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La nieve roja y otros relatos, de Sigismund Krzyzanowski

16 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Turia nº 95, junio – octubre 2010)

Está por ver si las llamadas “editoriales de rescate” que han proliferado en los últimos años en España resisten la depredación del eBook. Ojalá lo logren, porque de su empeño depende, en parte, la vigencia de un tipo de literatura que el marketing de las grandes corporaciones trata de relegar al ostracismo. Esa operación de refinada ecología literaria resulta saludable porque conlleva solventes condiciones de edición y anotación de los libros. Pero su función más relevante no es la contribución al PIB nacional -que se supone más bien humilde- sino la esperanza de que su reedición de autores olvidados, marginales, perseguidos o simplemente desconocidos ayude a reconfigurar sus respectivos cánones nacionales. Pasada la primera marea, una posible reubicación crítica de los títulos rescatados y -por comparación- también de las obras referenciales que hasta ese momento marcaban la medida del canon, se revela como una labor necesaria si lo que de verdad se pretende es cumplir dos objetivos: repartir justicia con el pasado; y, dos, establecer líneas de fuerza inéditas -pero necesarias- a partir de libros y autores que, pese a su marginalidad, hayan ejercido influencia sobre generaciones posteriores, o hayan evidenciado un efecto visionario.

Empiezo la reseña con esto porque si existía una tradición necesitada en el final del siglo XX de una remodelación de su canon, era la del este de Europa. Sabemos que los regímenes soviéticos impusieron estéticas más ligadas a la propaganda de sus economías industriales que a la creación libre, y que mutilaron la genuina pulsión literaria de sus artistas por medio de la represión y de la censura. En su caso, la recuperación no se ha de limitarse a la circulación de textos que, en el mejor de los casos, gozaron de una primera vida clandestina, sino que la reconstrucción de esas carreras literarias abortadas conlleva un trabajo arqueológico que debe realizarse sobre cenizas o ruinas, es decir, sobre borradores deteriorados y obras en deficiente estado de conservación. Se trata, pues, de reflotar proyectos póstumos que no se desarrollaron a voluntad, que tuvieron que disgregarse en textos aislados, que se desentendieron de algunas problemáticas contemporáneas, quedándose a medio camino de su culminación.

Sigismund Krzyzanowski (Kiev, 1887-Moscú 1950) puede tomarse como ejemplo de esta coyuntura. El ucraniano-ruso se adscribió a los liberadores patrones de la modernidad de principios del siglo XX, y fue un escritor de raza, dotado tanto de capacidad imaginativa como de potencia intelectual. Su talento, cómo no, lo estragó a conciencia el regimen soviético. A pesar de escribir novelas, obras de teatro, disquisiciones teóricas y relatos, en vida sólo pudo ver publicado un ensayo breve, así como algunas entradas del Diccionario de Literatura. Su capacidad de trabajo menguó según las medidas disuasorias le fueron desmoralizando. Por eso casi toda su obra permanecía inédita hasta que en un tal Vadim Perel´muter leyó en su obituario una loa escrita por el poeta Gueorgui Shengueli, en la que le comparaba a Edgar Allan Poe. Desde 2001, vienen puliéndose en San Petersburgo sus obras completas.

El contexto en el que Krzyzanowski se inició como escritor fue la Rusia de los años 10 y primeros 20. En ese tiempo las letras abordaron como uno de sus temas predominantes la reivindicación de la justicia social, lo cual se encauzó por la vía institucional a partir del triunfo de la Revolución o se manifestó como pretensión intelectual antes de dicho acontecimiento. En lo que se refiere a los procedimientos, muchos escritores entablaron un combate a muerte contra la norma decimonónica, considerada la estética burguesa por excelencia, lo que supuso una renovación formal evidente. En ese contexto, un joven Krzyzanowski escribió sus primeros manuscritos. Con la consolidación del regimen soviético y la llegada de Stalin, el realismo socialista quedó impuesto entre los hábitos de los escritores. En realidad esta ideología artística fue inventada por Gorki para difundir los logros de la economía industrial soviética y para evocar en el pueblo un único sentimiento de fe en el sistema. Pero en lo teórico, estas pautas de obligado cumplimiento consiguieron reprimir la explosión modernista de años anteriores y domesticaron cualquier instinto creador según un modelo conservador y puritano. Un vistazo a los relatos de “La nieve roja” deja traslucir que la estética realista -o hiperrealista- debió de suponer una cárcel para una imaginación desbordante y una mente tan abarcadora como la de Krzyzanowski. Su poética rehúsa el testimonio de su tiempo, al menos en lo que se refiere a representar signos exteriores de los estratos sociales. Y su prosa huye de toda representación realista porque, o bien le interesaba la libre expansión de las ideas -consideradas como una avanzadilla de la meditación filosófica-, o bien se sumía en el atormentado interior del hombre para delinear las represiones que, ahora sí, el poder ejerce sobre su espíritu. Nula relación, como se ve, con el héroe socialista y sus idílicas granjas colectivas.

No extraña, pues, que Gorki lo reprimiera. En el informe que éste redactó sobre la literatura de Krzyzanowski -y que se extracta en el excelente prólogo del libro de Jesús García Gabaldón- se lee que el presidente de la todopoderosa Unión de Escritores Soviéticos considera su prosa como una molesta y frívola pretensión hacia la nada. Gorki llevaba razón en que Krzyzanowski rehuía tanto de ese naturalismo cuyo último fin es la documentación de tipos sociales como de los procedimientos del realismo más chato. Ahora bien, erraba al pensar que su proyecto se encontraba desincronizada de la calle. En los relatos de Krzyzanowski, nadan numerosas ironías, alusiones o metáforas de la dictadura social rusa. ¿Cómo hemos de entender el relato Cuadraturin sino como una sátira de las pésimas condiciones de vida y de las nulas expectativas de mejora que tenía el ciudadano soviético? ¿Y qué es La hulla amarilla, más que una ironía sobre la amargura colectiva? ¿Cómo no catalogar esa obra maestra titulada La nieve roja sino como una elevada representación de lo que significa aplicarse uno mismo la autocensura y la represión en un contexto devastado por la falta de libertades?

Ahora bien, esta lectura sociopolítica que Krzyzanowski ejerció gracias a un expresionismo literario imposible de detectar por la miopía de la censura, no agota las posibilidades de su literatura. Sus textos también ofrecen argumentos existenciales. El estremecedor relato El codo sin morder, que recuerda al mejor Kafka, también posee una ácido punzón sociopolítico, pero en esencia explora el afán autodestructivo del ser humano. También, materializada por esa bruteza prosaica típicamente rusa, encontramos una vertiente lúdica en su prosa, con innumerables guiños cultistas: ver Dedos fugitivos o El marcapáginas. Éste último es un auténtico afluente de historias fantásticas relatadas con una densidad que recuerdan el estilo del mejor Dostoievski (ya saben, ese atormentado que suplicaba compasión en cada línea).

La selección realizada por Siruela -editorial que, además de rescatar textos de referencia, vigila también la literatura contemporánea-, supone una especie de test. El consumidor habrá catado un proyecto literario singular, uno de esos que habría de adquirir gran eco en el futuro. Y la editorial habrá testado su resonancia. Pero será el crítico el encargado de reconsiderar algunas piezas del canon ruso, y le reserve un acomodo a Sigismund Krzyzanowski como uno de los pioneros de su modernidad, trágicamente decapitada por la psicopatía asesina de Stalin, pero, a pesar de todo, refulgente en nombres como Yuri Olesha, Boris Pasternak, Mijail Bulgakov y unos cuantos talentos más. Esperamos próximas entregas.

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