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Dos patrias

11 febrero, 2012

Sobre Hemingway y la lluvia de pájaros muertos, de Boris Zaidman

(Publicado originalmente en El Cuaderno Cultural nº 15, febrero 2012)

Los inmigrantes no mantienen su condición a un lado de la frontera sino a ambos. Un israelita de origen ruso en Tel Aviv siempre se sentirá judío cuando regrese a su patria original y a la inversa. Al señalar esto, no nos estamos refiriendo solo a filiaciones sentimentales, sino a las inmensas cargas sociopolíticas que estas dos identidades depositan sobre los hombros de sus miembros. Para un judío que en los años 70 hubiera nacido en la URSS el peso era doble, porque al reciente exterminio nazi y a la segregación hacia lo judío ejercida por la burocracia soviética, se le sumaba el resto de represiones de la dictadura soviética. Editada por Errata Naturae en su colección Los papeles de Sefarard –dedicada a difundir la literatura judía–, Hemingway y la lluvia de pájaros muertos habla de esto. De las difusas promesas que ofrece un exilio voluntario –bueno, corrijamos: “voluntario”–. De la paranoia que causa saberse siempre perseguido, del naufragio perpetuo de quienes eligieron el camino de la diáspora. Narra la rememoración que un exiliado ucraniano en Tel Aviv realiza de sus dos infancias: la primera, vivida en el clima propagandístico soviético, y la segunda, contaminada por el desconcierto de quien no sabe ubicarse en la Tierra Prometida.

En ambos casos el texto ofrece material más que convincente. La rememoración resulta emocionante –en realidad, todas las infancias lo son, pues dan testimonio de que se ha vivido, bien o mal, pero se ha vivido– porque los distintos episodios que componen la narración atesoran el punto exacto de resentimiento y no caen en lo pusilánime a la hora de realizar la crítica. Todo lo contrario, Boris Zaidman (Kishinev, Ucrania, 1975) no se muestra conciliador con ninguna de sus dos patrias, probablemente porque la suya no es una narración “social” sino un relato interior. Es decir, Hemingway y la lluvia… no debe de ser calificada de realista en el sentido decimonónico, porque no se comporta todo lo exhaustiva a la hora de pormenorizar la descripción de las jerarquías sociales en la URSS, y a la hora de que la coyuntura política del exilio quede retratada del modo más, ejem, neutro posible. No. La novela es realista en el sentido psicológico, porque enfoca la convulsión de un problema sociopolítico ateniéndose a su impacto interior sobre la subjetividad naciente del protagonista. La realidad, tal y como la vemos ahí fuera, pues, no conforma lo esencial. Para dar cuenta de la misma, de las coerciones exactas del régimen soviético o de las facilidades de los emigrantes para instalarse en Isreal, ya están los libros de historia y los documentales. O los periódicos. Lo esencial, aquí, es reflexionar sobre cómo al hombre lo cercan las contingencias de la historia. El hombre escrito en minúscula: singular, pequeñito, despojado, vulnerable, desarraigado. El hombre como materia prima del dolor.

            Lo sorprendente es que, conteniendo todos estos desgarros, la novela también se permita un par de pasajes bastante sentimentales –el que da el título al libro y el que lo cierra–, quizás porque la infancia es oscuridad, temor y aprendizaje. Pero también, ya lo hemos señalado antes, la infancia es un eco que reclama una evocación desde la condescendencia de lo dulce.

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2 comentarios leave one →
  1. 18 febrero, 2012 11:32 am

    Roberto, no te imaginas cuánto aprendo con tu blog.
    un abrazo bien fuerte.

  2. 21 mayo, 2012 4:24 am

    No recuerdo si fue Borges quien escribió aquello de: “segundas patrias, siempre fueron buenas”. Y lo hizo con razón.
    Un saludo

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