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Gottland, de Mariusz Szczygieł

1 diciembre, 2011

Cierto, la crónica periodística es uno de los géneros literarios que le acercan al lector el fragor de la realidad con mayor eficacia. El mejor cronista no es, creo yo, el que satura la página con toneladas de datos precisos y verificables, sino el que utiliza, sin sobrepasarse, algunas de las cualidades del escritor de ficción. Es decir, la rapidez en la escritura, la voluntad de estilo, la fina comprensión del comportamiento humano. Sin ningún género de duda, Mariusz Szczygieł (Złotoryja, Polonia, 1966) pertenece a esta élite de elegidos. Dada su nacionalidad, y la fulguración y exactitud con que escribe, le supongo discípulo de Ryszard Kapuscinski. Posee su astucia, su ternura y su perseverancia a la hora de perseguir al testigo clave en cada asunto, pero además de estas cualidades, me ha parecido detectar otra que a mí me parece fundamental, y que a menudo se olvida cuando reseñamos libros de crónicas: cierta voluntad de intervenir en el presente. O, por decirlo más claramente, la convicción de que el estudio de un fenómeno del pasado –la Checoslovaquia comunista y democrática, en este caso– ayuda a entender mejor algunos aspectos de la realidad contemporánea.

Desconozco la razón, biográfica o no, por la que Szczygieł eligió Checoslovaquia como tema para este libro de crónicas (ganador, por cierto, del Premio del Libro Europeo de 2009). Pero los reportajes, que arrancan después de la Segunda Guerra Mundial y llegan hasta 2003, no sólo documentan admirablemente el marcaje implacable que el regimen socialista checoslovaco ejerció sobre sus figuras públicas –una historia que se ha contado ya bastantes veces– sino que deslizan con sutileza, pero también con bastante precisión, datos, valoraciones u opiniones que establecen algunos nexos de unión entre aquella Checoslovaquia férrea, dirigida, y la actual democracia neurótica y deprimida.

Por un lado, está la presencia en algunos ámbitos de decisión o de la burocracia checa, de los antiguos burócratas, lo que revela que la democracia no llega nunca desde el cielo ni se superpone inexorablemente sobre las corrupciones del pasado (la democracia nace corrupta en aquellos países que han soportado una historia de vesanía política. Es decir, todos). Por otro lado, en algunos reportajes, Szczygieł nos enseña que hay un paralelismo que no es ideológico, de acuerdo, pero que existe, entre el antiguo control obsesivo de la información por parte del regimen comunista y la actual sobreinformación en cientos de cadenas de televisión, con paparazzis a comisión apostados tras cada papelera (lo que deja en el aire una reflexión sobre la ética de la información: antes respondía a una paranoica obsesión de control; ahora, disfrazada de ocio, de entretenimiento o de, ejem, derecho a la información, se ha convertido en el placebo que nos mantiene alienados; de nuevo Guy Debord clarividente). Y, por otro, vemos en el último reportaje del libro cómo aquella heroica –y un poco inútil, para qué vamos a negarlo– resistencia de los héroes cívicos que se opusieron a la dictadura comunista tiene su correlato irónico en los suicidios de los adolescentes de nuestros días, estos infelices amarrados a una play station que hacen del aislamiento digital y de la hiperconexión el drama más ridículo de este tiempo de abundancias.

Éstas son las pistas de desembarque en el siglo XXI que Szczygieł establece al tiempo que nos cuenta historias asombrosas sobre las actrices checoslovacas que sedujeron a Goebbels, sobre industriales capitalistas checoslovacos del calzado en tiempos convulsos, sobre escritores perseguidos o colaboracionistas (dos formas de demencia) o sobre la presencia que el gran Kafka, hoy una marca de merchandising tan glamourosa como Han Solo, mantiene en el paisaje pragués. Bajo este fragor de realidad investigada, bajo la denuncia de quién fue Stalin y qué control tiránico ejerció la URSS sobre sus pueblos colindantes, bajo Havel, bajo los tanques en el 68, aparecen algunas claves para seguir instigando el presente.

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