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¿Para qué sirven los muertos?

30 diciembre, 2011

Sobre Los Living, de Martín Caparrós

Novelar sobre los desaparecidos supone reflexionar sobre política, pero también sobre las consecuencias que tiene la permanencia de la muerte en una sociedad. En una entrevista publicada en 2008 en Quimera, el escritor chileno Carlos Labbé afirmaba que el texto más exacto sobre los desaparecidos de Latinoamérica son los informes oficiales, porque recogen cada modalidad de tortura y los súbitos tajos al hábito de vivir con tanto detalle, que ahogan la pupila del lector en sangre. Es una suposición personal pero siempre he pensado que, más allá de su deuda con el género policial, Bolaño se inspiró en estos informes para “La parte de los crímenes”, de 2666, y evitar caer en brazos de una explicitud sobre el tema que habría ahogado su exploración del horror del siglo XX.

A priori, pues, la elusión parece una estrategia adecuada para conducir este espanto a la ficción. Los living, Premio Herralde de 2011, no encara frontalmente el problema de los desaparecidos en Argentina. Pero tampoco lo obvia, es decir, no crea una metáfora que interponga un símbolo entre el papel y su interpretación. Porque, aunque el texto carece de alusiones a los militares –que no aparecen– y tampoco se explica la coyuntura de los años 70, al protagonista lo estigmatiza la desaparición de su padre. Tanto es así que la novela inventa para el personaje un itinerario de resentimiento y sinrazón para ilustrar el desasosiego en el que se sume alguien al que su Estado le ha cercenado el cuerpo familiar a causa del antagonismo político.

Ahora bien, la novela no se agota aquí. Los living plantea una cuestión pocas veces formulada, y es: ¿cuál es la utilidad de los muertos? Como en la genial película de Michel Campillo, Les revenants, la pregunta resulta pertinente. Porque si un muerto todavía es necesario desde el punto de vista social, habrá que guardarle un hueco y esperar que su reivindicación despliegue más beneficios comunitarios que actuar como mero símbolo de la fatalidad o del fanatismo. Y porque si, psicológicamente, un muerto transforma nuestra identidad y nos socava el subconsciente, es de esperar que el olvido al que le confinamos no sea tan aliviador como nos hace creer el paso de página de la Historia. La genialidad es que Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) agarra estas preocupaciones por el lado humorístico, escatológico, incluso, para construir una parodia sobre el estatus de los muertos en una Argentina en la que, en una suerte de ridícula e histérica reconciliación con su pasado, resulta conveniente y hasta euforizante que los muertos pervivan en su condición de cadáver.

¿Cómo procede Caparrós para llevar este proyecto a buen término? Pues utilizando una estética de lo grotesco, gracias a la cual la novela resulta afilada y hasta divertida –todo lo divertida que puede ser una sátira–. Una estética que le permite cebarse en su mirada ácida sobre la Argentina de los falsos predicadores, los artistas oportunistas y la mala educación. A mi modo de ver, la novela resulta excelente no sólo porque da una lección magistral sobre cómo se transforma un trauma nacional de estas dimensiones en un gran capital estético, sino porque lo hace con un pulso que supura talento e inspiración. ¿Cuántos escritores en lengua castellana dan la calidad de página ofrecida por Caparrós? Tenemos, sí, buenos narradores, buenos descriptores, buenos digresores. Pero a veces olvidamos que si consideramos la escritura como una orfebrería es porque su valor no radica tanto en introducir las palabras en su justo hueco como en inventar nuevos alveolos para su engastado, en saber que el arte de juntar palabras no solo lo justifica la eficacia narrativa –el avance de la historia, la intriga, todo eso–, sino que conforma un método para activar el pensamiento. Para que las palabras, en el mismo instante en que comparecen retorcidas y silvestres en el papel, formulen paradojas sobre lo real o cuestionen las consecuencias de los hechos históricos. En esto, Caparrós es un maestro. Lo demuestra la voz que narra este libro –desabrida, irónica, pesimista–, cuya respiración aúna arte y verdad.

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