Skip to content

Degeneración JL

17 noviembre, 2011
tags: ,

Originalmente publicado en el libro 22 escarabajos. Antología hispánica del cuento Beatle (Páginas de espuma, 2009)

John Lennon estuvo a punto de sufrir un ataque de asma, el primero en las últimas seis semanas, por culpa de un atasco de tráfico en el centro de Londres. Acababa de pasar la noche junto a su novia porque el día anterior había perdido las llaves de su apartamento en los servicios de un pub. Lo tenía decidido: el de ayer sería el último favor que Janet iba a dispensarle —que él le pediría en adelante—, cuando escuchó la voz de la muerte tronando desde sus pulmones. «¿Y el aire? ¿Y mi respirador?», se preguntó. Pero inmediatamente se dio cuenta de algo: «Mi respirador debió de irse a tomar por el culo en el pub». No le ordenó al taxista que detuviera el coche porque si algo le define es su autocompasión. John Lennon siempre preferirá una defunción clandestina —que genere un poco de leyenda— a ser cubierto con una sábana en un hospital público. De ahí que pensara que ya que estaba obligado a desaparecer, lo más aconsejable era proceder en silencio, escuchando el rumor de su conciencia. Bajó la ventanilla y pensó en tulipanes, en aviones inmunes a la destrucción, en un fondo de océano repleto de coral naranja. Con los ojos cerrados y estirando el cuello para capturar el escaso aire que dejaba la polución del atasco, no murió. Por supuesto que no murió: nadie fallece de un conato de ataque de asma en 2003. El taxista, que era ajeno al compungimiento de su cliente y estaba enfurecido por el tráfico —y por la derrota del Arsenal, 3-2 contra el United—, dio un volantazo y se saltó dos semáforos en rojo para acortar el recorrido hacia Brixton, que es donde John Lennon alquila una habitación en una pensión barata. Éste, por cierto, se llama Alphonse Rourke y es bizco. Y vive atormentado: desde que a mediados de los años 90 sus padres lo abandonaran en su ciudad natal, Lyon, se ha sostenido en pie sobre algún tipo de alambre seco, sobreviviendo y agonizando en un viaje por Inglaterra, España, Holanda, Bulgaria, Alemania y Francia que parece no tener fin. ¿Qué es el asma?, se pregunta el tipo de tanto en tanto. Pues no una guadaña que saja gargantas ni un cuervo que profetiza muertes góticas sino un sucedáneo. Y es que los ataques de asma siempre le sorprenden sin su respirador. Se extraña, Alphonse Rourke se extraña de no llevarlo encima cuando detecta el primer espasmo pero, en este caso, su último respirador se quedó tirado hace un mes en un asiento del autobús que conecta Ámsterdam con Londres (la limpiadora de la compañía lo recogió con dos dedos antes de arrojarlo a la basura). Cada poco recuerda que tiene que comprar otro, pero rápidamente lo olvida. Ayer, a las dos y media de la madrugada, nada más serle abierta la puerta, Alphonse Rourke le propuso un trato a su novia. Si accedía a acogerle esa noche, le mostraría su lado más dulce, esa versión de sí mismo que se esconde entre las ruinas de sus deseos y el resentimiento. Janet le dejó pasar sin creerle del todo, aunque anhelaba que Alphonse, esta vez sí, pudiera suspender sus manías paranoicas, flor de loto flotando en la superficie de un lago. Le pidió que entrara sin hacer ruido: la pequeña Sandy, de once meses, dormía en su cuna. Pero Alphonse se había tomado varias anfetaminas disueltas en brandy además de fumar seis cigarros de marihuana, así que, en cuanto se sentó a la mesa de la cocina, empezó a contarle otra vez a Janet cómo había hecho a la edad de quince años para atracar una ferretería y embarcarse en un navío comercial con destino a Dover. La pequeña Sandy se despertó a causa del estrépito que hizo la taza de Alphonse cuando se hizo añicos contra el suelo.

Rourke no es el único desdichado del mundo. Wang Yanfeng, chino de treinta y nueve años, entona las canciones del Revolver en idéntico orden que el disco original cada jueves y viernes en el restaurante de un hotel de Bruselas. No hace falta decirlo, Wang Yanfeng es John Lennon, y lidera una banda importante. Cuando aterrizó en Bruselas hace doce años, lo ignoraba todo de la historia del rock. Yanfeng había viajado a Europa para capturar una de esas oportunidades que se reparten de vez en cuando por el Tercer Mundo. Lo que Occidente le ofrecía era la posibilidad de cultivar su espiritualidad —en aquella época Yanfeng se declaraba católico practicante— en una facultad de teología. La beca implicaba manutención, cama y un discreto cheque mensual a cambio de impartir clases de gimnasia en un colegio católico cuatro veces por semana. Ni siquiera se le pidió el compromiso anticipado de ordenarse sacerdote porque eso dependía de su diálogo íntimo con lo trascendente. Para aprobar el ingreso en la facultad, Wang Yanfeng memorizó las respuestas del examen que el decano depositó clandestinamente en un cajón de su cómoda. Yanfeng desconocía cualquier idioma que no fuera el de su infancia, así que retuvo la tipografía exacta de las respuestas, esos extraños y agotadores trazos occidentales escritos en inglés que, él nunca lo supo, los había redactado un doctor en teología para justificar dos o tres de los innumerables arcanos católicos. Pasó un mes entero encerrado en su celda practicando caligrafía abstracta de la clase Times New Roman, que era la tipografía en que venía impreso el chivatazo. Ecuménico se descomponía en lo que parecían nueve ideogramas horizontales —que él creía belgas—: uno más alto con tres rayas horizontales seguido de un círculo inacabado —también supuestamente belga— y de unos cuernos, y así hasta llegar al último ideograma belga: la o, círculo completo. Santísima podía dividirse en un ideograma belga ondulante seguido de otra ondulación cerrada y de un cuerno invertido, etc., etc.. Así fue procediendo Yanfeng, desmigando cada palabra en algo similar a los auténticos ideogramas, los chinos, hasta que después de muchas noches sin dormir hubo memorizado por entero los dos folios de incógnitas tipográficas. En ocasiones, después de desmontar el equipo de sonido, Yanfeng sale del hotel y regresa a su apartamento con el estuche de la guitarra en la mano. No bosteza, porque el efecto de la cocaína le dura más de seis horas. Pero en el recorrido hacia su apartamento pasa por delante de la Iglesia de los últimos mandamientos de Cristo, y recuerda el modo en que lo espiritual se oculta tras esos pequeños dibujos que son las letras de los exámenes. Las letras de los rótulos. Piensa que así y sólo así es como debe de manifestarse el más allá en la Tierra: a través de algo cotidiano como son las palabras pero, al mismo tiempo, agazapándose de un modo no demasiado evidente.

¿Quién es Diego Jorge Linares? Es John Lennon. Vive en un poblado brasileño llamado Arembepe, en la casa que él mismo construyó apilando botellas de refresco. Ayer, a la salida del Centro de Conservación de tortugas de Praia do Forte, abordó a Lily y a Helmut, dos turistas europeos. «Les dejo que me compren todos los collares», dijo señalando su muestrario de baratijas de conchas. «De verdad que no me importa que me dejen sin mercancía». Linares estaba bromeando, por supuesto. Por mucha culpabilidad que brote en los turistas cada vez que un nativo les asalta con su artesanía fraudulenta, nadie se lleva nunca más de un anillo. Pero Linares no es indígena sino argentino, y le asiste un sentido del humor bastante saludable. Tiene la pierna derecha abrasada, un mapa de ampollas y edemas le recorre el muslo y la pantorrilla, lo que, no obstante, no le impide caminar con normalidad. Suele mostrarse reacio a exhibirla, porque las heridas de guerra no se padecen para estimular lástima entre los bienaventurados, sólo forman parte de un currículum sentimental que refuerza una identidad, que consolida una biografía. Sin embargo, después de un rato de charla, Linares se remangó el pantalón ante la pareja. «Los yankis nos rociaron con napalm desde el aire en el 79, yo apoyaba en aquel tiempo a la contra nicaragüense». Los turistas lo sabían porque lo habían comprobado en los diez días que llevaban descansando allí: si te apetece, en Praia do Forte puedes comerte un kilo de ostras en plena playa. También es perfectamente posible recibir un masaje en la espalda, o que un tipo con pajarita te sirva una copa de champagne mientras el océano te cubre de cintura para abajo. «¿Hay alguien en tu poblado que me pueda leer la mano?», le preguntó Lily a Linares. «Me muero de ganas por averiguar cómo acabará este viaje». Linares se encogió de hombros. En esos momentos su casa estaba ocupada por una cantante de ópera y por su agente. Las había conocido dos años atrás en este mismo lugar. La soprano venía de ver las tortugas y había quedado admirada por esa pintoresca metodología vital consistente en lavarte la ropa a mano y en confiar que la autogestión de tu asentamiento —protegido por el gobierno brasileño— baste para satisfacer tus necesidades. «¿Qué harás cuando no puedas valerte por ti mismo?», le preguntó la soprano con un collar de conchas en la mano. «¿Cuidará de ti tu comunidad?» Linares dijo que a los 65 —ahora tiene 52 años— tendrá la sensación de haber vivido lo suyo, seguro, y acto seguido la invitó a pasar unos días a su cabaña de vidrio —«jamás descansarás como aquí: la cama está a cuarenta metros de la orilla»—. No le cobraría nada porque su casa siempre ha estado abierta a todo el que necesite usarla. «Sólo que tendrás que acostumbrarte a ver a mucha gente desnuda», añadió. «Yo mismo, por ejemplo». Linares le contó esto a los turistas. Lily, bávara de treinta y dos años, farmacéutica y pelirroja, le compró una pulsera. Insistió en pagarle el doble de lo que valía, y aunque desde el principio Linares pensó en aceptar el sobreprecio, se hizo de rogar durante unos segundos que a Helmut le parecieron eternos.

Después de dejar caer la jarra al suelo, Rourke dudó entre salir del apartamento y deambular por Brixton hasta la mañana, o acurrucarse en el sofá del salón. Finalmente eligió el confortable refugio de la cama de Janet. Después de lo que le había costado llegar hasta allí, juzgaba estúpido regresar al frío de la ciudad. Y, por esa misma razón, tampoco acertaba a ver por qué era el colmo de la honestidad conformarse con un sofá en el que hay que dormir encogido y acalambrado. Se cubrió por completo con las sábanas pero después sacó la cabeza y se dejó hipnotizar por los destellos de una farola que se filtraban por las cortinas. Cuando Janet entró en el cuarto, sin encender la luz, sin realizar ninguna ceremonia nocturna, Rourke se encontraba boca arriba, echando de menos ese cigarro que calmara su ansiedad. Janet se quitó la camisa y se llevó las manos a la espalda para desabrocharse el sostén. «Siempre que vienes a casa me entra calor», dijo, sin que con ello pretendiera abrir la más mínima insinuación. Él se dio la vuelta para permitir el abrazo de Janet, y en esa postura permanecieron un rato largo. Rourke no lo dijo, porque el tipo siempre ha sido incapaz de verbalizar de un modo amable y sincero sus frustraciones, pero el simple hecho de sobrevivir, de arrastrarse todas las noches por Londres —«que es una ciudad repelente»— con una guitarra vieja y dos líneas de cicatrices en cada muñeca, suponía un tormento. «Existir es extraño», concluyó. Janet le pidió que bajara la voz. Y le dijo que no entendía cómo podía estar tan triste después de tocar las canciones de los Beatles. Rourke respondió que estaba harto de las canciones. De acuerdo, a lo mejor en un momento de la historia de Gran Bretaña resultaron oportunas, porque apaciguaban la frustración de una población menos histérica, menos necesitada de una muestra de afecto. O quizás no era eso sino que en aquel tiempo de los sesenta todo el mundo debía de comportarse con mayor ingenuidad, de modo que cuando alguien de la escena musical —magos con guitarras— prometía la luna es porque la podía conseguir en un plazo razonable de tiempo. «Ahora las canciones de los Beatles no sirven para nada», añadió Rourke, que es John Lennon, no lo pasemos por alto. Janet le recordó que en ese mismo momento era ella la que le estaba abrazando a él, dos brazos enteramente ocupados en proporcionarle calor, y que esto debía sentirlo como si le hubiera nacido una pequeña luna en la espalda. Una luna amable que no vocifera ni reclama el cobro de sus deudas, menos aún el respeto de los neuróticos. Rourke siguió callado pero al rato le contó a Janet que en el pub había conocido a un alto ejecutivo. Al tipo no se le debía de haber perdido nada por allí, sólo estaba tomando una cerveza, cuando la casualidad hizo que se juntaran en la barra tras el concierto. El tipo se le presentó y dijo algo respetable —sumamente respetable, en realidad, pero también condescendiente— sobre los outsiders que queman su juventud insuflándole vida al fantasma de los genios malogrados. Una opinión. Una palmada entre los omoplatos por parte de alguien que mira desde arriba sin desprecio. Pero, probablemente porque Rourke jamás compone canciones ni escribe poemas ni se ha comprado en su puñetera vida un disco, no se considera músico. Él sólo imita las canciones del Revolver porque alguien le dijo una vez que, escuchándole, se tenía la impresión de que acababan de encender la televisión en plenos años 60. Rourke se lo dijo así mismo: «yo sólo avivo la nostalgia de los borrachos». Pero el ejecutivo, que había bebido más cervezas de lo aconsejable, quiso insistir, y le contó cómo algunas canciones habían supuesto para él un cambio de perspectiva a la hora de encarar ciertos aspectos de la existencia. Rourke asentía en silencio, pero cuando el tipo le preguntó si sentía las canciones de los Beatles en su corazón, si su padre o su madre se las habían inculcado en la infancia, la respuesta de Rourke fue bastante contundente. Consistió en estrellarle la pinta de cerveza en plena cara.

La banda de Yangfeng, los Beatles de Singapur, la integran dos gemelos belgas de 17 años que se encargan de la batería y de la segunda guitarra, además de otro chino llamado Jia Jinhua. Al principio la banda se denominó Los Eléctricos de Singapur porque si hay algo por lo que Yangfeng y Jinhua sientan predilección es el sonido de la electricidad supurando en los amplificadores de las guitarras. Se trata de un ruido áspero, agudo en ocasiones, más parecido al chirrido de las puertas de un ascensor que a cualquier otro instrumento de la familia de cuerda. A los dos les gusta que las canciones de los Beatles se impregnen de esta vibración. Entonar con convencimiento las melodías originales —tan azucaradas—, pero haciéndolas zumbar y que aleteen en el aire, que originen un escozor en los oídos del público. Jinhua le explicó esto mismo a Yangfeng la primera vez que comió con él. Yangfeng estaba pagando trescientos euros por cama y desayuno en una casa belga cuyos cabezas de familia, Jean y Carol, llevaban meses en el paro. Yangfeng ignoraba a qué se refería exactamente Jinhua con eso del pitido en los tímpanos. Él jamás había visto de cerca un amplificador. En el seminario su compañero de habitación —hijo de un conocido sindicalista belga— le había enseñado a tocar la guitarra española con los acordes de Help! y de Yesterday y de las canciones católicas de Bob Dylan, pero eso era todo. Asintió en todo momento a las palabras de su compatriota porque creyó que éste podría ayudarle a tocar con un poco de más técnica o de aplomo. Yangfeng le contó que pasaba los días sirviendo en el restaurante de comida rápida en el que ambos se encontraban, al tiempo que extorsionaba al hijo de la familia para recuperar los trescientos euros mensuales. «No resulta fácil la vida, pero peor las dan en mi pequeña aldea china», dijo. Aunque Jinhua se interesó por la treta que Yangfeng usaba para que la renta regresara a su bolsillo, éste no soltó prenda. A cambio le confesó a su compatriota que algunas noches, antes de introducirse en la cama, tenía visiones. Como voces muy concretas de gente desconocida, como presencias tangibles, como si los ladrillos de su habitación, ocultos tras el revoque, se hicieran presentes y dieran vueltas en torno suyo. Él nunca le había dado demasiada importancia, primero, porque esto no ocurría a diario y, segundo, porque su cabeza siempre había gestado ese tipo de acontecimientos. Aquí y en China. Jinhua le explicó que algunos compositores de música experimental habían conseguido provocar alucinaciones visuales y auditivas mediante procedimientos estrictamente musicales. «Por ejemplo, repitiendo durante horas enteras la misma secuencia de acordes», añadió. Yangfeng le preguntó si ellos dos podrían ser capaces de algo así en público. «¿De hacer qué?», le preguntó Jinhua. «De conseguir que las vibraciones de los amplificadores abran la puerta de nuevas dimensiones».

Helmut, el novio de la farmacéutica bávara, quiso saber si la soprano también practicaba nudismo en el poblado de Linares, pero éste hizo caso omiso. Los bávaros se habían sentado en el suelo, junto al trapo de las baratijas y dos botellas de cerveza que Lily le había comprado a un vendedor ambulante. Linares les contó que lo más terrible de Nicaragua no habían sido sus quemaduras ni el continuo goteo de bajas de personas de las que conocía el nombre y apellidos. Lo más horrible había sido que varios soldados de su guerrilla habían torturado a un ciudadano norteamericano en represalia por un ataque de la aviación estadounidense. «Le abrieron en canal, desde el ombligo hasta la garganta y lo dejaron atado al sol toda la tarde». Lily le preguntó cómo había actuado él pero Linares negó con la cabeza. «En realidad yo no estaba allí, me lo contaron en el hospital de campaña, en plena selva». Un médico había tratado de curar las quemaduras de Linares frotándolas con una plasta fabricada a base de barro, raíces y aspirina machacada. «Como si estuviéramos en plena tribu, el tipo no hacía más que escupirme en la pierna». El emplaste no surtió efecto, y después de que le trasladaran a un hospital de guerra, Linares se enteró de que el guerrillero sólo era un brujo secuestrado por la guerrilla. Cuando regresó a Buenos Aires se encontró con el apogeo de la dictadura de los generales, así que se refugió en California. Primero estuvo empleado en un taller de lavado de coches y en un secadero de pescado pero después se instaló en una comuna hippie cuyo único requisito, además de participar en la gestión comunitaria, consistía en renunciar a la identidad individual para vestir una única prenda: una túnica naranja. Allí se dio cuenta de que la utopía no consiste tanto en exponerte a que te mee de gasolina un avión con radar como en olvidarse de cualquier heroicidad por la paz. En cultivar un huerto y dedicar el resto del tiempo a cantar. En el atardecer apreciado desde una tumbona. «Me trasladé hace quince años a Brasil», apuntó. «Aquí, a diferencia de India, hay mucha comida, puedes vivir sin problemas durante la mayor parte del año». Los bávaros arquearon las cejas, pero Linares les explicó que se encontraban en el trópico, que aquí los árboles jamás descansaban. «Mirad», les dijo. «¿Veis ese montón de castañas tiradas en el sueño? Si las mueles a fuego lento durante cuatro horas, sale una mermelada estupenda». El problema era encontrar energía para realizar ese trabajo a 34 grados a la sombra. Linares apuró un último trago y se dispuso a recoger su mercancía. No es que tuviera nada especial que hacer en casa, era sólo que necesitaba sacarse de encima a los bávaros. Cuando los tipos se pusieron en pie parecían hipnotizados. Linares le dio una palmada en la cintura a Lily. «Óiganme, ¿les ha sonado demasiado real lo de la tortura al yanki?», les dijo. «Es cierto que estuve en Nicaragua, y que me quemaron el culo, pero lo otro es pura invención. No vayan a pregonar por ahí que soy un rencoroso hijodeputa, ¿eh?»

Esa noche Rourke volvió a tener alucinaciones. Se despertó a las 6 de la mañana, aullando y llevándose la mano a la frente porque sentía que un boletín de noticias retumbaba en su cerebro. Era como si alguien le hubiera abierto el cráneo para introducir la BBC en su interior «Irak está explotando en mi cabeza», le dijo a Janet, «Los americanos jamás encontrarán misiles en los hangares de Sadam Hussein, y aún así lo están destrozando todo». Las sábanas estaban empapadas de sudor y Rourke se había meado encima.

El debut de Los Eléctricos de Singapur se celebró en el Excelsior Palace de Bruselas, un hotel de clase alta, seis meses después del encuentro entre Jinhua y Yangfeng en la hamburguesería. Jinhua había convencido al jefe de sección del hotel de que el repertorio del dúo resultaba más que apropiado para su clientela. Consistía en una revisión oriental del cancionero de los Beatles, seguido de pequeños poemas o haikus que correrían a cargo de Yangfeng. Los Eléctricos de Singapur acudieron al recital ataviados con una túnica naranja y una cinta con algunos ideogramas chinos en la frente. Jinhua golpeó dos veces el micrófono con el mástil de la guitarra y acto seguido, sin presentarse, sin darle las buenas noches a una clientela que cenaba salmón en papillot y solomillo trinchado en finas láminas, subió el volumen de los amplificadores hasta un nivel insoportable. Jinhua abordó con furia las sedosas estrofas de «Lucy in the sky with diamonds», atizando las cuerdas de la guitarra y expulsando a gritos los versos de la letra. Ningún comensal fue capaz de apreciar los matices asiáticos de la versión porque el ruido que desaguaban los amplificadores hacía imposible la identificación de la melodía. En medio de esa maraña de zumbidos, Yangfeng perdió el hilo y tuvo que renunciar a los coros. Cuando terminó la canción, Jinhua dijo que los Los Eléctricos de Singapur existían para compensar con su ímpetu el silencio del universo. En realidad esta declaración debería haberla realizado Yangfeng, que había preparado un haiku sobre los límites del cosmos (llevaba meses deseando purgarse del catecismo católico). Pero Jinhua se adelantó a hablar del espacio, que en su expansión, señaló, ha colonizado silenciosamente el vacío mejor que ningún dios o espíritu o fuerza proverbial. Ninguno de los presentes fue capaz de imaginar el mutismo sideral, ese rumor casi inapreciable que desde hace más de trece mil millones de años ha acompañado la expansión de la materia negra y la creación ininterrumpida de galaxias. Cuando, a mitad de la segunda canción, una estridente recreación de Norwegian wood cantada en chino y también saturada de decibelios, el encargado del local cortó la corriente eléctrica dejando el salón a oscuras, Jinhua estrelló su guitarra contra la reproducción al óleo de un cuadro de Picasso. Después trató de buscar a tientas al encargado para golpearle con una botella de vino que robó de una de las mesitas. A la salida del hotel un camarero que había salido por la otra puerta les dijo: «Hace tiempo que a la historia del rock le vienen sobrando las trasgresiones gratuitas». Y añadió: «Hagáis lo que hagáis, otros mejores que vosotros lo han intentado antes». Jinhua le contestó que la pretensión de Los Eléctricos de Singapur era tocar en hoteles de lujo, no en garajes deshabitados. No en mugrientas salas de concierto. Y lo justificó señalando que es el artista el que debe construirse su propio público. «El nuestro, el consustancial a nuestro arte, siempre estará más arriba de las tres estrellas», remató. El camarero no entendió qué arte popular busca la complicidad de comensales tan apáticos, tan alejados del riesgo —o, mejor, de la locura— que Jinhua trataba de imprimirle a su expresión, pero se sintió impresionado por la convicción con que éste le miró a los ojos.

Los aullidos del ciudadano norteamericano torturado aún no se han apagado en Linares. El tipo está en la playa buscando conchas en buen estado y oye una murmuración que sale de debajo de un plástico. Apenas hace una hora que ha comenzado la madrugada y aparece un ay continuo, de una única nota musical, que no se interrumpe en ningún momento. Linares comprueba que no hay nadie durmiendo cerca de la orilla, y cuando retira el plástico con un palo, sólo encuentra arena. Ni cuerpos ni gargantas. Ni siquiera huellas estropeadas de zapatos: sólo arena seca. Entonces recuerda el gemido exacto del estadounidense al que sus compañeros torturaron. Aquel lamento agónico que se perpetuó durante horas porque su jefe de brigada prohibió a todo el mundo acercarse a más de un metro del moribundo. Los pulmones y las costillas y el alma y la voluntad de aquel tipo completamente eviscerados y, aún así, su lloriqueo manando, como una oración que trataba de empapar a los guerrilleros con su culpa. Linares a veces enhebra la aguja y cose con cuidado las conchas y los pequeños guijarros, y entonces vuelve a sentir encima de su nuca esa respiración norteamericana tan unida a la muerte, y tiembla al darse cuenta de que la desaparición de aquel tipo no terminará nunca. Se pregunta lo mismo de entonces: «¿qué hace este hijoputa aquí?». Y vuelve a llamarle hijoputa por haber aparecido en la selva en pleno combate, por permitir, el muy hijoputa, que los guerrilleros le abrieran el pecho con un cuchillo y le rompieran los tobillos a patadas. Le llama eso y piensa que su muerte ha sido distinta de las demás —tan instantáneas, tan eficaces—. Y piensa que la rotación del planeta y el estertor de aquel tipo siempre los va a sincronizar el mismo mecanismo.

Jia Jinhua nació en Singapur en 1978 pero emigró a Inglaterra cuando tenía 15 años. Desde el principio se ganó la vida traficando con cocaína y drogas de diseño en los lavabos de varios clubs, a un precio un diez por ciento más barato que el del mercado. Pero la paliza de un mayorista, que trató de ahogarle en un inodoro el mismo día que Jinhua celebraba su dieciocho cumpleaños, le disuadió de cualquier intención de promocionarse en el sector. Fue después cuando decidió abrirse paso en el negocio del rock. Lideró durante unos meses la banda denominada Los Eléctricos de Singapur, un dúo cuyo mayor logro se resume en una única intención: la de generar atmósferas hipnóticas en espacios tradicionalmente esquivos a las manifestaciones artísticas. Después de que su propuesta ruidista cosechara sucesivos fracasos en salones de bodas y en hoteles de gran categoría (al menos en tres de estos lugares terminó apaleado por los encargados de la seguridad), aceptó la idea del encargado de una discoteca de cambiar el nombre del grupo y suavizar el tono de su música. Inicialmente Jinhua le mandó a la mierda, pero dos días después le llamó porque, después de sopesar pros y contras, había decidido terminar con Los Eléctricos de Singapur. Sería necesario buscar dos músicos más para convertir el dúo que formaba con Yanfeng en un clon asiático del cuarteto de Liverpool, pero estaba resuelto a ello. Esta decisión puso fin a los experimentos con el alto voltaje del sonido. Se acabaron el aperturismo hacia una espiritualidad ruidista, así como la extorsión del legado musical de uno de los más grandes grupos pop británico. A partir de entonces, se convertiría junto a su inseparable Yanfeng en un clon de ojos rasgados de aquella felicidad ya caducada. Los Beatles de Singapur debutaron en un banquete de novios con un único medley de cuarenta minutos en el que los temas primerizos de la banda se combinaron perfectamente con los medios tiempos y las baladas más pegadizas. La única concesión al espíritu trasgresor que Jinhua se reservó en adelante consistiría en dejar la guitarra en un sitio estratégico cercano al amplificador al término de algunos de los conciertos —uno de cada dos o uno de cada tres— para que la señal eléctrica interfiriera con el retorno del sonido y, de este modo, se generara en la sala un pitido ininterrumpido que nadie sabría cómo apagar una vez que los dos chinos habrían abandonado la sala. Éste constituyó en lo sucesivo el único gesto de autenticidad de un rebelde que se despojó de su pulsión alborotadora en los mismos prolegómenos de su carrera. Lo llamativo del asunto no es la renuncia sino el hecho de que fuera John Lennon quien le imprimió este viraje a su carrera con una decisión tan conservadora. Porque Jia Jinhua es John Lennon. Claro, resulta paradójico que Jin Jinhua sea John Lennon, y que Wang Yanfeng, su compañero y amigo, también. Es inusual la coincidencia, pero dada la descomposición de la cadena no deben extrañar este tipo de malformaciones. Cuando el John Lennon más sublime fue asesinado a balazos el 8 de diciembre de 1980 a las puertas del Edificio Dakota, el genial cantante no sólo tenía agotada su reserva de excelencia creativa sino que también se le había extinguido la facción más salvaje de su talento —así como la otra, la más moderada, la más inofensiva junto a Paul McCartney—. Desde entonces los demás miembros de la cadena, los que venían inmediatamente después así como los que coincidían en el tiempo del asesinado, han vagado por el planeta como zombis apaleados . Conforme transcurre el tiempo y el rumor de las siguientes décadas —tan diferentes de las de 1960 y 1970— va silenciándose, los nuevos John Lennon se desgajan un poco más de la serie formada por los primeros. Ahítos de genio, deambulan por un tiempo que no les pertenece, que no les comprende. Mira a Alphonse Rourke, por ejemplo: es un huérfano cuyos padres aún viven. O mira a Rebecca Landscape, lamentándose de su suerte en el hospital. O mira a Linares, paralizado por la sangre que empapó su utopía. Mira a Lazaros Mendeléiev, que a pesar de ser un experto en música barroca trabaja de cuatro de la mañana a dos de la tarde en un horno industrial en Niznhy Nogorov. Mira a Irine Mitropoulos, corresponsal de prensa en Tel-Aviv y conocida por la inexactitud de sus artículos, repletos de faltas de ortografía. Todos son eslabones perdidos de una cadena que el John Lennon del Edificio Dakota rompió al cristalizar su talento en discos como Abbey Road, en canciones tan brillantes como Working Class Hero. El revival, los grupos de versiones, los émulos y los supuestos discípulos, los fanáticos y los atormentados, los lunáticos, los paranoicos dotados de creatividad, todas esas criaturas abandonadas a su suerte conforman degeneraciones de un modelo ya desaparecido. Entre ellos se cuentan economistas bohemios que hacen el ridículo en sus oficinas, y performers sin discurso. Hay huérfanos de padre y de madre, y niños educados por transportistas que se han hecho cargo de su tutela sin mantener ninguna relación con sus familias biológicas. Pero también hay flautistas desahuciados y misóginos irredentos, y hay alcohólicos que en sus ratos de ocio componen canciones aceptables, a pesar de todo. Este declive demuestra que sólo en el John Lennon que se desangró en el edificio Dakota se justificaba un carácter lunático y la inspiración para el pop. Su súbita desaparición aceleró la decadencia de los restantes, porque el talento de uno siempre arruina las vidas del resto. Ahora, en 2004, yerran sin ningún cometido fijo, sin que ni siquiera baste lo evidente de su presencia para identificarlos. A ellos no les aguarda ni la fama ni el reconocimiento, y tampoco ningún agente social o económico va a reparar —y, por tanto, reivindicar— que, en cualquier estrato no profesional del arte (la familia, el sindicato, las casas de cultura de barrio…), la obstinación de estos tipos mantiene encendida una llama. Su destino está ya trazado y consiste exclusivamente en decaer.

Ayer hubo ronda de la Champions en el estadio de Stamford Bridge, Londres, cuartos de final, y dos hinchas del Borussia, pasados de cerveza y de cocaína, le propinaron una paliza a las puertas de un pub cercano al estadio a Alphonse Rourke. Le partieron la clavícula y dos costillas, y le amorataron los pómulos a puñetazos. Rourke se llevó además una brecha en plena frente, doce puntos de sutura como respuesta por estrellar su guitarra en la espalda de uno de los alemanes después que éste le diera una patada al estuche de su guitarra. Las monedas quedaron esparcidas por la acera, y ambos, agresor y músico, comparecieron en comisaría aportando su particular versión de la pelea. Al agente que redactó el parte del incidente no le quedó claro quién tenía derecho a demandar a quién pero eso ahora no importa. Lo que ahora importa es que el incidente va a dejarle a Rourke secuelas. En adelante tendrá pánico de interpretar las canciones de los Beatles en la acera, por lo que en los próximos días se resguardará en casa haciendo el amor lánguidamente con la novia de su mejor amigo, Peter O´Hara. Sentirá que es muy gozoso dejar pasar el tiempo, las contraventanas cerradas, los pantalones en el suelo, disfrutando del cuerpo pálido, cuerpo leche, de Cindy. Por fin, una tarde del mes de agosto de 2005, Alphonse Rourke, francés de 23 años, arrojará el estuche de su guitarra al Támesis y comprará un billete de autobús a Italia. Dos días antes habrá recibido un chivatazo: «tus padres se han instalado en Pisa, en un apartamento cerca de Via Della Faggiola», por lo que emprenderá por enésima vez la misión de encontrarlos.

En un pueblo cercano a Pisa, en una gasolinera de autovía trabaja ahora mismo John Lennon. Se llama Alberto Campanella y acaba de perder la herencia de su padre porque…

 ————————————————————————–

[1] ¿Y quién es Rebecca Landscape? Vive en Chicago y es John Lennon. Desde hace dos años vive de realizar regresiones hipnóticas en su propia casa. Con una tarifa de 200 dólares por sesión, recibe a los clientes vestida con una camisa negra abotonada hasta el cuello y con unos pantalones negros cuyos bajos se arrastran por el suelo. Hace años las regresiones no eran más que una maniobra de apoyo a fumadores que pretendían desembarazarse de su adicción. Pero como la técnica funcionaba, Rebecca abrió en 2002 su propio gabinete, en el que recibe a una media de doce personas por semana. Sus clientes son sobre todo personas que desean saber qué tipo de asociaciones de ideas traumáticas les hacen perder el control en situaciones de conflicto o de estrés.

[2] Ayer intentaron violar a Rebecca Landscape a la salida de la ópera. Un tipo la siguió, marcando sus pasos con taconazos firmes para intimidarla por anticipado. En el portal de una calle poco frecuentada, la asaltó y la amenazó con desangrarla allí mismo si no accedía a cumplir con sus deseos. En realidad lo que el tipo pretendía era, más que apaciguar su libido, consumar una violación en la que la mujer no dejara de oponer resistencia. Una humillación violenta que demostrara que el agresor era capaz de doblegar cualquier esfuerzo de su víctima. No lo consiguió porque la pugna de Rebecca finalmente resultó efectiva, pero el tipo le destrozó las muñecas con un cuchillo de cocina que escondía bajo el abrigo.

[3] O desangrados. Quien intentó violar a Rebecca Landscape fue uno de los clientes de su consulta esotérica. Gracias a la regresión hipnótica, Rebecca le había hecho revivir tres capítulos de su adolescencia que merecían ser olvidados. Dos atañían a su madre y el tercero a la humillación que una antigua novia le había practicado en el instituto. Pensó que no había nada más propio para su problema que descargar su ira sobre la culpable de que esta exhumación tan poco afortunada hubiera acrecentado sus problemas personales.

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: