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La cuenta de la realidad

2 febrero, 2012

Sobre Canción de tumba, de Julián Herbert

Uno de los malentendidos más odiosos sobre la escritura biográfica es el que asegura que el artificio literario está enemistado con lo real. Al parecer, no se puede invocar un pasado íntimo con estructuras complejas; la escritura debe de ser lo menos sofisticada posible (neutra, lineal, sin retorcimientos sintácticos, sin faltas de ortografía: la confesión desnuda) porque solo esa austeridad garantiza el despliegue de la verdad. Una vía de escape a este prejuicio la ha abierto la autoficción. Pero, más que disolver el prejuicio, lo que ha hecho la autoficción ha sido bombardear la superstición y dinamitar el debate, antes incluso de que el propio formato cuaje. Al final, creo yo, la autoficción privilegia el artificio sobre lo demás. No le interesa tanto imbricarse en lo real como el efecto de ambigüedad sobre lo que ocurrió y lo que es una invención, sobre lo que reclama un testimonio y lo que aparece como consecuencia ficcional de determinados sucesos. Por eso me atrevo a predecir que la herejía seguirá vigente un tiempo.

Lo único que puede contrarrestarla es que aparezcan libros con fuerza suficiente para revelar que lo biográfico no riñe con la técnica. Canción de tumba, del mexicano Julián Herbert (Acapulco, 1971), hace ver eso y mucho más. Aquí no se tiene la sensación de que el autor ha retorcido su biografía bajo capas de destellos formales. Aquí, los avances y retrocesos en la trama, los engaños, los juegos con la verdad y con el delirio de la fiebre, así como la intromisión del narrador revelando que la novela es un mecanismo, no contribuyen a construir un prodigio de ingeniería literaria sin alma. Todo lo contrario: la maquinaria de Herbert perfila lo biográfico con gran audacia, en unos casos, y lo magnifica en otros. El artificio no se impone, aunque tampoco se desdeña. Estamos leyendo una novela, sí; estamos leyendo una novela que deja claro en todo momento que estamos leyendo una novela, también. Pero eso no le impide a su autor darle al dolor que suscita el vistazo atrás una forma que parece auténtica.

Esta forma, apuntémoslo, nace de la paradoja de apoyarse en hechos vividos y de considerar que la verdad personal no es ni un añadido a la inmensa lista de párrafos escritos ni tampoco la coartada perfecta (mi-texto-es-auténtico-porque-cuenta-lo-que-sufrí). Ya la modernidad nos enseñó que las verdades explotan desde el interior del texto, porque el texto es un organismo autónomo de lo real que fabrica sus propias reglas estéticas y su propia lógica (también nos enseñó que son las fricciones entre esa república y lo que hay afuera lo que ocasiona la experiencia estética). Consciente de ello, para contarnos su infancia Herbert utiliza la fuerza de la poesía, los requiebros tramposos de la metaliteratura y ese tono lastimoso imperante en todo el texto y que empieza a ser, en esta era post-Boom, el santo y seña de una comunidad latinoamericana que –como aquel Perú de Vargas Llosa– nunca deja de estar jodida.

Ahora bien, la novela permite más que un análisis formalista. En el texto, un narrador que es Herbert-autor, cuenta parte de su infancia junto a su madre –una prostituta– así como la leucemia que la llevó a la tumba. La confesión supura una mezcla de sentimientos encontrados: el narrador lamenta muchas cosas, pero no deja que el resentimiento gane la partida. A fin de cuentas, por mucha infancia desestructurada que se haya llevado, hay una deuda con la sangre, lo que no excluye la melancolía (ojalá-las-cosas-hubieran-sido-de-otro-modo), las inculpaciones ni dejar de asumir por escrito los desvíos éticos. Lo que quiero decir con esto es que Herbert ha parido el centauro de las biografías: un texto que no se agota en un solo perfil (pongamos el resquemor familiar, pongamos la nostalgia de lo no vivido, pongamos la exhibición de los errores propios, pongamos la miseria personal como indicativo político y social de un país) sino que lo aglutina todo en un decurso vibrante que enseña que la cuenta de la realidad sale de sumar muchas emociones y de combinar muchos artificios.

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One Comment leave one →
  1. Juan permalink
    1 mayo, 2012 11:13 am

    Buena reflexión, Roberto: narrar, narrar, narrar.

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