Skip to content

Entrevista a Álvaro Lozano

16 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 318, mayo de 2010)

El ensayo El Holocausto y la cultura de masas (Melusina, 2010) analiza la trivialización que el cine de masas lleva realizando desde hace años sobre un fenómeno de difícil análisis: el exterminio nazi de los judíos. En esta entrevista, su autor, Álvaro Lozano, traslada la reflexión al ámbito literario.

No es sólo la industria cinematográfica la que se ha saltado muchas cautelas éticas a la hora de encargar ficciones que tomen como tema o como escenario la Shoah. También el sector literario viene cediendo desde hace tiempo a la tentación de utilizar ese punto negro de la Historia para la explotación económica más descarnada. Ahora bien, no todo es lo mismo. Hay gradaciones, hay matices. Por mucho que a veces parezca que la sobreabundancia de testimonios de supervivientes del Holocausto carece de una meditación sobre su sentido de la oportunidad así como de un posicionamiento más allá de la simple puesta en circulación de esos libros en las mesas de novedades, este exceso de títulos no se puede analizar con los mismos criterios que se utilizan para aborrecer la comercialización, henchida de marketing, de esas ficciones que utilizan el Holocausto como excusa para el sentimentalismo más ramplón. Se trata de un controvertido y complejo asunto, que bien merece una reflexión minuciosa.

¿En qué errores inaceptables ha incurrido la industria audiovisual a la hora de representar el Holocausto?

En la actualidad, existen dos demandas muy concretas del público respecto a las representaciones del pasado y, muy en particular, del Holocausto. La primera es una exigencia de historias “humanas” que incluyan el triunfo final de la voluntad. La segunda es la búsqueda de una supuesta autenticidad, la de encontrar una historia que “realmente” sucediera, aunque narrada de acuerdo con los cánones ortodoxos del cine de masas estadounidense que, por supuesto, conllevan un final feliz. En realidad, existe una flagrante contradicción entre estas dos exigencias, pues las vivencias auténticas casi nunca sucedieron de acuerdo con los cánones de representación convencionales y rara vez se saldaron con el triunfo del bien sobre el mal. El Holocausto fue una tragedia sin paliativos. Sin duda, una de las aproximaciones más criticables es el énfasis en la supervivencia, la redención y el rescate. La idea de la supervivencia a través de la habilidad personal no tiene cabida en una representación cabal del Holocausto. Resulta obsceno sugerir que, con un poco de fuerza de voluntad, uno puede superarlo todo, incluso el Holocausto o un ataque nuclear. Hay acontecimientos que desbordan la voluntad humana. Cuando ocurren, el resultado final es obra del azar.

¿El Holocausto es un acontecimiento “irrepresentable” por medio de la ficción?

En realidad, mi opinión es que el Holocausto no debe ser representado sino repensado desde la perspectiva histórica. No es material para una serie estadounidense. Las historias de aquellos que sobrevivieron distorsionan el pasado, no porque no sean auténticas (dejando de lado el tema de la fragilidad de la memoria personal), sino debido al hecho de que excluyen las historias de los fallecidos, que fueron la inmensa mayoría, no porque no desearan ser salvados, sino por una combinación de circunstancias en las que las habilidades personales y la voluntad apenas jugaron un papel destacado, y en las que el azar fue un factor decisivo. Por otro lado, ninguna representación del Holocausto puede obviar la cuestión de la familiaridad de la audiencia con la violencia gráfica de las películas de Hollywood, con la subsiguiente disminución del impacto de estas películas. En esas condiciones, a lo mejor sería más deseable abandonar todos los intentos de representar la brutalidad del Holocausto, y visualizar, tal vez, los aspectos burocráticos, tal y como recoge la película La Solución Final sobre Wannsee, o investigar medios para representar el auténtico elemento singular del Holocausto: el asesinato masivo y sistemático de seres humanos en las cámaras de gas. El hecho de que aquellos que desean relativizar o negar el Holocausto ataquen precisamente ese aspecto de banalización a través de la ficción, es la prueba innegable de su necesaria centralidad en cualquier representación del acontecimiento.

En tu libro mencionas El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, como ejemplo de novela que rechaza explicar lo inefable del horror humano. ¿Podrías explicar esto?

Si el Holocausto representó una “ruptura en el tejido mismo del ser”, como se ha denominado, ésta es una lección que ha sido, en gran parte, ignorada durante gran parte del tiempo que media, desde que sucedió, hasta la actualidad. Por mucho que consideremos el Holocausto como una tragedia rupturista, la naturaleza conservadora de las culturas no les permite ser fácilmente destruidas y reconfiguradas. Es mucho más habitual que las culturas se resistan a admitir el Holocausto, precisamente por su cualidad de cesura, y cuando éste es finalmente admitido ingresa (de forma gradual) no en sus propios términos y creando nuevos conceptos, sino bajo los parámetros ya establecidos en la dinámica de las culturas establecidas.

¿Por qué te parece relevante la estrategia de Conrad de no tratar de entender a un personaje que ha perdido todo atisbo de humanidad?

En realidad, lo que el Marlow de Conrad no puede explicar a la prometida de Kurtz es el final inhumano del personaje en una locura tropical, ya que no existe un interlocutor que desee escuchar esa historia tan “oscura”. La prometida desea, como cualquier ser humano, conocer su destino “humano” y piensa, por ejemplo, en la soledad que debió sentir Kurtz al morir, sin nadie como ella, que “le comprendía”. Algo semejante sucede con las representaciones actuales del Holocausto. De ahí que dedique un capítulo a la película La Lista de Schindler como caso representativo de ese deseo de no escuchar, como la prometida de Kurtz, el lado más “oscuro” del acontecimiento y, por ende, del alma humana. Limitándose a una historia singular, cuyo poder radica en su supuesta “autenticidad” y considerando la ignorancia de muchos de los espectadores sobre el contexto histórico en el que tuvo lugar, la película de Steven Spielberg distorsiona la “realidad” del Holocausto, o al menos, deja fuera muchas otras “realidades”, en particular, la más común de todas: el asesinato masivo a escala industrial. El mal que muestra la película de Spielberg es un mal con el que es posible convivir a través de la perseverancia, fuerza de voluntad y determinación. Esto resulta perturbador porque los millones de personas que fallecieron tenían la misma voluntad y la misma perseverancia, y no eran en modo alguno inferiores y, sin embargo, murieron de la manera más abyecta. En este sentido, la película conecta con esa tradición cultural que queda reflejada en El Corazón de las Tinieblas.

¿Conoces la obra de Tadeusz Borowski? Él estuvo en Auschwitz y antes de suicidarse escribió unos cuentos que son coherentes con las convenciones de la narración literaria, y parecen fieles al horror de los campos de concentración.

La obra de Borowski es genial y controvertida. Sin duda, los cuentos de Borowski transmiten el inenarrable horror y desesperanza de los campos mejor que muchas otras obras, incluso testimonios directos de Auschwitz. La utilización de la voz narrativa que, en apariencia, parece aislada e indiferente ante el funcionamiento diario de la maquinaria de muerte nazi, es una forma realmente impactante de aproximarse al Holocausto. Sin duda, ese distanciamiento del autor es lo más terrorífico y genial de la obra de Borowski. El tono único de la narración de Borowski transmite de manera única la responsabilidad del superviviente de dar testimonio hablando por los miles que no sobrevivieron a los campos. Sus obras contienen algunos de los testimonios más crueles de lo que pueden llegar a hacer los hombres a otros hombres.

¿Qué opinión te merece la publicación de los testimonios de los supervivientes?

El testimonio de los supervivientes engarza con un debate clásico en la historiografía: ¿cómo debemos juzgar los acontecimientos pasados? ¿Desde el punto de vista de los protagonistas o desde la distancia del historiador? Evidentemente, el historiador dispone de información que los protagonistas desconocían. Por ejemplo, el historiador sabe adónde se dirigían los trenes que los nazis utilizaban para transportar a los judíos. También suscita una segunda pregunta íntimamente relacionada: ¿hasta qué punto los testimonios no se ven “contaminados” por la “información” a posteriori que recaban los protagonistas? Estos dilemas no significan que debamos obviar los testimonios, pero hemos de ser muy cuidadosos a la hora de incorporarlos en investigación histórica de cualquier acontecimiento. Jorge Semprún ha defendido siempre la idea de que los testimonios sobre la experiencia de los campos tienen que pasar por el artificio literario si se desea que algo sea transmitido a todos aquellos que han sido ajenos a dicha experiencia. Ha rechazado la representación sin más del horror, a la exposición de los detalles desnudos, de los datos e imágenes sin mediación alguna. Esta política de la memoria pareciera oponerse al rigor reglado de la historia, que presenta los hechos en una secuencia sistemática. En relación a los testimonios orales, tal vez, lo mejor sería una mezcla de construcción histórica clásica, “positivista” (datos, documentos, estadísticas) y la narración de los testimonios, que aportan la necesaria dimensión humana. Si se opta por la primera opción sin más, ésta puede derivar en un academicismo frío y distante; y limitarse a la segunda opción, puede dar lugar a un relato emocional sin rigor conceptual alguno.

Los testimonios sobre el Holocausto fascinan por la espantosa realidad que documentan. Personalmente los leo siempre que puedo, pero me pregunto si esta fascinación no será un modo de vivir una intensa experiencia personal del lectura, y no una radical toma de conocimiento sobre la naturaleza humana y la Historia. ¿Es un error leer estos libros para “vivir emociones”?

Siempre se corre el peligro de que determinadas situaciones sean apropiadas como una “experiencia vicaria”, una suerte de “turismo de sofá”, y ello provoca un gran recelo por parte de las autoridades. Sólo hay que recordar que las películas en color de la Segunda Guerra Mundial no afloraron hasta muchas décadas después. Incluso hoy en día el arte nazi (incluida la faceta artística de Adolf Hitler) es poco conocido. En estos casos, el límite entre la pedagogía y el voyeurismo se desdibuja y las decisiones no son sencillas. En todo caso, está meridianamente claro que un ensayo histórico no es lo mismo que una serie de televisión. La segunda es más susceptible de ser utilizada para fines no deseados. De ahí el énfasis en mi libro sobre la labor del historiador frente a las producciones audiovisuales de masas. El historiador tamiza el pasado; Hollywood nos propone puro entretenimiento con fines comerciales.

Casi no hay mes en que no aparezca en las librerías nuevos testimonios sobre el Holocausto. Cuando salió el Diario de Hélène Berr, la primera frase de la faja promocional era: “Uno de esos libros que persiguen al lector hasta su último suspiro”. ¿Está incurriendo el sector literario más serio en el error de concebir y promocionar la literatura concentracionaria como un género sentimental?

El sector editorial siempre busca el caballo ganador. En este sentido, estamos un poco retrasados respecto a otros públicos, en particular, el anglosajón y el germano. Ahora bien, dicho esto en Francia también se ha tardado en hacer frente a ese período aunque por otras razones. Acaso la diferencia estriba en que España vivió una situación totalmente ajena en la década de los cuarenta del siglo XX con el fin de la Guerra Civil y la represión que le siguió. Es cierto que hubo españoles implicados en la contienda (e incluso diplomáticos que ejercieron una labor digna de encomio) pero no es lo mismo. Estados Unidos, Francia, Alemania, Rusia todos padecieron la gran contienda y es allí donde se generan los relatos sobre la guerra. En este sentido, y en la medida en que existe una “distancia histórica” en el caso español, sí existe el peligro de caer en un cierto voyeurismo. De nuevo volvemos a la aporía que suscita intentar comprender situaciones límite para el ser humano.

En tu opinión, ¿es un problema la actual proliferación de testimonios sobre el Holocausto o, por el contrario, cuantos más libros documenten el tema, mejor?

Esta es una pregunta muy compleja que no admite una respuesta sencilla. Por un lado, resulta innegable que esta proliferación de obras introduce a las nuevas generaciones en los sucesos del Holocausto. Sin embargo, el interés del público sobre el tema hace que surjan, a su amparo y de forma inevitable, personas que se aprovechan de esta situación para producir un determinado tipo de obras que llevan al proceso de banalización del que hablo en mi obra. Se podría afirmar que el Holocausto ha experimentado un proceso de trivialización, en particular, en las últimas décadas. Es un proceso similar al que sucedió en Europa tras la primera guerra mundial. Los europeos reaccionaron de dos maneras ante el trauma bélico: bien “santificando” la experiencia, o bien trivializándola. Esa trivialización de la experiencia bélica fue la respuesta de aquellos que habían permanecido en sus hogares y que distorsionaron y manipularon la realidad de la guerra ante el horror de los veteranos. Así, la división de la guerra entre el frente interno y el frente bélico, continuó tras el conflicto de acuerdo con esas líneas de división entre los intentos de “santificación” y de trivialización. Mediante el proceso de trivialización la realidad de la guerra fue camuflada y controlada. La trivialización fue la forma de confrontar el pasado bélico, no exaltándolo y glorificándolo, sino convirtiéndolo en algo familiar y manejable. Esta es una división que se aplica también al Holocausto. Por supuesto, sería demasiado simple afirmar que la respuesta de los supervivientes del Holocausto ha sido siempre la de su “santificación”, mientras que el no superviviente ha optado por la trivialización. Existen numerosas excepciones a esta regla. Sin embargo, tal distinción es útil para abordar la representación del Holocausto, entre, por ejemplo, Elie Wiesel, que ha sido durante años el representante de la versión “purista” de la generación superviviente, y las siguientes generaciones entre los cuales cabría citar al director Steven Spielberg y el éxito de obras como, por ejemplo, El niño del pijama de rayas de John Boyne.

Imagino cómo va a ser tu respuesta, pero dime algo sobre El niño del pijama de rayas.

De las muchas maneras posibles de relatar las atrocidades del Holocausto, El niño del pijamas de rayas opta por una ciertamente polémica. Sus protagonistas son dos niños, de la misma edad, tan sólo ocho años. Uno es hijo de un comandante nazi, y el otro -el del pijamas de rayas el del título- se encuentra en un campo de concentración. Aunque el Holocausto es ya todo un subgénero cinematográfico y literario, la trascendencia pública de libros y películas como El niño con el pijama de rayas o El lector ha vuelto a despertar la polémica en torno a los límites del espectáculo a la hora de representar un acontecimiento como el Holocausto. La obra de Boyne no ofrece una nueva perspectiva literaria sobre el Holocausto, ni reflexiones relevantes al respecto, sino que lo trivializa al reducirlo a un simple pretexto para desarrollar una intriga vulgar, para la que podría haber empleado cualquier otro motivo. El Holocausto queda reducido a simples perspectivas maniqueas, vaciado por completo de toda su violencia y complejidad, convertido en un simple motivo para un relato banal. La misma presencia de un niño de ocho años en el campo es una invención inaceptable pues, como casi todo el mundo sabe, no había niños de ocho años en campos como Auschwitz, los nazis gaseaban de forma inmediata a aquellos que no estaban en condiciones de trabajar. Descontextualizada y enfocando la historia a través de graves alteraciones de lo que sucedió en los campos, la historia, en mi opinión, resulta peligrosa para las nuevas generaciones que se acercan por vez primera al Holocausto.

A mí también me parece deleznable asociar entretenimiento con Auschwitz. Pero no me resigno a que no se pueda escribir una novela que, aunque no observe estrictamente todos los detalles de la verdad histórica, encuentre un mecanismo literario eficaz para acercarnos a este espanto desde una perspectiva ética y profunda. Al fin y al cabo la literatura posee un enorme potencial filosófico.

Es cierto que la ficción posee un potencial filosófico e, incluso, podríamos afirmar que la ficción es otra vía de conocimiento independiente del saber científico o analítico. Sin embargo, aquí entra en juego la pregunta de Adorno sobre si es posible la poesía después de Auschwitz. Depende de cómo se conteste la pregunta, se abre o se cierra la posibilidad de ficcionalizar el horror. Thomas Pynchon recibió elogios y críticas durísimas por La gravedad del arco iris y otro tanto le ocurrió a Billy Wilder por la película Uno, dos, tres, una sátira sobre la tragedia del muro de Berlín. Pero esta es una cuestión antiquísima: basta recordar que una de las joyas de la literatura universal, me refiero a La Ilíada, relata una guerra extremadamente cruenta y, sin embargo, el poema de Homero consigue trascender las coordenadas de su tiempo y el horror que describe para convertirse en un “artefacto” eterno que nos habla de la naturaleza humana.

¿Has leído 2666? En esta novela, Roberto Bolaño estableció una continuidad literaria entre Auschwitz y los crímenes de Ciudad Juárez. No es Historia, no es ensayo, es literatura. ¿Qué opinas de esto?

La obra de Bolaño me parece excelente pero me remito a lo dicho: cuando ficcionalizas te expones a la ira de un sector de la sociedad que no deja de tener parte de razón. En el caso del Holocausto, de nuevo entramos en una dicotomía. Si uno defiende que el Holocausto es un hecho singular e irrepetible en la historia de la humanidad (caso de Adorno o Elie Wiesel, por ejemplo), Bolaño yerra en su enfoque. Si, por el contrario, uno sostiene que forma parte de un continuo, un vector inherente a la raza humana, de violencia gratuita, que sería la tesis que arranca con Hobbes, entonces Bolaño está en lo cierto.

Bolaño, en “La parte de los crímenes”, ofrece un enorme listado, redactado en tono forense, de más de 400 asesinatos de mujeres, insertado en una ficción al uso. A mí me parece un modo excelente, sin concesiones, de representar el horror.

En mi opinión, la diferencia entre los crímenes de Ciudad Juárez y el Holocausto no es cuantitativa, sino cualitativa. En el caso del Holocausto hablamos de crímenes perpetrados por un Estado a escala industrial; se trata de una industria “legal” (como cualquier otra, la del acero, alimentaria, eléctrica, financiera, etc.) de exterminio de personas. Hubo incluso quien sugirió que la energía que liberaban los cadáveres en los hornos podía ser utilizada para alimentar la maquinaria, de suerte que los campos se hubieran convertido en un “perpetuum mobile” dantesco. En el caso de México, aunque pudiese existir cierta corrupción en algunos funcionarios mexicanos en ese caso (extremo que ignoro) está claro que el Estado no defiende ni presta sus instrumentos (políticos, jurídicos, económicos, policiales, humanos) para asesinar en Ciudad Juárez. Más bien se muestra impotente ante la barbarie que supone el asesinato y mutilación de mujeres. Creo que la diferencia es esencial. La documentación sobre el exterminio nazi -me refiero a la documentación del propio Estado nacionalsocialista hallada por los Aliados- causa vértigo y pavor por su frialdad burocrática. No estamos hablando de un listado, sino de toneladas de informes de toda índole: órdenes, comunicaciones, evaluaciones, presupuestos, ruegos, quejas, sugerencias, planos, mapas, fotografías, estadísticas, etc. El horror debía quedar consignado como un trofeo del Tercer Reich.

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: