Skip to content

Cinco novelas cortas, de Anton P. Chéjov

3 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera 302, enero 2009)

Chéjov. Ningún amante del relato breve puede soslayar su magisterio. En más de una ocasión el escritor ruso se jactó de ser capaz de escribir un cuento en cualquier momento y sobre cualquier asunto, tal era su dominio del género. El problema es que, al igual que ocurre con otros emblemas literarios modernos -Kafka, Proust…-, su aura se ha fijado resaltando sus cualidades más evidentes. La consecuencia de este fenómeno es que su aura se magnifica notablemente pero su estatura literaria parece simplificada. Que el genio ruso es el gran icono del cuento realista moderno supone un hecho sabido. Incluso un tópico. También que este honor se lo reconoce crítica y público gracias a que fue él quien empezó a fijar los cimientos de un género que, por esencia y debido a su influencia, se ha tornado escurridizo, ambiguo y ambivalente. De igual modo nombrarle supone señalar también un tipo de teatro bastante eficaz. Ahora bien, cuando se le utiliza para conferirle pedigrí a un nuevo cuentista, se tiene la impresión de que su obra constituye un todo homogéneo. Un bloque sin fisuras atravesado por una misma mirada, por un único propósito estético, por una sola inquietud vital. Y no es así. Quien conozca con detalle su producción, o parte de la misma, sabrá que hay un Chéjov moralista y un Chéjov sutil. Un Chéjov filósofo y un Chéjov vencido por la fatalidad. Que el Chéjov embaucado por las tramas folletinescas o por los tics más pretenciosos del romanticismo siempre trató de subvertir estos amaneramientos por medio de certeros golpes de talento, pero que no siempre lo logró. O que al Chéjov fabricante de cuentos al por mayor siempre se le resistió el género novelesco, y que las servidumbres del teatro le ocasionaban no pocos quebraderos de cabeza. Entremedias de estas disquisiciones aparecen bastantes cuestiones laterales -su imbricación en la cultura rusa, el valor histórico del retrato que hizo de las clases sociales de su país, su gusto por lo refinado y no por el desgarramiento, etc.-. De entre todas, la más seria no puede ser la polémica sobre la tipología de su producción. Pero, a pesar de ello, a la hora de introducirle el escarpelo, no hay más remedio que apartar qué parte de sus textos deben ser catalogados relatos y cuáles novelas breves: la economía de medios que se le exige a un relato distorsiona por fuerza el juicio sobre una novela breve.

Eso sí, dan ganas de escalonar su producción de acuerdo a una lógica falsamente biográfica. Afirmar que desde los primeros relatos humorísticos firmados con seudónimo y gracias al dinero del magnate Suvorin dio un salto cualitativo hacia el relato realista, y que su ensanchamiento literario prosiguió en busca de la novela corta y la popularidad del teatro. Pero esta supuesta progresión simplificaría su vida: Chéjov escribió relatos hasta el final de su vida, y siempre se sintió cercado por las dudas acerca de la conveniencia y calidad de su dramaturgia. Además, este juicio implicaría apoyar el peor de los tópicos: la supuesta superioridad estética de la novela sobre el relato. Más sensato será suponerle al genio ruso ambición o simple necesidad personal de encarar la escritura de ficción bajo otros formatos en su decisión de cultivar la novela corta.

Alba editó hace años la que le otorgó más prestigio: La estepa, y ahora publica un volumen con otras cinco novelas cortas. Escritas entre 1889 y 1895, presentan un Chéjov experto en su oficio pero casi crepuscular, que pone en funcionamiento su oficio para tratar de deshacerse de sus últimas preocupaciones. Permanentemente amenazado por la muerte -padeció tuberculosis en los últimos quince años de su vida- destila una prosa desesperanzada y poco inclinada por las evanescencias sentimentales que trató en sus relatos de desamor más famosos como El reino de las mujeres o La dama del perrito. En Una historia aburrida, de 1889, se sirve de la herramienta que más distingue su maestría, el punto de vista, para dibujar con radical precisión la decadencia de un viejo profesor de medicina, pero también -y aquí radica su gran valor- con el fin de radiografiar la irritación con que la ancianidad va derrumbando su vieja serenidad. Se trata de un texto más intimista de lo que Chéjov acostumbra, en el que abusa de la reflexión en primera persona, y donde destaca el modo en el que expone un argumento que resulta decisivo para que los humanos rechacemos cualquier tentación de abrazar la esperanza: la vejez no supone la etapa necesaria que culmina gloriosamente un proyecto vital sino la decadencia al final del camino. Otra novela amarga es la conocida La sala número seis, escrita en 1892 y que tanto deslumbró a Gorki, y que Lenin interpretó en su propio interés. Aquí el desaliento ante la muerte no lo conduce una vejez progresiva y sin objeto, sino un giro del destino que viene a vengarse de la intolerable ingenuidad del protagonista, un médico insolidario que hace tiempo que renunció a imprimirle a su profesión la dignidad que demanda. Otro es Relato de un desconocido (1893). Tiene un comienzo extraño, que parece señalar que su propósito era otro, quizás algo con más intriga, pero el pesimismo del autor lo reconduce hacia el fatalismo. Aunque su trama resulta descompensada, la ausencia de un final feliz le dota de coherencia. Ahora bien, contiene un fragmento sublime, la carta mediante la cual uno de los personajes acusa al otro de cobarde, y que de buena gana la hubiera firmado cualquier moralista francés del siglo XVI, tan pertinentes en sus observaciones sobre el comportamiento humano.

En las otras dos novelas encontramos esas transformaciones salvadoras tan propias de algunos de los personajes de Chéjov y que, aunque están convenientemente desprovistas de cualquier noción de heroísmo, oscuridad o martirio, recuerdan al Raskólnikov de Dostoievsky. En Tres años, de 1895, hay un final casi feliz, que reconduce un matrimonio de conveniencia. Y El duelo, de 1891, parece explorar la cuestión de los temperamentos contrarios: el fuerte y el débil. Llega a plantear qué resulta más conveniente: si entregarse a la diletancia -dado lo absurdo de nuestras pasiones- o si encarar la vida con arrojo -y de paso arrogarse uno mismo la potestad de salir al paso de cuantos asténicos pueblan las calles-. Están escritas, como se ve, por un Chéjov menos apesadumbrado que las anteriores.

Respecto al juicio estético son textos excelentes. Carecen de la suprema perfección estilística que caracteriza a los mejores relatos de su autor. A lo mejor algún final suena demasiado conciliador (el de El duelo, por ejemplo), a lo mejor la mano experta del cuentista podría haber suprimido algunos párrafos (de Una historia aburrida). A lo mejor. Pero contienen todo lo que Chéjov nos legó como botín: su gran altura intelectual a la hora de concebir unas ficciones que el paso del tiempo no logra acartonar, esa forma sublime, nunca abigarrada, y, sobre todo, una piedad excelsa por el ser humano. En todas sus historias refulgen con una luz turbia los personajes grises que pueblan su literatura y nuestra vida. Médicos incapaces de sanar, hombres buenos poco dotados para el bien (tal y como los definió Nabokov), asténicos vocacionales, mujeres fatales indecisas hasta en sus facultades más frívolas, así como torturados de conciencia y arrepentidos varios. Reunidos en desfile para encarar los acontecimientos que trenza esta prosa crepuscular, su comportamiento decepcionante enseña a las nuevas y a las viejas generaciones de escritores realistas que siempre hay un poderoso magma literario a punto de explotar bajo los repliegues más miserables del ser humano. Y también que el ser humano no es más que el resumen de sus vísceras impotentes.

Respecto a la otra novedad, Correspondencia (1899 – 1904), se trata de las cartas intercambiadas por Chéjov con Olga Knipper, la actriz de teatro con la que se casó en 1901. De esta correspondencia epistolar existía una edición en castellano -con una emotiva portada que mostraba un retrato de Olga Knipper- en la Editorial Parsifal, pero de cuya traducción no se detallaba la procedencia. Páginas de Espuma ha seguido la edición rusa, y le ha añadido además un espléndido apéndice: las cartas que la actriz siguió dirigiéndole al escritor después de fallecido, y que hablan más de una pérdida de amor que de la gloria póstuma de un gigante literario. La correspondencia testimonia el desarrollo del romance. Es una relación que arranca con una seducción deliciosa, sigue con la explosión de un amor obligado a sortear tanto equívocos como la ansiedad que provoca la distancia (Olga Knipper repartía su tiempo entre San Petersburgo y Moscú, y Chéjov vivía en Yalta), y termina en la decadencia física del escritor. Como un folletín por entregas, resulta curioso que la historia real que narran estas cartas se sirva involuntariamente de dos de los recursos literarios que Chéjov empleó con mayor audacia: la elipsis, que nos escatima los encuentros mantenidos por los novios entre carta y carta, y los sobreentendidos. No dice gran cosa sobre la cocina del escritor: sus métodos, sus principios y los gajes editoriales. Pero, a cambio, da a conocer las dificultades que el autor ruso tuvo para supervisar el estreno de sus obras de teatro, y para amar a distancia a la mujer que sólo unos pocos años después le asistiría, copa de champagne en mano, en su lecho de muerte.

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: