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Cómo se destruye un manuscrito

8 marzo, 2012

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Requiere mucho trabajo. Y concentración.

Porque aunque algunos escritores consideran que un manuscrito es un resultado, para otros, entre los que me incluyo, la escritura literaria conforma un proceso iterativo. Del mismo modo que un algoritmo matemático repite una operación hasta que el resultado alcanza un objetivo –pensemos en una operación de redondeo de cifras: la computadora repite sus cálculos hasta reducir el número inicial de, pongamos, veinte cifras en tres–, muchos escritores consideramos la escritura un proceso de operaciones acumulativas.

No es que las palabras busquen una ubicación exacta en el papel, no. No es, tampoco, que las palabras estén obligadas a representar lo más fielmente unas ideas previas, ya establecidas de antemano. Tampoco. Para algunos escritores entre los que me incluyo la escritura conforma una dinámica mental. Una forma de pensamiento lenta, esforzada –casi agónica– en la que la combinación de las palabras genera sus propias significaciones, sus propios ritmos en el momento en el que aparece en la pantalla del ordenador (en el papel). No es que no exista una inquietud previa, no es que el escritor no haya delimitado los universos psicológicos, sociopolíticos o comunicacionales que se pretende explorar. No es que prescinda de ciudades, de personajes, de hechos (todo eso existe y cumple su papel en la jerarquía de elementos del texto). Es que todos esos elementos están supeditados al mantenimiento de la armonía –o de la disonancia– que las palabras generan. Músicas verbales, idiolectos, ritmos sintácticos que conforman, en primer lugar, una posición emocional desde la que se narra –un tono irónico, un tono convulso, un tono iracundo– y que después despliegan tanto un significado –una interpretación– como unos usos de poder.

Puesto que como todo el mundo sabe un tono verbal ensaya sus propias relaciones de poder. El tono oral de los presentadores del telediario, rápido y “neutro”, apremia al espectador para que asimile lo más rápido posible ese relato de la realidad que tiene forma de noticia breve y no puede ser discutido. El tono elegíaco de la última oración por un difunto nos predispone a tomar conciencia de nuestro propio destino disueltos en cenizas. La música del texto no sólo despliega armonías en los tímpanos del lector, es lo que trato de explicar. Conforma una serie de estrategias persuasivas.

Pero retomo la pregunta inicial: un manuscrito se destruye por “desafinación”. Cuando el escritor detecta que lo escrito no responde a esa afinación anhelada de las palabras y de su música, cuando la alineación de palabras y párrafos provoca efectos melancólicos en vez de suponer un revulsivo para una crisis –es un ejemplo–, cuando un tono demasiado formal anula la dialéctica de pregunta-respuesta-pregunta que toda narración debe de suscitar en el lector, entonces no queda más remedio que comenzar a destruir lo escrito.

No resulta doloroso. No supone una pérdida definitiva. No mella la autoestima del autor. En todo caso, acarrea una molestia porque origina un nuevo aplazamiento del punto final y obliga a que el proceso iterativo continúe. O sea, más trabajo. Mayor afinación de la puntería.

En mi caso, las primeras versiones de un cuento, de un artículo, de la novela que ahora mismo estoy escribiendo –y que tiene la muerte como tema central–, son demasiado explicativas. Concentrado en generar esa música verbal a la que antes me he referido, voy conociendo progresivamente cómo es la acción, los personajes, los puntos de inflexión que convoca esa –ejem– partitura de palabras. Eso tiene como consecuencia que los hechos que se narran estén demasiado explicados, sean muy evidentes, porque su aparición en el texto tiene como primer objetivo que yo los conozca, los entienda. Y por eso no suelen generar preguntas sino certidumbres. Así que el proceso iterativo vuelve a empezar.

Un manuscrito se destruye así: página a página. El escritor lee la primera y la descarta: le convence el tono –o no– pero no así la evidencia de lo narrado, la textura del personaje, el desarrollo del diálogo. Lo destruye y piensa que tendrá que reescribirlo. Después de haber decidido eso, sigue leyendo la página 2. Y la evalúa. El veredicto sobre la página 1 influye en ello, así que lo más probable es que la destruya también y el escritor se siente a pensar –a sentir el pálpito interior– de un nuevo ritmo verbal que corrige el anterior. Y prosigue la lectura. Y cuando termina, se da cuenta de que destruir todo su manuscrito le ha llevado tanto tiempo como su escritura.

Da un paseo, toma un té, cena. Le acosan las pesadillas.

Y al día siguiente inicia la reescritura una vez más.

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