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Una Caperucita Roja, de Marjolaine Leray

16 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 329, abril 2011)

Lo primero que todo terrícola debe tener en cuenta si se propone abordar el cuento de Caperucita Roja es que no está ante una pieza de museo. Una obra cerrada, resistente a modificaciones: no. Antes de que en 1697 Charles Perrault fijara la primera versión escrita, una Caperucita primigenia –una protocaperucita, podría decirse, y pido perdón por el término– ya llevaba tiempo atravesando el bosque en las versiones orales transmitidas de generación en generación. El cuento no arrancó de la pluma de Perrault según un impulso de su imaginación, es lo que aquí se trata de apuntar, ni se clausuró en la versión de los hermanos Grimm, de 1812. Numerosos antecedentes localizan al personaje en la Francia del Antiguo Régimen, en Italia, e incluso se han documentado relatos similares en China y en Taiwán (donde la amenaza ya no es un lobo sino un tigre). En realidad, el primer vestigio lo sitúa el psicoanalista Bruno Bettelheim en un texto escrito en latín en el siglo XI por Egberto de Lieja.

No hace falta ser folclorista ni antropólogo de profesión para darse cuenta de que si este cuento –su estructura, sus antagonismos, su raíz oscura y despiadada– ha resistido el paso del tiempo e incluso ha sobrevivido a su envasado en pasta de papel, es porque encierra algunos motivos del alma humana que, como miguitas, conviene esparcir en el camino para que nuestros niños los vayan encontrando. Más que ocuparse de un asunto concreto, el cuento –casi un mito, en realidad– ha constituido un laboratorio en el que las generaciones precedentes han puesto a prueba la moral de su época, los miedos atávicos así como aspectos de la personalidad tan silvestres como el despertar sexual, lo maligno o la ingenuidad.

Sabemos que la versión de Perrault no se concibió para niños –en el siglo XVII no se imprimían libros destinados a los pequeños de la casa porque no existía la literatura infantil–, sino que se redactó con el doble propósito de estimular la lujuria de la Corte de Versalles –un lupanar en toda la regla– y de avisar a las jovencitas del reino que la castidad constituía requisito esencial en los matrimonios acordados. Sabemos también del giro victoriano que la posterior versión de los hermanos Grimm le imprimió al relato, suprimiendo toda alusión a la incipiente sexualidad de la niña, apostando a las espaldas de la misma a un patriarca protector –el leñador– e incluso inventando un segundo lobo que no sólo fracasa en su engaño a Caperucita sino que es exterminado por ésta con la ayuda de su abuela. Y sabemos, finalmente, que, al margen de esto, Caperucita ha traspasado su ámbito natural, apareciendo como el arquetipo de la inocencia en películas de todo género, siendo reformulada por el feminismo para suprimir vetas de influencia machista, sirviendo de soporte en publicidad, ofreciéndose para inspiración de los artistas pop y mil aplicaciones más.

Lo sorprendente es, pues, que habiendo invocado a Caperucita en tantos formatos, aún la utilicemos para el entretenimiento de nuestros niños y para asombrarles prematuramente con una exposición razonada de las crueldades de la vida. Ahora bien, tal y como asegura el filósofo Santiago Alba Rico en su libro Leer con niños, el cuento también le proporciona al oyente información sobre dos aspectos bastante pedestres: la cesta de la compra y la anatomía humana. La apreciación de Alba indica que existe otra óptica del cuento, quizás bastante genuina: la puramente infantil, para bebés o niños de 1 o 2 años. En esta concepción, los sucesos dejan de ser relevantes y se convierten en un soporte del que los mayores se sirven para conquistar los dos momentos cruciales de la narración: el recuento de las viandas introducidas por la madre en la cesta y el diálogo entre los protagonistas previo al ataque del lobo.

Considerada así, la historia no sólo pierde sus tinieblas sino también su consistencia como narración con planteamiento, nudo y desenlace. Esto no supone un problema, porque ya sabemos que los bebés nunca se aferran a nociones como la progresión argumental o la coherencia de una historia. Lo importante es que esta concepción (ni siquiera diremos versión) le confiere al narrador plena libertad para, en la primera escena, introducir en esa gran-gran cestita los alimentos que al bebé le conviene conocer: frutas y hortalizas, verduras, mantequilla, pescado… incluso pasteles. La cesta quedaría transformada en una suerte de una pizarra metálica a la que el narrador adheriría los iconos imantados de la comida, como en una clase teórica. Después, el resto del cuento pierde su importancia intrínseca y se convierte en simple entretenimiento, una intriga como otra cualquiera, sólo útil para llegar en las mejores condiciones a la segunda escena importante. En ésta, el cuento retoma su finalidad informativa y sirve para familiarizar al bebé con el cuerpo humano. Es decir, eso de: “¿Dónde los ojos?”, y entonces el niño se señalaría las cuencas oculares, y “¿Dónde la boca?”, llevándose el dedito al labio, sólo que dispuesto en un formato más excitante.

El único pero es que el cuento queda despiezado. Como deconstruido, lo que nos empuja a plantearnos si no se habrá transformado –quién lo iba a decir– en una narración fragmentaria. Vanguardia pura, utopía narrativa en sintonía con estos tiempos de disipación identitaria y atención dispersa. Pero que nadie se soliviante: no apostaremos por ello. Por mucho que la fisonomía de los cuentos de hadas se haya adaptado al discurrir de los tiempos o –ay– al saqueo de las multinacionales del entretenimiento, la simplificación de Caperucita Roja en simples pasajes informativos ajenos a su contexto no cobra especial relevancia deconstructivista. Se trata de un cuento popular, no de una obra de arte necesitada de semiótica.

Aclarado esto, llegamos a la versión que da cuenta esta reseña, el libro ilustrado concebido por la artista belga Marjolaine Leray. Se trata de una versión posmoderna y bastante divertida que concentra la acción en una única escena de encuentro entre niña y lobo, y suprime deliberadamente el resto de elementos: la abuela, la madre, la cestita, el bosque, etc. Sobre un fondo blanco, niña y bestia se muestran más conscientes que nunca de sus respectivos papeles. Caperucita se sabe un bocado apetecible para el lobo –magistral en su apresurado trazo de lápiz negro–, y éste despliega el terror que se le supone con una autosuficiencia bastante cómica. El libro muestra dicha circunstancia: cuando dos enemigos ancestrales se reencuentran, la partida no se inicia desde cero, puesto que cada contrincante ya sabe algo de sí mismo y del otro. Y aquí, quien más probabilidades tiene de perder es el más tonto –la bestia, claro–, probablemente porque las niñas de hoy, ahítas de audiovisuales y videojuegos, apenas le temen a una fiera que deambula por el mundo encarnada en un monigote abstracto. Como se ve, Leray ha construido su propia versión –el título es significativo: Una Caperucita Roja–. Para ello, ha privilegiado su elemento más hipnótico: la tensión de contrarios (bien-mal), escenificada a través del duelo entre sus protagonistas. Sólo que, en su caso, la fascinación que despliega el mal ya no es un motor de horror, más parece un déjà vu, una historia cansina y repetitiva. Así, la versión parece indicar que lo importante ahora mismo es fortalecer en los niños alguna clase de seguridad en sí mismos, y también que a la bestialidad, al atavismo, se le puede vencer porque llevamos muchos años diseccionándolo y combatiéndolo. Quizás esto conforme sólo una ilusión intelectual –una mentira rotunda, en realidad– pero en el tiempo infantil estas premisas le ofrecen al niño refugio respecto a un mundo que a esa edad no ha empezado aún a derrumbarse sobre su cabeza. Como se ve, una lectura reconfortante para tiempos de crisis.

La moraleja de este apresurado repaso por la vida de Caperucita Roja es que su historia nos pertenece a todos. La niña de la caperuza seguirá viva mientras sintamos la necesidad de acudir a ella, modificándola según nuestras necesidades (contenidos distintos según la edad del público; códigos específicos en cada época). Aún hay más preguntas: ¿resistirá el desafío de Internet? ¿Seguirá viva a pesar de la interminable reelaboración que lo digital imprime a sus contenidos? ¿La atravesarán algoritmos informáticos y rediseños audiovisuales que la desnaturalicen? Mientras esperamos unos años para darles respuesta, dejamos anotado que lo único que se nos pide a la hora de usar su historia es cierto conocimiento de la potencia simbólica que sus elementos ponen en juego. Caperucita y el lobo feroz no son cualquier cosa.

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