Skip to content

Cuentos completos, de William Goyen

7 septiembre, 2012

(Publicada originalmente en Quimera nº 345/346, septiembre 2012)

Los Cuentos completos de William Goyen (Texas, 1915 – Houston, 1983) recorren la distancia que se abre entre la simple intuición de lo sagrado y la firme creencia en ello. Es decir, entre sospechar que el universo lo constituyen algo más que las reacciones químicas y zambullirse de lleno en la fe cristiana. Lo meritorio en este caso es que en ninguno de los dos extremos produjo Goyen literatura religiosa, es decir, narraciones que predicarían modos de vida según una superstición de la conducta, que lanzarían avisos a los impíos o que organizarían la estructura social según este tipo de admoniciones. Si algo distingue los cuentos de este texano es que bajo su escalofrío no late un propósito moral que los desbarata. Palpita únicamente el deseo de dejar testimonio de que la vida es un extraño fulgor y de que el mejor, ejem, mensaje de la escritura es que al lector se le transmita dicho temblor en sus propios huesos. Por consiguiente, su prosa es enigmática, ruda, brusca y lírica. Como venida de aquel tiempo en el que la máxima refinación en el hogar consistía en freír bacon por la mañana y esperar a que lloviera sobre los campos por la tarde.

El análisis prosigue detectando todos esos elementos que hacen partícipe a Goyen de esa parte de la tradición literaria estadounidense que, en la primera mitad del siglo XX, asistió estupefacta al desarrollo de una perturbación capitalista llamado modernidad. Es decir, la consistencia de la comunidad, la convivencia con los ancestros muertos, la religión, la niñez como paraíso salvaje, la ciudad desbaratando todo aquello que antes cohesionaba las castas, etc. Mal que le pesara –Goyen no se sentía inserto en ninguna tradición literaria de su país– su proyecto estético fue 100% estadounidense. Solo que en su caso y como ya hemos apuntado, lo prioritario no fue la conformación de esquemas históricos ni de radiografías sociales. Es lo que lo distingue del otro William del sur, Faulkner, y de las Eudora Welty y compañía. Porque si bien la cartografía que Goyen dibuja es tan coherente en sí misma como la de Faulkner, al de Texas no le hizo falta inventar mapas para generar un escenario coherente de otra manera y que, sin embargo, despliega rugosidad y hasta fidelidad histórica a su época.

Digamos, pues, que Goyen es un Dostoievski sin tesis. Un creyente sin filosofía. Alguien que, más que poner a prueba la debilidad del hombre y la especulativa dinámica de sus producciones intelectuales, se limitó a vivir la vida según le vinieron dadas. Su biografía lo describe como alguien a quien se le apareció Jesucristo, que sufrió crisis epilépticas en la infancia, que tuvo problemas con la bebida y que intentó escribir una biografía del hijo de Dios. Un outsider en toda la regla. Un perdedor.

En lo estético, merece la pena esta recuperación porque aporta una mirada en la que lo gótico no lo definen fantasmas repartiendo justicia, menos aún demonios babeantes, zombies justicieros o biblias negras. En él, lo gótico lo conforma ese fulgor que viene de antiguo, de las historias orales que han tratado de conformar la extraña e indómita versión de la vida en el Planeta Tierra que el hombre sintió la necesidad de construir para explicar por qué todo es tan terrible si nuestras células las iluminó un dios creador. Como comparación se me ocurre que Goyen es al gótico lo que La noche del cazador es al cine gore. Lo que grupos de rock como 16 Horsepower o Wovenhand son al black metal. Un rayo delicado, antiguo y candoroso que merece la pena reivindicar. No solo rezuma inspiración, pulso poético, gracilidad y majestuosidad a la hora de comentar los hábitos de esa extraña bestia que es el hombre. Es que, además, sus cuentos logran el milagro de transmitir sobrecogimiento tanto a los creyentes más piadosos como a los ateos más arrogantes.

Anuncios
2 comentarios leave one →
  1. 9 septiembre, 2012 8:43 am

    Gracias por el descubrimiento, creía que ya tenía a todos los cuentistas americanos fichados. Tiene muy buena pinta. Por lo que comentas me ha recordado un poco a Flannery O’Connor, ¿puede ser? Bueno, lo comprobaré pronto 🙂

  2. 9 septiembre, 2012 9:02 am

    Andrea: Digamos que en Goyen hay más misterio que en O´Connor. No reparte dogmas cristianos ni nada parecido pero, por usar una analogía, Goyen sería más del Antiguo Testamento, y O´Connor, del Nuevo. La cantera americana de cuentistas es inagotable, lo que supone toda una suerte para los lectores. Abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: