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Sobre Sonría a cámara: Marta Sanz, en la Tormenta en un vaso

3 noviembre, 2011

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Un matrimonio, con un nivel sociocultural medio-alto, pone en práctica en su alcoba, en su cocina, en los cubículos de su hogar, el repertorio postural y las variantes eróticas –con grupos, familiares, vecinos- que consumen en Internet. Judith tiene el pelo sucio de grumos seminales, está delgada, le duelen las lumbares. Román siente la verga desfallecida. La casa huele mal. Eso es lo que les sucede a los protagonistas de “Mañana será otro día” el relato que cierra Sonría a cámara. No les voy a contar más cuentos –en realidad ni siquiera les estoy contando éste-, pero sí que me gustaría explicarles por qué este libro debería ser muy bienvenido entre todos aquellos lectores que están cansados de que les traten como consumidores: de libros, de Internet, de sexo, de cultura y de Cultura, de fruta fresca o de alimentos enlatados.

Los relatos de Valencia se centran en la pornografía. A través de este pretexto, el autor disecciona el cuerpo social y da cuenta de cómo el placer se cosifica y lo más íntimo se hace público, de modo que cada quien puede interpretarlo, apropiárselo, comprárselo a su manera. El autor reflexiona sobre las cosas que se pueden comprar y vender, y en este sentido, a veces se emborronan las fronteras entre pornografía, prostitución y venta de carne en los paquetes plastificados que se exponen en los frigoríficos de las grandes superficies. Leyendo uno de los cuentos titulado “Un tal Bergman” me viene a la mente The girlfriend experience de Steven Sodeberg: el porno y la prostitución se presentan como manifestaciones de sociedades puritanas, insatisfechas, hipócritas, demagogas… Como si todos los intentos de trasgresión estuvieran de antemano condenados al fracaso ante la mancha indeleble de los valores que nos conforman: por ejemplo, los de esos hombres que contratan a una puta para vivir la experiencia de “tener una novia” o los de la actriz porno de este cuento que siente celos de su novio… La paradoja no puede más que producir dolor al que imagina y al que es imaginado, al que compra y al que vende, al creador y al consumidor de las ficciones… La metáfora metaliteraria está servida.

Uno de los mayores méritos de este escritor es haber elegido un tema que actúa como punta de iceberg de una gran masa de corrupción –individual y colectiva- y saberlo mostrar de un modo moral, pero no moralista. Es muy difícil hablar de la tiniebla de la pornografía, de su interpretación ideológica, sin que a uno le brote de pronto un alzacuellos o un rosario. Es muy difícil en un ámbito cultural y social en que la mercantilización del sexo en todas sus formas se publicita como medidor de la apertura de la mente y emblema de tolerancia. Valencia asume muchos riesgos porque estos relatos, surgidos del leitmotiv de la extrañeza de lo cotidiano, de ese lugar en el que se encuentran la literatura de terror y la vocación crítica, no están concebidos para satisfacer al receptor de pornografía internáutica, al escrutador morboso de rendijas y agujeritos virtuales, pero tampoco al legionario de Cristo ni al santo cruzado de la higiene conyugal. Valencia se coloca en un lugar difícil —precisamente por eso representativo de nuestras enfermedades sistémicas— escribiendo cuentos de resortes estilísticos “postcontemporáneos”—fríos, cortantes, higiénicos en su sintaxis y en su manera de mirar, simultáneamente cibernéticos y satíricos— que son la materialización retórica de una nueva propuesta de literatura social. Los relatos más eficaces son los que optan por una voz en tercera –la mayoría- que parece que se hubiera calzado unos guantes para hacer autopsias del cuerpo social: los órganos se exponen ante los ojos del lector en forma de preguntas sobre el concepto de tabú, la simplicidad de los deseos de los excluidos (“La rendija”); la desacralización de la carne, del icono erótico, por obra y gracia de la enfermedad (maravilloso el cuento sobre la actriz porno Lea de Mae); la imágenes, las duplicaciones, el repertorio de lo común y lo diferente en el que lo común son las distintas modalidades de la frustración (“Cosas que no hacen demasiada falta”); el cambio de estatus del conocimiento en un ámbito en el que la precocidad o la información a la que se puede acceder a través de ciertas ventanas tal vez no sea equivalente a la sabiduría, aunque es posible que surjan nuevas narraciones de esos otros modos de conocimiento (“¿Lo has hecho ya?”, un relato extrañísimo); la vivencia de las ficciones como motor de la acción (“Ciudades, pueblos y capitales de provincias”); el cuestionamiento del modelo familiar y de los valores de la normalidad o de la ideología invisible (“El problema de la familia Polo”)…

Creo que éste es un libro que, entre otras cosas, aborda los límites entre la libertad y el dolor. Habla sobre cómo ciertos modelos de libertad producen dolor y, entonces, estamos obligados a cuestionarnos qué es la libertad y qué es el dolor. Creo que este libro, al abordar la libertad, no se refiere tan sólo a la libertad sexual, sino también a otros modelos de libertades. Por ejemplo, la económica. Por eso, estos relatos de Roberto Valencia me interesan mucho. Me interesan también cuando formulan la pregunta de si lo convencional a veces resulta menos asfixiante que lo extraordinario y si la búsqueda del placer es de verdad placentera. En Sonría a cámara el lector va a encontrarse con un reto: el de una literatura que juzga sin pontificar y que, reflexionando sobre la tecnologización del sexo y la sexualización de la tecnología, saca a la luz uno de nuestros nuevos corazones de las tinieblas. Tenemos muchos.

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