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Caribou Island, de David Vann

3 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera 335, octubre 2011)

David Vann no escribió Sukkwan Island en la creencia de que la tierra madre nos habla sino a causa de un motivo más prosaico: necesitaba sacarse de encima el trauma que le ocasionó el suicidio de su padre. Para ello, ubicó su tragedia en Alaska porque conocía dicho paisaje y porque había leído que Cormac McCarthy aconseja descripciones pormenorizadas del entorno de los personajes como medio para capturar su psicología. Hábil receta que Vann siguió al pie de la letra en su pretensión de construir una ficción casi hermética en su significado. En la nouvelle –que se editó en España desgajada del resto de relatos de Legend of a suicide– aparece el recurso clásico del Romanticismo de la naturaleza humillando al hombre cuando éste se mide con ella, pero, bien mirado, no son tanto las inclemencias del Ártico lo que derrota a los personajes como sus propios estigmas, ese racimo de traumas previos al solsticio de invierno que se cocinan en sociedad y a partir de nuestra miserable condición humana.

En su segundo libro, Vann repite la operación. Vuelve a inventar –¿inventar?– a unos personajes obstinados, al borde de la ruina, y los traslada al frío de Alaska. Es decir, a una región que habla, pero cuyos comentarios no despliegan verdades esenciales sobre nuestra ontología. Una región que repite su ciclos naturales ajeno a la mística más bien errática de sus pobladores –la referencia al mito de Grendel es elocuente– o, mejor, a sus neurosis.

A la hora de valorar la novela hay que pasar por alto esta reincidencia en el mismo frío. Porque la repetición de escenario, temática y personajes influye poco en su nota: la novela es buena –digámoslo con esta tosquedad– por la sencilla razón de que su autor es bueno. Sabe lo que se hace y lo hace sin dubitaciones. Cuando, en el curso pasado, Sukkwan conmovió a sus lectores, se escucharon dos o tres suspicacias. La mayor se refería al estilo de su autor. A sus posibilidades como escritor. Al parecer, si Sukkwan triunfaba no era sólo porque encerrara una gran verdad –por cierto, ¿cuántos grandes libros se habrán levantado sobre imposturas?– sino porque Vann la hacía conmovedora a pesar de un estilo austero y hasta repetitivo, y a pesar de cierto desangelamiento en la concepción de las escenas. Aquí había un buen escritor que no intimidaba con los florilegios de su sintaxis, la expansión de sus metáforas y los requiebros de su imaginación, sino uno que conseguía ponerse en pie por encima de sus, a priori, limitaciones. Prosa pobre pero efectiva.

En Caribou Island las suspicacias se mitigan definitivamente. La biografía del escritor deja de suponer la coartada que el mecanismo promocional y los lectores más sentimentales utilizarán para recomendar el libro. Ahora el texto convence desde la impactante escena inicial y gracias a una condensación bastante precisa de los elementos que pone en juego: esa cruel simetría entre la frustración de tres generaciones de mujeres y ese ahondamiento sobre la capacidad del ser humano de fabricar mentiras sobre sí mismo.

¿Hay que reconfigurar Sukkwan Island tras la digestión de esta hermana casi gemela que es Caribou Island? No lo parece. Si bien en la primera, Vann daba un toque de atención sobre la dura responsabilidad de ser padre –y de paso elevaba la reflexión hacia algo más profundo sobre el vínculo familiar–, en la segunda reincide en el ¿derribo?, ¿crítica?, ¿análisis?, de la longevidad de las relaciones. Las uniones de pareja terminan con gritos de hartazgo porque en el tiempo que éstos tardan en incubarse se logra esconder mentiras. Nos permiten vivir, en definitiva (“La mayoría de los hombres llevan vidas de tranquila desesperación”, escribió Thoreau). Por eso no resulta extraño que, aunque representada en bosques solitarios, la ficción de David Vann se posicione sin problemas en el un contexto posthumanista. La diferencia con autores más duros que han escrito sobre la imposibilidad de comunicación entre los hombres –pensemos en Sábato, en Houellebecq, incluso en Palahniuk– es que Vann nos mira con piedad. Y eso alivia un poco la carga.

 

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