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Sobre Sonría a cámara. Pablo Chul, en Ámbito cultural

3 noviembre, 2011

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Es difícil leer una primera obra de un autor joven sin caer en la tentación de escrutarla en busca de aquellos aspectos que la vinculen con su tiempo, como si esperásemos con particular ansiedad la confirmación de que, efectivamente, nos encontramos ante un libro moderno.

Éste es el caso. Sonría a cámara, la colección de doce relatos con la que Roberto Valencia (Pamplona, 1972) debuta, es un libro moderno en temas y enfoque, y tal vez su lectura bajo esta luz permita llegar a conclusiones más amplias sobre las relaciones que la literatura establece con su contexto temporal y cultural.

Pornografía e Internet son, en una primera lectura, los temas comunes a todos los relatos aquí contenidos. Pasando de un lado a otro de la pantalla, el autor recorre fragmentos de vidas de actrices y actores porno, de parejas amateur que se entregan a una actividad sexual que parece no existir si no es vista, de internautas que, en soledad, buscan una pizca de realidad en el magma de la red, y de personas que descubren su condición anónima e intercambiable al reflejarse en la intimidad de otras. El autor hace así un barrido por una sociedad aglutinada en torno al consumo anónimo de sexo virtual, una especie de Ronda de Schnitzler en versión “Chatroulette”.

Aun restringido a los ámbitos de pornografía e internet, el catálogo de escenas narradas es más amplio que aquellos temas hacia los que las tramas de Sonría a cámara apuntan, pero es en éstos, y no en el plano más superficial de lo estrictamente anecdótico, donde se encuentra el vínculo de este libro con las ideas de su tiempo, y tal vez su principal baza.

Pues Roberto Valencia engarza en este libro temas clásicos de la literatura como la soledad, la búsqueda del sentido vital o el contacto con lo real a través de las epifanías con ideas centrales de la cultura y el arte de las últimas décadas: la identidad construida sobre las fantasías, las paradojas del sexo representado, la relación de la pornografía con la pulsión sexual y de ésta con las adicciones, y el carácter esquivo de lo virtual.

Pero si las ideas tratadas en esta colección de relatos son específicas de nuestro tiempo y habituales en otras manifestaciones culturales coetáneas (como cierta rama del arte conceptual que lleva dos décadas preguntándose si la pornografía es un lenguaje ficticio, documental o performativo), el afán por hacer que el texto narrativo sea la flecha hacia dichas ideas es una apuesta tan clásica que resulta casi extemporánea, y paradójicamente más actual que la mayoría de la literatura posmoderna oposposmoderna. Puede entenderse Sonría a cámara como un conjunto de relatos “de ideas” que se disfrazan de narraciones, o de narraciones construidas en torno a ideas que se relacionan con otras del mismo campo semántico.

Estamos, pues, ante una obra construida sobre la tensión narrativa resultante de ocultar un sentido discursivo bajo una narración escrita con los clichés y las voces de su tiempo. Estos se hacen visibles en la elección de un narrador heredero de la parodia del narrador tradicional que Elfriede Jelinek satiriza en, por ejemplo, Deseo, y en las intervenciones habituales -casi obligatorias, según parece- de un autor que decide de cuando en cuando retirar la alfombra que hay bajo los pies del lector. Es, sin más, el peaje o el manierismo de nuestro tiempo, que no es original ni fresco pero que apenas (hay que decirlo a favor de Roberto Valencia) pesa en este libro.

Como siempre, corresponde al lector que valore la literatura como arte capaz de sostenerse por sí mismo juzgar este libro con independencia de la validez o el interés de las ideas que el autor incardina en los personajes o el narrador. Pero también corresponde a cualquier lector interesado en las manifestaciones socioculturales de su momento valorar el esfuerzo que Roberto Valencia lleva a cabo al transformarlas en narraciones.

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