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Sobre Sonría a cámara: José Martínez Ros, en Estado crítico

3 noviembre, 2011

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El mejor chiste que conozco sobre Internet es de Futurama. En un capítulo, los protagonistas visitan un parque temático del siglo XX, y Bender se fija en un término desconocido para él y le pregunta a Fry: “¿Qué era Internet?”. “Oh”, responde éste, “sólo un sistema para la distribución de pornografía”. Los tres mejores textos literarios que conozco sobre pornografía son, en este orden, el fantástico reportaje de David Foster Wallace sobre los premios anuales de la Adult Video News, “Gran hijo rojo”, una de las obras más lúcidas de ese genio malogrado; el proustiano relato de la redención de un adicto al sexo enlatado de Cristian Crusat, Charly, el amigo de mi hermana y, por último, el cuento “Joanna Silvestri”, de Roberto Bolaño, sobre el que se distingue la sombra de leyenda de John Holmes, el hombre de los treinta y cinco centímetros. Ninguno de los que incluye Sonría a cámara, el más que prometedor debut de Roberto Valencia es tan bueno, pero, en dos o tres casos, su exploración del binomio sexo-internet no se queda lejos. Sonría a cámara es, francamente, uno de los mejores libros de narrativa breve que he leído en mucho tiempo.

(Una nota importante: no se lleven a error, aunque el sexo es el tema dominante en casi todos los cuentos, ni uno sólo de ellos es mínimamente erótico.)

La estrategia que utiliza el autor en sus mejores relatos es el distanciamiento: observar a sus criaturas, espectadores o actores del porno cibernético como lo haría un alienígena o un entomólogo que estudia sus dudas, sus miedos, sus ritos y proyectos, con una frialdad clínica y desapasionada que recuerda al Ballard de Crash o La exhibición de atrocidades y precisamente al Foster Wallace más radical (el de Extinción o La broma infinita). Destacaría dos que, además, se presentan consecutivos: “Niños en el balcón”, la descripción exhaustivamente atroz de la decadencia física de una ‘porn-star’ aquejada de cáncer y “Ciudades, pueblos y capitales de provincias”, la historia de una obsesión en la que Roberto Valencia muestra un dominio de la forma casi abrumador.

No obstante, como suele suceder en los primeros discos de un grupo joven, el libro se vuelve después irregular y también tiene varias caras B, cuentos estropeados por una ironía fácil y autocomplaciente, un mal común. Sin embargo, no llega a alterar una sospecha y una esperanza: he aquí un nuevo escritor a seguir.

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