podríamos ir haciendo una pre-cuenta de escritores bajados de los altares… Yo empezaría por Hemingway…

¿Qué proyectos literarios “nuevos” de la primera década del siglo XXI le han interesado?

Soy hijo de mi época, soy su esclavo. Me gusta Bolaño, me gusta Ann Carson, me gusta Coetzee… Es decir, autores que, vivos o muertos, tendrían más de 60 años de edad. Soy un crítico del siglo XX, seguramente con poca curiosidad por lo nuevo, lamentablemente. La inteligencia para percibir lo nuevo y aquilatarlo es un don rarísimo propio de espíritus realmente excepcionales entre los que no me cuento. Octavio Paz, por cierto, lo tenía.

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