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Houellebecq o el fútbol

15 diciembre, 2011

(Introducción al Dossier Houellebecq, publicado originalmente en Quimera nº 335, octubre de 2011)

La figura de Houellebecq está llena de contradicciones. Es un escritor que lamenta la disipación de las relaciones humanas pero siempre escribe desde un yo hegemónico, nunca desde el nosotros. Además, en algunas de sus intervenciones públicas reivindica la bondad como el criterio más válido para la organización social –a diferencia del dinero o del poder– pero él mismo desprende una imagen huraña, poco amistosa, incapaz de valorar nada ajeno a su propio aura y –según él mismo ha confesado– depositario de algunos grados de maldad que le gustaría que fueran venerados por sus lectores. Finalmente, Houellebecq se presenta como alguien preocupado por indagar en ese concepto general que nos une y que se ha dado en llamar la condición humana. Un moralista en la más alta tradición filosófica y literaria que, al tiempo, manifiesta un desdén rayano en el desprecio por lo que le pueda ocurrir a su prójimo más cercano. Si nos vamos al cine, Michel Houellebecq sería una Viridiana –¿recuerdan la película de Buñuel?– resabiada y cínica, alguien que sí que les abriría la puerta de su casa a los pobres, pero para hacinarlos a la intemperie del balcón.

Contradicciones al margen, sus libros son únicos. Houellebecq siempre se ha instalado en posiciones “peligrosas” que podemos identificar como reaccionarismo, cinismo social y hasta metafísico, e incluso nihilismo contemporáneo. La diferencia con otros autores que también se disputan ese campo de batalla para alumbrar sus creaciones es que el francés lo hace con tal grado de convencimiento que su prosa no resulta un simple laboratorio sociológico de pruebas sino un arte verdadero. En sus exageraciones, en sus ficciones ásperas y desabridas, late una verdad oscura, imposible de disolver por mucho escáner progresista (ya sea socialdemócrata, marxista, bienpensante o humanista) que le pasemos por encima. Sí, Houellebecq no es el único escritor de la historia que ha pensado su sociedad llamando a escena a personajes malvados, o abordando la narración desde una primera persona equívoca en lo moral (pensemos en Hrabal, en Günter Grass, en Easton Ellis, en el propio Camus). Lo que le distingue por encima de muchos de sus colegas contemporáneos es que Houellebecq es uno de esos pocos –e iluminados– autores capaces de desplegar una conciencia que unifica sus libros bajo una misma mirada, sean cuales sean los narradores puntuales de cada uno de sus libros. Lo rabioso del asunto es que su conciencia, ya lo hemos dicho, resulta reaccionaria, o por lo menos, incómoda, puntiaguda, egoísta.

La pregunta que salta en este momento es porqué nos fascina el punto de vista desde el que Houellebecq describe un mundo posthumanista, en el que el hombre no sólo ha perdido el contacto con lo más íntimo de su ser sino también la manera de interactuar en sociedad. Porque, por un lado, un lugar común entre la pléyade de escritores que asumen la descripción de lo común en esos parámetros, es un cierto cansancio en la reiteración de esa puesta en claro del diagnóstico –la descomposición de las relaciones, el utilitarismo económico como patrón social…¬–, dado que su trabajo no ofrece ni capacidad de intervención ni revela grandes secretos. Y, por otro, porque su posición debería ahuyentar a esa masa de lectores progresistas que sí que confían en el espíritu humano y que sin embargo no tienen más remedio que aceptar que Houellebecq, aun enmarañado en sus propias fobias y esputos, dice cosas bastante exactas. ¿Será porque, a pesar de todo, el prisma reaccionario de ver el mundo puede analizarlo con lucidez? ¿Será porque la división entre progresismo y reaccionarismo es una línea de separación más inestable e ineficaz de lo que parece? ¿Será porque Houellebecq contenta una parte oscura y reprimida de nosotros mismos que, a la chita callando, despliega una gran capacidad de influencia en nuestros actos y pensamientos? Difíciles preguntas…

Lo que sí está claro es que, a diferencia de otros proyectos literarios más benignos, sus veredictos dan en el clavo. Sólo dos ejemplos. En 1994, en Ampliación del campo de batalla, diagnosticó la soledad del hombre conectado al mundo por medio de la red informática y acertó. Y en 2001, en Plataforma, interpretó el turismo sexual como el gran paliativo del fracaso de las relaciones en Occidente, y hoy día los psicólogos no tienen más remedio que admitir que el viaje del cincuentón medio a Tailandia, por mucho que nos repugne –y nos repugna muchísimo–, actúa como válvula de escape en una sociedad en la que la neurosis, individual o colectiva, impide la prosperidad de las relaciones. En estos y en otros aspectos, Houellebecq ha exhibido su ojo clínico. Pero no es sólo eso. Es que sus novelas realmente funcionan como artefactos literarios. Es decir, artísticos. Aunque sus ficciones hayan de ser examinadas a la luz de la sociología y la filosofía, el francés es un excelente escritor, bien dotado para la expresión plástica, la conmoción, la emoción, el lenguaje y hasta para la poesía: facultad extraña entre quienes piensan en abstracto o tienen que sacar conclusiones del destino del hombre subrayando encuestas de opinión.

¿Quién o qué es Michel Houellebecq? Difícil pregunta. En Enemigos íntimos, el libro resultante de su intercambio de mails con el filósofo Bernard Henri-Levy, se postuló como una víctima de los medios de comunicación y negó explícitamente ser reaccionario. Pues vale. Pero pensar en él como uno de esos raros ácratas autosuficientes que nos mira desde las alturas resulta complicado, porque su resentimiento social lo aleja del tradicional buen porte de la aristocracia literaria y, por otro lado, a veces parece ciertamente preocupado por el destino del hombre. Finalmente, no parece sensato asignarle una vena mística, creencias religiosas, desmedidas ambiciones económicas o de poder. Aun a nuestro pesar –y desde aquí pido perdón por la analogía– Houellebecq es Houellebecq. Como el fútbol.

Hemos dedicado este dossier al escritor francés por dos razones, principalmente. Porque activa algún tipo de revulsivo reconocer que la única literatura necesaria no es la que se fabrica en la trinchera de los buenos –esto, además, produce una pizca de placer malévolo en la conciencia crítica que tratamos de alimentar desde las páginas de esta revista–. Pero también porque, más allá de los exámenes filosóficos o estéticos que podamos patrocinar –cosa que hacemos desde esta página– queremos presentar al cascarrabias galo como uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. La nuestra es, pues, una reivindicación literaria.

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One Comment leave one →
  1. 1 enero, 2013 12:57 pm

    Efectivamente, intriga e inquieta y, quizá, no hay que buscar tanta profundidad a sus artefactos. Me da la impresión de que carga con una enorme dosis de esnobismo, de necesidad de ser único y ese es el origen de la contradicción. Aunque muchos lo han intentado y no han conseguido transmitir ese interés y esa desazón en los lectores. Ese es su mérito, todavía no sé verdadero o aparente. “Las partículas… me pareció excesivamente minucioso, su mirada era tan acaparadora que lo cubría todo, lo que merecía atención y lo que no. “El mapa y el territorio” me impresionó más, pero tengo que seguir indagando. Esta reflexión me ha dado una perspectiva nueva.
    Saludos

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