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Cuentos de la era del jazz, de Scott Fitzgerald

16 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 307, junio 2009)

En 1959, dieciocho años después de la muerte de Scott Fitzgerald, Edmund Wilson escribió que su legado se había convertido “en una referencia obligada; una obra que quedará intacta cuando los sueños y el caos que se materializan en ella también hayan muerto y podamos leerla desde un mundo desolado”. No sé si éste es un mundo desolado pero desde luego que se le parece bastante. Igual que ocurre en “Primero de mayo”, uno de los mejores relatos-nouvelles de Scott Fitzgerald, hoy día los activistas de izquierdas agitan el espíritu de los tiempos mientras soldados mutilados regresan a casa y la fiesta prosigue en los hoteles. Lo tragicómico del momento actual no lo conforman la pobreza y las guerras periféricas -siempre han estado aquí- sino que la industria del cine siga saciando el simulado escalofrío de las masas con películas de vampiros.

En fin. El hecho objetivo es que hay algo miserablemente triste en concebir la vida como una diversión perpetua, ya sea porque toda fiesta propicia la selección amañada de los triunfadores, ya sea porque forzosamente se organizan de espaldas al dolor del mundo. Pues bien, esto es lo que la literatura de Scott Fitzgerald captó, conformando la revelación que despliega buena parte de su grandeza. En el citado relato “Primero de mayo”, mientras transcurre uno de esos festejos impagables, se vislumbra que el contexto de la Norteamérica del fin de la I Guerra Mundial era todo lo problemático que se quisiera prever. Por un lado estaba la desorientación de los excombatientes, niños que habían realizado un duro tránsito de la universidad a la línea del frente, del bienestar del pupitre a la locura posterior al combate. Por otro, la frivolidad de los que se habían quedado en territorio seguro. Y entre medias la corrupción política y su propensión a mantener el orden por las malas. El final del cuento no puede resultar más diáfano: el protagonista, un excombatiente en problemas, se suicida. Si bien en rigor no era necesario un desenlace tan abrupto (en la recopilación publicada por Alfaguara en 1997 Matthew J. Bruccoli escribió que algunos de sus cuentos recurren a finales con truco), la tristeza del personaje representaba de una manera excepcional la falta de rumbo de una generación de jóvenes a los que la I Guerra Mundial les había arruinado la vida.

Invierto más líneas de la cuenta en explicar esto por una razón. Aun hoy Scott Fitzgerald es sinónimo de jazz, de licenciados enriquecidos y de fastuosos pucheros de ponche. Y, biografías al margen, se nos ha olvidado que la obra de este retratista de su época destila una tristeza que, probablemente sin desearlo, mantiene un contacto íntimo con un tipo de compromiso social que no es político, de acuerdo, pero resulta lo suficientemente emotivo como para abrir una llaga en nuestra conciencia. Podemos dejarnos deslumbrar por el brillo de la lujuria y seguir percibiéndole como el acabóse de la frivolidad. No en vano es menos conocido por sus cuentos que por la famosa frase sobre lo distintos que son los ricos del resto de seres humanos, que Hemingway le atribuyó como suya y citó después en “Las nieves del Kilimanjaro”. Pero su literatura, además de esta fidelidad por la ambivalente realidad de los neones y del whisky, desplegó una severa comprensión del género humano.

Cuentos de la era del jazz se editó en 1920. Es la segunda recopilación de textos breves que Scott Fitzgerald preparó para volver a cobrar unas piezas que ya habían divulgado las mejores revistas ilustradas de la época -Saturday Evening Post, Squire- y que le aseguraban el sustento económico. Salió a la venta después de Flappers and Philosphers, 1922, de ahí que arranque con una sección dedicada exclusivamente a las flappers (ver wikipedia). Estos relatos, ya se ha dicho, son lo suficientemente audaces en su dibujo de los bailes y del dispendio como para que resulte posible leerlos hoy día sin problemas. Ni siquiera hace falta cambiar, qué sé yo, el Nueva York de 1922 por la Marbella de 2009. Basta con salir a la calle cualquier sábado, cualquier Nochevieja, para corroborar que no hay verbena sin desesperanza.

Pero el libro ofrece más perfiles, más matices. Cuando, entre novela y novela, Scott Fitzgerald cosía sus recopilaciones, le faltaba tela por un lado y le sobraba por otro. Y se nota, porque después de las verbenas el lector se topa con dos divisiones que rompen la unidad de tono y de tema propuesto en la primera. En la primera aparecen cuatro relatos fantásticos. O, como diría el autor, fantasiosos. Entre ellos, el tan mentado estos días “Curioso caso de Benjamin Button”, que parece escrito con algo de desgana. Parece. Ya saben ustedes que la principal imputación a la obra breve de Scott Fitzgerald asegura que algunos de sus cuentos fueron redactados con una intención eminentemente comercial. Pero ni siquiera hace falta tener esto muy presente para pensar que, bien mirada, la idea de un personaje al que la vida le discurre de atrás para adelante, desde la vejez hacia la infancia, ofrece más potencialidades expresivas o una estructuración más audaz que la pormenorizada cronología que aquí se pone en juego. Pero ésta es una opinión personal. En su contra se podrá postular que Dino Buzzati también concibió sus cuentos alegóricos de la manera más tradicional posible, y ahí están. El otro “gran” relato fantástico de esta sección, “Un diamante tan grande como el Ritz”, vuelve a demostrar que Scott Fitzgerald supo desde el primer momento que el embrujo de la riqueza va unido a una maldición: la de la soledad y la neurosis que causan su conservación. De la tercera sección, la titulada Obras maestra inclasificables, hay que destacar “Los posos de la felicidad”, toda una lección de contención narrativa, que propone una magistral reflexión sobre dos cosas: la amistad y la dignidad de una vida sencilla. Valores menos glamourosos no los hay.

Esto y más es lo que despliega la lectura de esta recopilación, penúltimo intento de poner en circulación parte del inabarcable legado de un autor estimable. El lector notará que no he mencionado todo eso que siempre se agrega cuando aparece el nombre de Scott Fitzgerald. Es decir, quedaría por sacar a la luz: la locura de Zelda, los viajes de los escritores de la Generación Perdida, la frivolidad de una época que iba preparando en el mundo occidental la desinhibición colectiva de los años 60, los tristes años treinta en EE UU a causa del crack financiero, la escasa querencia que Scott Fitzgerald mostró siempre hacia sus piezas breves… Son los temas recurrentes que parece obligado comentar cuando se analiza algo de este escritor. Y es que aquí ocurre una vez más que el mito y el entorno tratan de hacernos olvidar los valores literarios más firmes de una obra estimable. Ya lo hemos apuntado antes cuando hemos hablado de la frivolidad: el irresistible atractivo que el aura de este escritor y de esta época ejercen sobre el imaginario colectivo eclipsa la buena mano de un autor sumamente perspicaz. Scott Fitzgerald eligió hablar del hombre, de sus claroscuros, de su drama, de sus pasiones inútiles, de sus anhelos nobilísimos. El problema es que el arquetipo que él tomó para su ensayo no aparece en las páginas de sus ficciones cavando trincheras en el frente francés sino alquilando un disfraz para un baile. Ahora bien, esto no debería de importar: resulta posible reconocer en su retrato ese proyecto siempre en fuga que es el ser humano, y que por parte del arte merece, me parece a mí, análisis y poesía.

Queda la última pregunta, casi obligada. ¿Dónde ponemos a Scott Fitzgerald? Quizás no junto a los muy grandes, a los titanes de la narrativa norteamericana del siglo XX. Aunque sus mejores novelas y relatos rozan por momentos lo sublime, William Faulkner, Saul Bellow y hasta Don Delillo se muestran más arrolladores a la hora de utilizar las formas, así como más exhaustivos en su empeño de darnos la temperatura de un tiempo, la inquietud colectiva. Tampoco podemos situarlo en las filas de los escritores de consumo, esas evanescencias efímeras que saquean las modas literarias sin rubor. Más allá de lugares comunes y de operaciones comerciales, la obra de Scott Fitzgerald merece aparecer junto a la de John Cheever, Ernest Hemingway, Truman Capote, Grace Paley y otros. Ni muy por debajo ni muy por encima: ahí mismo.

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2 comentarios leave one →
  1. Carreño permalink
    29 noviembre, 2011 10:28 am

    Querido Roberto,
    Fantástico encontrarme en la red con la enjundia y precisión de tus comentarios literarios. tendrás en mí un visitante asiduo de tu bloc.
    Un fuerte abrazo amigo.

    • 29 noviembre, 2011 11:28 am

      Gracias, Óscar, amigo. El blog será un almacén de reseñas, entrevistas y relatos. Y también iré colgando nuevo material. Abrazo fuerte, compañero

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