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Por qué esta noche

17 noviembre, 2011
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Originalmente publicado en el dossier de Cuentos de Navidad de Quimera 325, diciembre de 2010

Cierto: a principios de diciembre Rosalyn se tragó un hueso de ciruela. Pero no fue hasta la noche de Navidad que tuvo vómitos y empezó a sentir dolor, y después de que su hija Lucía telefoneara al servicio de urgencias, fue trasladada en ambulancia al hospital. Cierto, también: por alguna razón el hueso fue recubierto por sucesivas capas de tejido granular procedente de las paredes del estómago, formando un bolo residual, un marciano. Un híbrido entre Rosalyn y el esqueleto de una fruta, a pequeña escala y sin consecuencias funcionales. El cirujano vio en la pantalla cómo el gastroscopio –un submarino de un solo ojo– buceaba en el interior de Rosalyn, y en cuanto pudo dejarle libre el esófago le solicitó la firma de tres protocolos médicos que le eximían de unas pocas complicaciones quirúrgicas. Rosalyn dudó, pero el cirujano dijo “cuerpo extraño” y “riesgo real”. Y dijo “vamos a entrar en el quirófano sólo si usted nos deja”. Así que después de abrirle el abdomen y de cortar, de examinar, de drenar, de empapar gasas y de no tener que transfundirle sangre, dejó en relativo orden su aparato digestivo. Cuando al día siguiente habló con sus hijas, no le concedió importancia al hecho de que una ciruela muerta fuera el causante del problema. Huesos de pollo, tumores benignos, empastes dentales de plomo… el cirujano no encontraba demasiada diferencia entre ser invadido por un material o por otro (y de su análisis ya se ocuparían en el laboratorio). Mencionó la ciruela, por rigor y porque le llamó la atención que una de las enfermeras la hubiera identificado al ver la masilla granulosa extirpada sobre una bandeja metálica. A la pregunta de Lucía de si era posible que un árbol pudiera enraizar en las entrañas de su madre, el cirujano negó con la cabeza. Rotundamente no. Imposible que germinen bosques dentro de las personas. Después explicó unos pocos detalles de la recuperación, antes de estrechar su mano y la de su hermana y de continuar su ronda. Éstas regresaron a la cama donde dormitaba Rosalyn. Sin ponerse de acuerdo, sin casi mirar la una a los ojos de la otra, imaginaron su estómago colonizado por una cepa de ramas violetas. Carmen, la mayor, pensó en las raíces del ciruelo como una ganzúa viviente que ascendía por el tubo digestivo, y Lucía, en un pulpo vegetal escarbando en el vientre con sus tentáculos. Ambas se sobrecogieron –repugnancia, pero también fascinación– y se cruzaron de brazos.

Mientras Rosalyn despertaba en el postoperatorio, Irene telefoneó a su hermana para contarle lo que les había oído a las últimas enfermeras del equipo de urgencias. Ahí mismo, sentada en una camilla, le dijo: “lo he visto y lo he escuchado yo misma”, o decía: “me lo ha explicado el propio cirujano”, pero se trataba de una mentira o de una fabulación, tan propias de Irene, porque a ella y a las demás limpiadoras sólo las avisan cuando las enfermeras han terminado de coser y las últimas auxiliares están arrojando la porquería al contenedor del quirófano. Le dijo que no había visto el estómago de la tal Rosalyn –“ya sólo falta que tengamos que restregar la mugre dentro de los cuerpos”– pero explicó que el cirujano le aseguraba que el hueso de ciruela había empezado a enraizar en el estómago de esta mujer, y después resaltó el hecho indiscutible de que en plena noche de Navidad se hubiera refugiado en urgencias una mujer con un árbol vivo en su interior. Su hermana no supo qué decir, porque estaba tratando de asumir –dos y cuarto de la madrugada, el salón invadido por los hermanos medio borrachos de su marido– la llamada de Irene. Sin pensarlo demasiado, opinó que se trataba de una señal, porque en todas las culturas se acepta como verdad que los árboles desprenden magia e inmortalidad, un árbol es ese bastón que se funde con los muertos en el suelo de los cementerios. A Irene le cayó bien esta opinión, o, más bien, recibió con buena disposición este pensamiento ecológico o poético o fantástico. De hecho, que el cirujano hubiera asesinado a un bebé de árbol reforzaba la dimensión trágica de la posible señal. Su hermana, entonces, se animó y añadió que si urgía dar con un significado, éste tenía que abarcar la historia completa de Rosalyn, no sólo la parte del quirófano. La cual, remarcó Irene, habría empezado días antes en el comedor de Rosalyn, con la mujer dejando prosperar el hueso por el esófago. Y terminaría esa misma noche de Navidad cuando parte de sus entrañas le habían sido arrancadas en la mesa de operaciones, para trasladarlas en un frasco de formol al departamento de anatomía patológica. Aunque sólo sea para agradar a su interlocutora, a la hermana de Irene le hubiera gustado aportar una interpretación que se expandiera un poco más, pero carecía de fe. Y la propia Irene deseaba que este posible árbol de Navidad estuviera relacionado con las cosas que le habían inculcado, mitos occidentales que permanecen en nuestra conciencia y que importan, porque marcan el calendario invernal y determinan la textura de los sentimientos (y también porque inventan niños miserables que en solo una vida se convierten en reyes y en prófugos y en víctimas). Pensó que si los médicos no le hubieran metido el bisturí a Rosalyn, el brote del ciruelo habría desarrollado completamente sus raíces, las cuales podrían, digámoslo así, haberse enredado en su organismo, abrazándose el vegetal y la mujer en una misma criatura. Llevando la fantasía al límite de lo temerario, también quiso que un atributo biológico de la planta le permitiera pensar que un árbol en un estómago no constituía un problema sino un regalo.

Su hermana le preguntó si era ella la única fascinada con la historia. Pero Irene no supo qué contestar, no porque las coincidencias de la historia la hubieran paralizado sino porque en ese momento creyó –o, más bien, calculó– que lo más sensato por su parte era dejar de mostrarse tan explícita respecto a sus intenciones. “Tengo turno hasta las diez de la mañana”, dijo. E inmediatamente retomó la limpieza del quirófano. Cuando terminó se integró en el grupo que fumaba en el pasillo, e intercambió palabras con dos compañeras y con un celador, fórmulas hechas que lamentaban el trabajo en la noche de Navidad, quejas sobre los turnos de doce horas. En realidad lo que Irene pretendía era ganar tiempo y pasar desapercibida frente a sus compañeras, lo que se trataba de un impulso un poco estúpido y paradójico a la vez, puesto que de ningún modo podía hacerse completamente invisible –sus compañeras la conocían–, y tampoco el universo echa nunca de menos a una simple limpiadora que decide desaparecer por unas horas. Pero eso hizo: se quedó vaciando el cenicero, o avisó de que había olvidado algo, y entró de nuevo en el quirófano cuando sus compañeras arrastraban ya los cubos hacia pasillo. Encendió las luces, le quitó la tapa al contenedor principal e introdujo las manos en su interior. Al principio fue apartando los desechos con un poco de prisa: guantes sucios, algodones, el plástico de los precintos… Pero conforme dejaba de agarrarlos con dos dedos y metía los antebrazos en el contendedor, la misma basura regresaba a la superficie, así que prefirió ralentizar la búsqueda y sacó al suelo lo que molestaba. Es decir, material quirúrgico inservible; es decir, coágulos duros como un cartílago; es decir, plastas de consistencia humana que se habían extirpado y convertido en materia industrial impregnada de sangre o de pus o de otras cosas. Y todo ello dispuesto en perfecto orden, formando círculos concéntricos en torno de su cuerpo. Si cualquiera de sus compañeras la hubiera visto en el centro exacto de los desechos, como una reina rodeada de sus atributos, como una medium iniciando la invocación, habría huido. O la habría abrazado con una de esas mantas recias que cobijan a los desahuciados, y le habría recalcado que sumergirse en un contenedor de basura quirúrgica no constituye precisamente una sensatez. Pero Irene se encontraba sola, y aunque desde el principio había intuido sus escasas probabilidades de éxito, sintió una decepción que no era demasiado relevante, a pesar de todo, porque ella misma conocía mejor que nadie cómo se clasifican o se procede con los residuos del hospital, y también porque una piedra en el camino constituye un peaje literario obligatorio: hasta el mejor cuento de hadas que le hubieran narrado en su infancia dispone que los acontecimientos mágicos tardan un poco de tiempo en desplegarse.

En la sala de reanimación Rosalyn se sacudió la anestesia dos horas después de la operación. La subieron a la habitación y allí fue abrazada por sus hijas. Casi no podía hablar, porque estaba aturdida y cansada, y sentía nauseas. Su anterior vigor, la fortaleza con que se había enfrentado al médico momentos antes de la intervención se había disipado. No se fijó que las persianas estaban subidas y que sus hijas la rodeaban con lágrimas en los ojos. Tampoco reparó que por debajo de la sábana una cicatriz reunía las dos partes de su abdomen. Por fin, a las seis de la mañana, cuando empezaba a clarear y ya nadie tenía nada más que decirle, se durmió. Soñó que se encontraba en una casa inundada. Y que cuando franqueaba la puerta de salida, se abría ante ella una ciudad laberíntica. Le dolía el vientre y la cabeza, y la sonda no le dejaba respirar con fluidez, pero en el sueño esto no lo sentía directamente Rosalyn, porque en ese estado tan extraño de la conciencia no había dolor físico sino una obstinación por parte de la ciudad impidiéndole el avance. Rosalyn flexionaba las rodillas, apoyaba los talones sobre el suelo pero seguía quieta, como paralizada, y sufriendo los empujones de la gente que se chocaba contra su cuerpo. Gente y contenedores vacíos y paredes ásperas y carritos de la compra y vallas publicitarias en las que se constantemente se veía obligada a apoyarse para no perder el equilibrio. El dolor en el sueño no era más que el asfalto, unas paredes de cemento y unas estatuas de granito que se arrojaban contra ella a cada momento.

Ahora sí, despreocupada de lo que pensaran sus compañeras cuando percibieran su ausencia, Irene se dirigió al departamento de anatomía patológica. Al llegar, se quedó mirando el rótulo de la puerta, porque sintió que estaba a punto de pasarle algo importante, pero también porque se dio cuenta de que si en el contenedor del quirófano hubiera encontrado algo inesperado, habría tenido que telefonear de nuevo a su hermana, mentirle un poco –sólo un poco– para obtener de ella una interpretación que la reconfortara. Un relato. Lo pensó porque, aunque no había tenido la más mínima duda a la hora de vaciar el contenedor, tampoco era algo que hubiera hecho sin una buena razón. Recordó que alguien le contó que otro alguien encontró un corazón en uno de los armarios de toallas del hospital, y que irrumpió en el primer despacho para entregárselo a un médico. Ella había sido la única persona en creer la historia, ella y otra limpiadora muerta el pasado uno de noviembre a causa de un cáncer de estómago. Recordó también que cuando a ella la contrataron treinta años atrás, lo primero que le llamó la atención en el hospital fue la guerra entre los médicos y los cirujanos del departamento de cardiología. Era el tiempo en que empezaban los transplantes de corazón, y las defunciones suponían un alto porcentaje de las intervenciones. Casi el 100%, pensó, o el 95%. No era difícil escuchar a través de las puertas, o mientras fregaba el pasillo, las acusaciones que se dirigían entre sí el personal. Disputas sobre la profesionalidad, sobre el instrumental, sobre los sindicatos. Lo que ocurría, recordó, era que los pacientes se morían en la mesa de operaciones con una recurrencia sistemática. En fila india, uno tras otro, porque no se había perfeccionado el método o la tecnología del transplante, o porque aún no existían especialistas que supieran empalmar corazones como dios manda. Y no era sólo que la ineficacia de los profesionales desvirtuaba la nobleza de su oficio, recordó Irene, sino, sobre todo, que los pacientes permanecían medio vivos o medio muertos, una vez que se les había extirpado el viejo corazón ineficiente y se había comprobado que el nuevo no funcionaba. Ahí se quedaban los tipos, abandonados a su suerte, a la espera de que la última enfermera del equipo cumpliera la orden de apagar una máquina, y volviera a coserles el pecho para que cuando tocara rezar una oración por sus almas el ejemplar estuviera completo. Recordó que varias enfermeras abandonaron la profesión, porque no soportaban que la única opción estribaba en que al paciente, vaciado de sus dos corazones, se le mantuviera con vida por medio de una bomba artificial, mientras los cirujanos explotaban de rabia o de ira o de frustración, e improvisaban soluciones inútiles. Tampoco que, después, inevitablemente se murieran, pero mucho menos aún soportaban que, siendo ellas quienes acompañaban a los pacientes en la camilla al quirófano, pusieran su mejor sonrisa falsa una y otra vez, una y otra vez, y les mintieran cuando éstos preguntaban por los riesgos de la intervención o se interesaban por los detalles de una recuperación imposible. Detenida frente a la puerta del departamento de anatomía patológica pensó que si hoy, noche de Navidad en el mundo occidental, noche en que los árboles santos crecen en el estómago de los elegidos, hubiera encontrado un corazón en el contenedor, le hubiera tenido que contar la historia a su hermana, y, lo peor de todo, hubiera tenido que encender una vela por aquel montón de corazones que se desechaban cuando el paciente, varado en una última agonía artificial, terminaba por fallecer.

Pero no se detuvo más con ello. Un hospital es un aeropuerto cuyos aviones no despegan para volar sino para estrellarse. Así que abrió la puerta y entró. Y la prisa o la indecisión le impidió darse cuenta de que, una vez encendidas las luces de aquel espacio atravesado por mesas de estudio, la oscuridad adquiría la curiosa propiedad de agigantar los contornos. Había luces de alarma en los dinteles, y había persianas semiabiertas dejando paso a los destellos del patio interior. Pero lo más importante era que si Irene se hubiera detenido a examinar la perspectiva creada por las sombras, habría concluido que la negrura ensancha las dimensiones de las habitaciones. Algo similar a lo que hacen los dioses en el génesis: crear espacio. Volvió a apagar las luces, más por superstición que por cautela, y con una linterna enfocó las etiquetas de los armarios. “El árbol”, pensaba. “El árbol”. Mientras buscaba una etiqueta con la fecha de ese día, se alivió pensando que no estaba invadiendo ningún espacio prohibido, ni tampoco deteriorando nada, y, además, trabajaba en el hospital desde hacía mucho tiempo. Y, al fin y al cabo, todo lo más que haría esa noche sería inutilizar el candado de un armario. Golpearlo con la base de un microscopio. Nadie lo consideraría un delito: estaba segura de ello.

Rosalyn despertó al día siguiente a media mañana. Cierto: antes había abierto los ojos varias veces, llegando incluso a murmurar algo sobre la sed. Pero se dejó caer en el sueño, hasta que un par de horas después su hija pequeña le acarició la mano. Y cierto: con un hilo de voz, sabiendo que la pregunta podía significar la primera palabra de su extinción, quiso saber si padecía cáncer de estómago. “No te lo vas a creer”, le respondió Lucía. “Te ha estado a punto de crecer un árbol por dentro”. La mujer lo recibió como una broma, incluso como una metáfora, pero Lucía le habló de las ramificaciones del hueso, de una mucosa o recubrimiento dañado por las raíces del ciruelo (lo cual era inventado). Y exageró la destreza del cirujano para reconocer de un golpe de vista los órganos que había que manipular para sacar adelante su vida. Rosalyn pidió que le reacomodaran la almohada. Y en abstracto, sin palabras, abriéndose paso entre emociones y nubes, pensó en la posibilidad de convertirse en un híbrido entre lo vegetal y lo animal. Le dolía el estómago y la cicatriz y los pinchazos del antebrazo y la sonda que irrumpía en su nariz y llegaba hasta abajo, pero aún así dejó claro que en cuanto le permitieran comer con normalidad, se saltaría el postre. Siempre. Carmen, la hermana mayor no incidió en el tema de las raíces. Por lo extraño que le parecía, y porque le alejaba de esa imagen referencial de su madre, reforzada durante la noche que había pasado rezando en la sala de espera de urgencias. Era como si el incidente hubiera transformado a Rosalyn, sangre de su sangre, en una criatura que mantenía vínculos directos con las cavernas del planeta, con sus selvas y sus glaciaciones, con el liquen.

Irene eligió nueve frascos de formol, los alineó en una mesa y se olvidó de los armarios descerrajados: todo lo que hacía un momento le cerraba el camino, ya no constituía una prioridad, un problema. Si la desmemoria no le hubiera atacado en ese momento y si alguien hubiera encendido las luces, habrían quedado a la vista los cajones desordenados, las etiquetas arrancadas, los archivadores esparcidos por las repisas y las puertas abiertas de las neveras. Una especie de ciudad asaltada, con el viento agitando los batientes de las puertas. Y, claro, no hubieran llamado la atención los frascos, que Irene, acuclillada, enfocaba con la linterna. Su idea era examinarlos un rato largo, incluso dejarse hipnotizar por su contenido, para descartarlos uno a uno. El problema era que después de mirarlos Irene no sentía nada. Si ella hubiera sido un poco más mística, menos ingenua pero algo más esotérica, a lo mejor habría encontrado en la alianza de su respiración con la temperatura ambiente la sintonía precisa para el trance. Pero no. Del mismo modo, o de modo parecido, si hubiera conocido el aspecto que en la vida real adquiere la palabra nódulo o la palabra tumor o la palabra vesícula, quizás habría sabido, con un simple golpe de vista, qué frascos podía arrojar al suelo y desentenderse de su estallido. Pero Irene era Irene, una simple trabajadora de cuya respiración el planeta se mantiene ajeno, y, además, lo que tenía delante de sus pupilas sólo eran trozos de organismos que lo mismo podían haber sido arrancados a mordiscos que extraídos por la pericia de un bisturí. Trozos humanos que un día habían ejercido su función en el engranaje general del organismo y ya no respiraban. Vio un estómago que había sido cortado transversalmente y desplegado como un pergamino, y no supo identificarlo. Aquello parecía un lienzo en blanco pero por mucho que Irene lo miró, por mucho que en otras circunstancias quizás se le hubiera ocurrido buscar inscripciones o salmos cristianos, no se le ocurrió nada. El siguiente contenía un trozo esponjoso de tubo, y tampoco emitía vibraciones, así que pensó en el frasco como una pecera inútil, un despojo sin branquias. El tercero contenía un nódulo cerebral, que es lo mismo que decir un punto de cruce en el flujo del pensamiento, una intersección –ya muerta– donde un día se habían asociado ideas diferentes entre sí, por ejemplo, paraguas y angustia; por ejemplo, doscientos euros y la caída de un caballo al mar. Por ejemplo, morirse y un caramelo de café y que tu mejor amigo te robe las llaves de casa.

Irene pensó en levantar a su hermana de la cama, ahora sí, dormida y ajena a las migas de turrón en los sillones y a las copas vacías de coñac. Llamarla por teléfono y preguntarle por el aspecto que debería adquirir un hueso de ciruela que ha caído del cielo y lo ha asesinado un cirujano profano o ateo o insensible a la espiritualidad del mundo. Estuvo a punto de hacerlo porque sentía la necesidad de confesarle a alguien que ella sí confiaba en ese credo que salva a los hombres por medio de la magia y de los excelentes sentimientos y de esas historias redondas donde las fuerzas vivas del universo confluyen en armonía. Pero eso no le habría ayudado, porque en ese momento lo único que podía contribuir a su redención era averiguar el color y la forma exactas de un hueso de ciruela. Sólo eso le haría olvidar los armarios expoliados y las cerraduras forzadas y el despido del hospital y hasta la condena judicial que –lo estaba empezando a temer– tendría que afrontar si no encontraba el árbol muerto de Navidad antes de que un guardia de seguridad la encontrara a ella. Pero de los nueve frascos, sólo había descartado el estómago abierto, por extraño. Y ya se lo estaba imaginando: un policía la empujaría ante el juez después de muchos días de incertidumbre, y éste le preguntaría –las cejas levantadas y un tono de indignación en la mirada– si verdaderamente la noche del veinticuatro de diciembre había pretendido robar un resto humano extirpado para plantarlo en una maceta. Y –las manos esposadas, el sudor frío corriéndole por los muslos– tendría que soportar las preguntas sobre el significado de su delito, porque el fiscal la interpelaría una y otra vez con lo mismo: “¿se da cuenta usted de que estaba dispuesta a cultivar un fragmento humano?” Ella, claro, respondería que no, que su único propósito había sido devolverle la vida a un árbol de Navidad que había sido exterminado casi antes de nacer, pero el fiscal volvería a la carga y plantearía a gritos, delante de los otros abogados y de sus familiares, el supuesto de que Irene realmente hubiera conseguido su propósito de plantar el hueso y regarlo y sacarlo al balcón cada mediodía de su vida, y sonorizarlo con Mozart o con cualquier estación de Vivaldi. Y entonces el fiscal, que en estos casos siempre adopta el rostro de un cirujano frustrado, la señalaría con el dedo y le preguntaría una vez más en qué se habría trasformado su delirio, si hubiera conseguido culminar su plan: ¿en un árbol humano de Navidad o en un monstruo que palpitaría en las tardes de otoño?

“¿Por qué esta noche?”, le preguntó Rosalyn a Lucía, la menor de sus hijas, cuando despertó, sumida en la desorientación. “¿Por qué precisamente esta noche ha ocurrido esto?” Lucía respondió que hoy no se diferenciaba en nada de ayer, de cualquier día del verano o de la primavera. Entonces miró la sonda nasogástrica que entraba por la nariz, y también la otra, que salía de su antebrazo y le inyectaba un calmante, y pensó que ciertamente tenía motivos para compadecerse de su madre. Pero Rosalyn insistió. Antes de quedarse dormida sobre la butaca de la habitación, Carmen, la mayor, pensó que si su madre hubiera muerto en plena Navidad, no habría tenido más remedio que renunciar a su fe en un dios que, por lo visto, modifica el mundo desde su lejana posición de vigía. “Lo que interviene en nuestras vidas es la nada”, se habría obligado a creer. “La nada: nada más que la nada”.

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2 comentarios leave one →
  1. 1 diciembre, 2011 8:33 am

    Estupendo relato. Fíjate, de haberlo sospechado, nunca se me habría ocurrido tragarme a veces los huesos de las cerezas… 😉
    Abrazo fuerte.

  2. 1 diciembre, 2011 11:15 am

    Muchas gracias, Cristina. Me alegra mucho tu comentario. El relato formó parte de un dossier de “Anticuentos” de Navidad que coordiné para Quimera. Trataba de impugnar, o por lo menos de cuestionar, el elemento mágico.

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