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Salmo y otros cuentos inéditos, de Mijaíl Bulgákov

16 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 330, mayo de 2011)

Transcurridos algunos años desde la desmembración de la URSS, sigue asombrando la actitud con que los artistas disidentes del bloque soviético abordaron la escritura de sus obras. Y es que, leídos estos cuentos de Bulgákov (así como la última novelística de Grossman y el ciclo de Kolimá de Shalamov y…) hay que seguir resaltando que estos tipos ni se escondieron ni edulcoraron las obligaciones morales de su oficio. Lo primero que piensa un lector mínimamente informado del cruel destino que aguardó a quienes rechazaron la estética oficial del “realismo socialista” es que, o bien a estos escritores los dominaba una pulsión purísima que podemos llamar compromiso y fe en el arte y se puede llamar integridad, o bien sus procesos creativos los sumieron en un trance de ingenuidad suicida que les impidió entrever que sus ficciones eran materialmente imposibles en el seno de aquella represión. Y es que, a pesar de la amenaza del Gulag, del fusilamiento, del mobbing, de la prisión y de las torturas, dichos autores no sólo no accedieron al enmascaramiento de su postura bajo sutilezas literarias y metáforas de difícil descodificación sino que explicitaron su afán de resistencia en forma de sátiras o de ficciones críticas con el sistema.

Míjail Bulgákov (Kiev, 1891 – Moscú, 1940), comúnmente conocido por el despliegue fantástico de su novela más célebre, El maestro y Margarita, enseña en estos cuentos inéditos en España que publica Nevsky Prospects una faceta satírica y otra realista que, aunque también se encuentran latente en los intersticios de su obra maestra, han quedado relegadas entre aquella fantasía de demonios, romanos y conjuros. Su objetivo aquí son los pisos compartidos de Moscú, los funcionarios corruptos o las extrañas condiciones de vida que provocaban la economía dirigida y unos planes quinquenales que desatendían necesidades básicas del pueblo ruso al tiempo que colmaban los estantes de sus almacenes de productos innecesarios. Lo vemos en relatos como “El agua de la vida”, donde a la ansiedad colectiva por adquirir un par de litros de vodka que ayude a olvidar la dureza de la vida se une la obligatoriedad de comprar con cada botella de licor “algo para picar” que termina siendo, atención, pastillas de jabón o frascos de colonia. Y lo vemos, también, en el cuento “Los cuatro retratados”, auténtico manual de supervivencia para pícaros que, como suele ocurrir en este género de ADN hispano, suscita nuestra simpatía por el buscavidas profesional.

Más de uno caerá en la tentación de añadir el nombre de Chéjov a los inspiradores de estas narraciones. Por lo esquemático y teatral de sus desarrollos: apenas un par de escenas colmadas de diálogos. Y porque, antes que narrador, Bulgákov fue dramaturgo. Pero él, decimos, no es sutil como el maestro del cuento, porque su pulsión escritora difiere bastante –es más caudalosa, completamente frontal con los descontentos de la existencia–, y también porque la ferocidad de su entorno lo empujó a ese tipo de desahogo literario que suele concluir en la denuncia, el clamor, el grito. Es ese deseo de arrancarnos emociones evidentes el terreno donde juega Bulgákov. No quiere dejarnos pensativos ante la exposición de los repliegues ocultos de la conducta humana, no se propone la construcción de psicologías que inspeccionen el alma humana de las personas insignificantes, no. Lo que desea es que, humor de grano grueso mediante, quede clara la indefensión del ciudadano ruso –ver el relato “El holandés errante”, anticipo de aquel otro cuento terrible de Shalamov, “Terapia de shock”–, o que presenciemos el hacinamiento de la población de una de las, por entonces, potencias mundiales (ver “Tratado de la vivienda”). Por eso, por su claridad y honradez de fines, sorprende que Stalin “sólo” se limitara a aplicarle un terrible mobbing que le llevó al desahucio mental (sabemos que Bulgákov le imploró en varias ocasiones que le expulsara de la URSS) en vez de inhabilitarlo en un Gulag o, directamente, hacerlo desaparecer como sí hizo con otros.

 

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