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El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron

16 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 332 – 333, julio/agosto 2011)

El último libro de Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) relata una doble búsqueda. Por un lado, la de un periodista que rastrea la desaparición en 2008 de un ciudadano en una pequeña localidad de la Pampa argentina. Por otro, la del hijo del periodista que, husmeando en los papeles del padre, advierte que dicha investigación despliega consecuencias cruciales sobre su propia vida. No valoramos si las investigaciones se produjeron en la realidad tal y como se narran, porque lo que importa es advertir que este artificio narrativo –el hecho de presentar una investigación como consecuencia de la otra y que los personajes aparezcan con sus nombres reales– se ha configurado así para establecer un procedimiento crítico sobre los mecanismos que sustentan los relatos sobre la memoria histórica. Y también porque importa señalar que el libro avisa que la conversión de una historia real en una ficticia conlleva el peligro de que su recorrido termine en una vía muerta, es decir, que una historia injusta y supurante quede desactivada una vez impresa en papel. El Pron que firma este texto lo tiene claro, quizás porque le incumbe personalmente: es casi obligatorio que la maduración de una narración a través de la literatura desagüe consecuencias sobre la realidad. De ahí que, aparte de las resonancias emotivas del libro, haya tenido especial cuidado en lanzar una reflexión sobre cómo se utiliza el conocimiento que se extrae de un hecho público. La suya, la que explicita aquí, señala que su compromiso con la escritura supone una declaración política, que pasa por recuperar la memoria de ciertas facciones de izquierda que pelearon a la contra en Argentina en los 70 y fueron exterminadas por ello, y por plantearse, con dolor y responsabilidad, el papel que ese rescate juega en el presente.

A lo mejor se le puede imputar a Pron que su pretensión sea ingenua, bienpensante o quimérica. A lo mejor. Pero, en todo caso, opere o no la literatura sobre la realidad, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia es un texto fascinante, sobre el que hay que decir algunas cosas. La primera es que desmiente un malentendido bastante común: el de que los autores que se sirven de un fuerte artificio literario para levantar ficciones sobre la memoria histórica lo hacen porque observan el acontecimiento desde la distancia. En este caso, es el propio Pron el que utiliza mecanismos más bien posmodernos para narrar algo que le atañe en su propia piel. La segunda cosa es que, por lo visto, es posible escribir relatos de investigadores –o lo que sea– de baja intensidad, donde lo que importa no es ni sembrar de espectáculo el desarrollo de la trama ni atender a las servidumbres del género, sino generar una intriga intelectual –sostengo el término: intriga intelectual– en torno a hechos, ideas y sucesos. La tercera es que el lirismo no está de sobra en una novela que se dice política, y Pron lo demuestra reforzando el dramatismo de la acción esgrimiendo el arma más propia de la literatura: la emoción (algunos momentos brillantes: la metáfora del accidente de coche en la página 180, la de las balas que debieron recorrer más espacio de la 189, la que califica a los nacidos en 1975 en Argentina como el premio de consolación de quienes fracasaron políticamente). La cuarta cosa que se puede decir es que esta novela demuestra que, en las manos adecuadas, la intersección de géneros no es un disparo al aire; es una plantilla seudoensayística que convive con la ficción para levantar reflexiones pertinentes en su contexto más propio: la narración. Lo demuestran los comentarios técnicos del narrador sobre su propio relato y que tienen una dimensión más amplia de lo que parece.

Dejamos de lado la deuda con Proust ¬–por falta de espacio–. También ese final sentimental, concretamente su forma cinematográfica –con los agradecimientos cayendo hacia el punto final como títulos de crédito–, porque los libros de confesión jamás son redondos. Desquilibrados, duros, puñeteros, en sus excesos encontramos los signos del dolor que los hizo posibles.

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