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Un mar de muerte, de David Reff

16 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 303, febrero 209)

Ni un solo pensamiento capaz contra la muerte

Susan Sontag escogió agonizar de la peor manera posible: aferrándose hasta el último segundo a una esperanza que médicos y familiares sabían ilusoria. Desde el momento en que le fue diagnosticado el Síndrome Mielodisplásico –enfermedad que despliega la leucemia en el organismo del paciente–, la ensayista norteamericana no dedicó un solo minuto a prepararse para el escenario más inmediato y probable: la muerte. Tan grande debía de ser el pánico que le suscitaba la desaparición, que invirtió sus últimos esfuerzos en alimentar la fantasía de que su supervivencia no era una posibilidad remota sino un destino que podía conquistar sometiéndose a ciertos tratamientos médicos bastante exigentes. Esta actitud, que no sólo le llevó a renunciar a la resignación y a cualquier posibilidad de apaciguamiento interior sino también a hacer oídos sordos de las evidencias clínicas, supuso una dura prueba en lo emotivo, en lo físico y en lo racional para su hijo, David Rieff. Además, en el plano intelectual, dibujó una sensible contradicción en el compromiso con la búsqueda de la verdad racional que la propia ensayista había mantenido en sus libros sobre el tema de la enfermedad. Tras haber superado un cáncer de pecho en 1978, Sontag escribió en el ensayo La enfermedad y sus metáforas: “Lo que quiero demostrar es que la enfermedad no es una metáfora, y que el modo más auténtico de encarar la enfermedad –y el modo más sano de estar enfermo– es el que menos se presta y mejor resiste al pensamiento metafórico”. Quizás estrictamente no se trate de una metáfora pero desde luego sí que supone una mentirosa metonimia volcar sobre la realidad el pequeño vaso de esperanza que todos sostenemos con la mano desde que adquirimos conciencia de que existimos, buscando que su contenido embriagador inunde toda el continente de nuestro presente. Eso es lo que hizo una Susan Sontag aprisionada por el terror, y eso es lo que comenta con serena sinceridad su hijo en este libro tan escalofriante como acertado, tan reflexivo como emocionante.

Varias son las preocupaciones que David Rieff desea someter al juicio de la escritura cuatro años después. La más urgente quizás sea revisar su posición en la cabecera de la cama de su madre, lo cual le conduce a analizar el coste psicológico de su intervención en el proceso y a contrastar si las decisiones entonces adoptadas resisten el análisis moral. David Rieff tuvo que realizar el doble juego de respetar en todo el proceso la actitud de Susan Sontag respecto a su enfermedad. Para ello accedió a valorar en su presencia sólo los –ínfimos– indicativos positivos de los informes médicos. Además, no cuestionó sus decisiones y la asistió cuando los médicos pusieron del revés su cuerpo en su periplo por hospitales y centros especializados. El espejismo que aparece del contraste entre la implacable exigencia de tal empresa y la ausencia de esperanza que los facultativos siempre revelaron, ocasionó en él un desdoblamiento personal. El Rieff magnánimo y respetuoso debió convivir con esas mínimas posibilidades estadísticas que alentaban la lucha de su madre. Y el Rieff sereno escuchó entretanto a los médicos cantarle las verdades del barquero. Rieff confiesa haber superado esta esquizofrenia endureciéndose emocionalmente y permitiéndose desplegar ante su madre cierta frialdad ante los acontecimientos. De ahí la fórmula que inventa, “intubación psicológica”, para describir su estado mental de baja actividad que, al mismo tiempo, dependía completamente de la actividad emocional de su propia madre. Confesión bastante dura, y peaje excesivo que supuso haber tenido que renunciar a desplegar la piedad que la agonía de su madre reclamaba. Ahora, pasado el tiempo, Rieff revisa esta postura adoptada por piedad, por respeto a la forma en que Susan Sontag decidió morir, y también –porqué no admitirlo– por haberle arrastrado a ello el influyente carácter de su madre. La revisa y concluye que resulta imposible saber si fundirse en el autoengaño fuera lo mejor en aquellos momentos. Pero sabe que el respeto a una decisión individual tomada durante el espanto de lo inevitable bloqueaba cualquier intento de racionalidad por su parte.

Otro caballo de batalla son “los remordimientos del superviviente”. Inevitable efecto colateral cuya rememoración se ve acompañada de gran lucidez. Porque aunque resulta imposible deshacerse de esta congoja, cuando se activa lo hace acompañada de una sensación de tibieza por no haber hecho todo lo posible para rescatar a un ser querido de las garras de la muerte. Y, así, Rieff escribe con tristeza: “No importa cuánto cariño se le profese a alguien, no se puede obrar como si siempre se le estuviese cuidando en el lecho de muerte”. Y también: “No es posible vivir la propia vida cediendo a los deseos de otra persona sobre la base de una conclusión actuarial según la cual es más probable que se viva más que ella”.

El libro deja otros instantes de dolorosa revelación. El capítulo VIII se abre con una frase impactante: “Ojalá mi madre no hubiera anidado tantas esperanzas”. Decíamos antes que la racionalista que era Susan Sontag claudicó de su propio ideario para fabricar fraudulentos sentimientos de optimismo. La épica de la lucha que la escritora norteamericana entabló contra el cáncer –que la hay, aunque no estemos hablando del argumento de una obra de ficción– no reside en la constatación de lo inútil de su esfuerzo. Esto, a pesar de todo, ya se sabía de antemano. La épica de los últimos días de Sontag se encuentra en esa esperanza irreal antes referida, unida a un radical rechazo de cualquier consuelo. Rieff refiere que su madre mantuvo firme su ateísmo hasta el último latido y que incluso montó en cólera ante cualquier intento por parte de su entorno de recomendarle el ungüento de la estampita. Ahí reside la belleza de esta elegía. Como en las mejores muertes literarias –las de Tolstoi en Anna Karenina y en Iván Ilich, la que narra Stanislaw Lem en El hospital de la transfiguración… ¡hay tantas!–, la evidencia de que ha llegado el momento es desatendida sistemáticamente. Lo que ocurre es que en el caso de la escritora norteamericana tal decisión no hizo brotar en su espíritu moribundo la necesidad de un dudoso alivio de espíritu, y tampoco posibilitó que ella pudiera sustraerse felizmente de lo que le está pasando. En esta contumacia, en esta dureza de espíritu que descree de los paraísos celestiales que el hombre lleva siglos inventando en sus ficciones religiosas se encuentra la belleza de su agonía. Aunque es cierto que Susan Sontag traicionó el ideal filosófico de que la vida y el conocimiento de la misma nos preparan para la muerte, su épica promueve el respeto hacia su via crucis porque, estéticamente hablando, ejemplifica el valor admirable de la lucha inútil.

La conexión de este libro con Patrimonio, de Philip Roth, resulta obvia. Por la coincidencia temática y porque en sus páginas aparece citado coyunturalmente el propio Rieff. Roth contó en 1991 su implicación en la muerte de su padre, también fallecido a causa de un cáncer, ocupándose demasiado en acariciar los detalles narrativos y de salvaguardar su propia dignidad a la hora de la escritura. La intromisión constante del judío ateo de New Jersey en el relato no dejaba entrever más que unas pocas de las consideraciones morales y afectivas que debían desplegar los sucesos. Una y otra obra utilizan lenguajes distintos, porque Roth explica su pérdida con un estilo cercano a la prosa de ficción, y Rieff desde un yo testimonial y ensayístico. De acuerdo. Pero Rieff muestra mayor compromiso con la sinceridad y menor pudor que Roth -mucho más amable y, ejem, literario-, a la hora de desarrollar algunas observaciones importantes que no atañen tanto a la cronología del acontecimiento sino a los sentimientos que cambian la perspectiva vital de quien continúa viviendo con la pérdida de sus ancestros marcando el resto de sus días.

Como queda sugerido, el subtítulo despista. Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo no se ocupa de los recuerdos de David Rieff junto Susan Sontag. No es ésta una obra de evocaciones dulces, sino, más bien, un testimonio del trance que los seres humanos tienen de afrontar cuando toca dejar marchar a los seres queridos a través de esa tremenda ceremonia que es la última agonía. Sirve para sopesar los remordimientos y para activar algunas reflexiones íntimas sobre el tema de la mortalidad. Por contra, el título resulta exacto (también el tono negro de portada, lomo y solapas). Por mucho raciocinio que asistiera en vida a Susan Sontag o a su hijo en el momento posterior de su escritura, en estas páginas se navega casi a ciegas por océanos de muerte. Su lectura no anula la vigencia de los versos de Jose Ángel Valente que encabezan esta reseña. Pero nos deja el pequeño consuelo de que pensar en la muerte nos hace un poco menos vulnerables a su inevitable promesa.

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