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Entrevista a Miguel Martínez-Lague

2 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 317, abril 2010)

Algunos de los temas que aparecen en los libros de Faulkner son propios de una sociedad preindustrial que estaba transformándose. ¿Sigue Faulkner vigente en el siglo XXI?

Faulkner escribe en un momento histórico preciso, pero tanto los temas como sus enfoques son de una actualidad de la que carecen otros clásicos. Si de temas se trata, en los Cuentos reunidos encontramos un diagnóstico certero de la cultura de la fama y de Hollywood a grandes rasgos; una disección viva y palpitante del crack del 29, que tanto resuena hoy, y otros asedios al mundo del capitalismo desbocado y a veces ya condenado a extinguirse; un examen a fondo del intervencionismo estatal en el mundo agrario… Y tantos otros. Pero es que Faulkner es una forma de mirar y de entender la vida que dudo mucho que envejezca y quede periclitada mientras exista un solo lector en el mundo. El cuento más arcaico en apariencia de Faulkner es de una modernidad que ya quisieran muchos descubridores de mediterráneos en un tarro de chocolate con avellanas.

Ya que hablas de su manera de mirar el mundo, a veces se define a Faulkner como un escritor reaccionario. Me estoy refiriendo a intelectuales que lo veneran, como Ricardo Piglia. ¿Estás de acuerdo con este calificativo? ¿Por qué? ¿Podrías apoyar tu opinión en algún texto de Faulkner?

Desconozco las declaraciones de Piglia a las que te puedas referir, pero me sorprende esta opinión en alguien tan avisado, a no ser que se obedezca a la siempre sana intención de epatar. Me temo que confundir la representación de una realidad dada con la defensa de dicha realidad es un desliz frecuente en la crítica, semejante a la de tomar la postura de un personaje por la postura del autor ―otra falacia patética―, y Faulkner describe una realidad en la que abundan las desigualdades, la opresión, la violencia, la intolerancia, el racismo, etc. No creo que se le pueda tachar de defensor de ninguna de esas lacras. Al contrario, casi todos sus libros contienen una clara denuncia. En El ruido y la furia nos encontramos con este botón de muestra: «Porque nunca se gana una batalla, dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla sólo revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles.» ¿Puede ser reaccionario alguien que se postula en contra de las guerras, sea la de Secesión, sea la llamada Gran Guerra?

¿Quién era William Faulkner? ¿Un tipo poco sofisticado que escribía como quien ordeña vacas? ¿Un maestro del arte de contar cuentos? ¿Un intelectual un poco bruto en las maneras pero muy perspicaz en su capacidad de observación?

Faulkner era el Narrador por antonomasia. Si Benjamin lo hubiese conocido, no habría dedicado a Leskow su famoso ensayo así titulado, «El narrador». Las virtudes intelectuales del narrador a Faulkner no le interesaban; a pesar de su inclusión en la llamada alta cultura es un hombre con los pies en la tierra y las raíces bien plantadas entre los hombres, que conoce de primera mano. Sus experiencias y las del prójimo, una vez tamizadas por su estilo, no sólo no carecen de vigencia, sino que son universales. Y eso sólo se consigue cuando uno ha afinado al máximo la maestría en el arte de la narración, igual da el formato: cuento o novela, por escrito u oralmente.

La mayoría de la gente desconoce las circunstancias editoriales que rodearon la edición de Faulkner. ¿Por qué es tan complicado poner orden en su obra?

Al contrario que Hemingway, al que no se le tocaba una coma (y necesitaba de un buen editor), a Faulkner se le deturpó a conciencia desde el estamento editorial. Por eso es preciso restituir las versiones autoriales, que es lo que viene haciendo la plana mayor del faulknerianismo mundial, encabezada por Noel Polk. En el caso de los Cuentos este hecho no tiene excesiva relevancia; el caso opuesto sería Banderas en el polvo, de la que sus editores sacaron una novela mucho más corta, Sartoris. A Faulkner no le importaba lo que hicieran con sus novelas mientras se publicasen y se las pagasen… hasta que llegó la noticia de Estocolmo, claro. Hay novelas, pienso en Luz de agosto, que realmente son completamente distintas. La tendencia de hoy es dar al lector lo que dio Faulkner, no lo que se editó a partir de Faulkner.

¿Podrías detallarnos algún caso concreto de novela desguazada por los editores?

El caso más llamativo, repito, es el de Banderas en el polvo: cuando Faulkner la lleva a su editor, éste dice que eso no es una novela, sino seis, y encarga a un propio que la pode, y se publica sin una parte considerable del original. Es la novela fundacional del condado de Yoknapatawpha. De ahí sale Sartoris, una novela editada, pero que Faulkner no escribió como tal. Cierto es que en esta poda hubo connivencia por parte de Faulkner, que en ese momento primerizo quería ante todo publicar y embolsarse unos dineros. En España, hace dos años publicó Belacqva una traducción íntegra de la edición autorial de ¡Absalón, Absalón!, hecha sobre el texto fijado por Noel Polk. Anteriormente, Alfaguara hizo lo propio con Una fábula y con parte de la saga de los Snopes. Ambas restituyen todas las omisiones de las anteriores. Y esto mismo es algo que urge hacer con Luz de agosto, Las palmeras salvajes y alguna más

¿Hay por parte de alguna editorial española la voluntad de poner en orden todo esto? ¿Te estás ocupando tú de nuevas traducciones?

Me consta que Belacqva tuvo esa voluntad, que no fructificó por un problema de derechos. Alfagura es la editorial que más títulos de Faulkner tiene en cartera, y muy a medio plazo es posible, tengo entendido, que se hagan nuevas traducciones de acuerdo con las ediciones restituidas o bien que se restauren y se pulan las traducciones antiguas en los casos en los que son salvables. Personalmente me encantaría encargarme de algunas de las señaladas, sea para acometerla de nuevo, sea para restaurar las antiguas (es una opción muy en boga en Francia, por ejemplo), aunque no sé yo si estaré a la altura.

En la nota previa de los “Cuentos reunidos” dices que una edición de los “Cuentos completos” de Faulkner ocuparía, al menos, tres volúmenes de 750 páginas. ¿Nos estamos perdiendo partes relevantes de Faulkner?

Los Cuentos reunidos han aparecido en una colección de cuentos completos, y me pareció importante advertir al lector de este detalle. Son los relatos que Faulkner quiso reunir con un orden muy preciso. Existe otra edición de cuentos de Faulkner en español, titulada simple y engañosamente Relatos (Anagrama), que corresponde a los cuentos que Faulkner no reunió jamás, ni revisó siquiera. Es decir, se trata de la obra cuentística dispersa, entre ellos los relatos incorporados posteriormente a novelas o bien desgajados de novelas, como los incluidos en Los invictos y Desciende, Moisés. Si a estos dos volúmenes ingentes se les suma Gambito de caballo, que son los relatos de corte más policial, y otras piezas dispersas, creo que la obra cuentística de Faulkner da, en efecto, para tres volúmenes bastante gruesos.

La nueva edición de los cuentos editada por Alfaguara y traducida por ti es excelente. ¿Urgía una nueva traducción de los relatos de Faulkner?

Esto sería largo de explicar, y además estoy a punto de dar con la solución a un enigma que me intriga desde hace tiempo: ¿por qué una traducción envejece, e incluso tiene una fecha de caducidad, y un original no? Pero no puedo darla ahora, porque está patentada por una firma de Taiwan que se dedica a hacer imitaciones de productos carísimos, fabricados en Suiza. Te agradezco mucho que elogies mi traducción, pero es que el traductor literario también ha mejorado mucho con respecto a lo que se hacía hace… 50 años. Sin ir más lejos, la traducción de Las palmeras salvajes que firma Borges y que hoy sabemos fehacientemente que hizo su madre es sencillamente infecta: es la única traducción del inglés, que yo sepa, más breve que el original. Por la (auto)censura y por una compresión muy borgiana, pero nada faulkneriana.

¿Qué complicaciones acarrea traducir a Faulkner?

Todas las que puedas imaginar y dos o tres por añadidura. Es el autor más difícil con que he tratado, y tal vez el que mayores gozos me ha deparado, junto con los desvelos. En Faulkner hablamos de una concepción del mecanismo narrativo y del lenguaje que desborda por completo lo hecho hasta entonces y que abre puertas a lo que se hará después. Precisamente, traducir hoy a Faulkner al castellano no tiene mucho sentido si no se tiene en cuenta cómo han escrito Benet u Onetti, o Marías y Muñoz Molina, tras una provechosa lectura de Faulkner.

En el prólogo a los “Relatos” de Hemingway, García Márquez confiesa su frustración por no saber desarmar la narrativa de Faulkner. Dice “Cuando se logra desmontar una página suya, uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos y que será imposible devolverla a su estado original”. Si esto es así, supongo que en muchos momentos de la traducción, deberás de haberte sentido perdido.

Cualquier novela de Faulkner se resume en dos párrafos, pero un resumen, un argumento, un esqueleto, no es una novela, un universo, un cuerpo con autonomía propia. A García Márquez le sobran tornillos al desmontar una página igual que a un niño le sobran tornillos al desmontar un mecanismo complejo, lo cual no significa que esa página no tenga, antes de su desmontaje, un funcionamiento impecable. En cuanto a los extravíos, pues sí: me he quedado más de una vez mucho rato en blanco sabiendo lo que ponía en el original, lo que decía, lo que hacía, y sin saber cómo utilizar los conductos cerebrales que habitualmente empleo para que ese mismo texto diga y haga en mi lengua lo mismo que en el original. Hay testigos. Con tiempo y tesón y paciencia las piezas encajan todas, a veces de manera inesperada, cuando uno ya creía que no. Y es que los grandes escritores, creo, se traducen solos si uno sabe ponerse a su servicio. Son los pequeños los que dan la lata.

El lenguaje de Faulkner está impregnado de distintos registros de la oralidad sureña y de épica bíblica, entre otros tonos. ¿Qué función crees que tiene esta polifonía en la literatura de Faulkner?

Faulkner quiso crear y creó un universo. Del tamaño de un sello de correos, así describe él su Yoknapatawpha, pero universo a fin de cuentas. Y en un universo ha de haber de todo. Por otra parte, los «tall tales» que son propios del sur, de la plaza pública y del salón privado, tienden a la imitación de las voces que se reproducen, por lo que la multiplicidad de las ópticas y las vivencias y por tanto los puntos de vista era indispensable en un narrador que se sirve a menudo de varias personas, o máscaras, para contar la historia. Si contrastas los dos relatos que se van trenzando en Las palmeras salvajes, en la traducción de Borges & Nora no se distinguen lingüísticamente. En el original son en efecto dos novelas que parecen de dos autores aunque alternen a lo largo del libro que firma Faulkner.

¿Crees necesario leer a Benet o a Onetti para impregnarse mejor de Faulkner? Esto validaría aquella afirmación de Borges de que es el discípulo el que crea sus maestros y no a la inversa…

Bueno: dice Francisco Rico que habría que examinar a los estudiantes de literatura preguntándoles por la influencia de César Vallejo en Quevedo. La literatura es un sistema de simultaneidades, y en el caso de un autor como Faulkner se produce el fenómeno por el cual lo escrito en una lengua distinta de la de llegada pasa a formar parte del sistema literario de esa lengua de llegada, si es que la traducción está a la altura… o no, porque es conocida la tremenda influencia de Faulkner en escritores como los que mencionas, que se obra a través de traducciones deficientes. Pero así como para traducir a Conrad es útil leer a Baroja y a Pérez de Ayala, por ser coetáneos, para traducir a Faulkner hoy es útil leer a aquellos escritores en español que se han servido de mecanismos y parámetros faulknerianos. Faulkner en español no es igual antes que después de Onetti o Benet.

Vamos a seguir hablando de traducciones. En “Beber para contarla”, la recopilación de relatos irlandeses sobre la bebida publicada por La otra orilla, hay una retraducción tuya de “Por la gracia”, el relato de Joyce. A tu juicio, ¿habría que revisar la traducción de “Dublineses”, de Cabrera Infante?

Toda generación necesita nuevas traducciones de los clásicos. La traducción, por así decir, es el único género literario cuyo status es de borrador perpetuo, lo cual tal vez le da mayor actualidad que nunca. Y al margen de que Faulkner no habría existido sin Joyce, Joyce no es muy necesario después de Faulkner. Pero el Joyce que conocemos, sea el de Cabrera Infante (que no es de Cabrera: de Cabrera es la cubanísima cabrerización de una traducción que hizo otro cuyo nombre no estoy autorizado a dar), sea el de Dámaso Alonso, sea el de Valverde e incluso el de Salas Subirat restaurado por Chamorro (ésta puede ser, a trozos, la única excepción), es un Joyce manifiestamente mejorable desde cualquier punto de vista, el de Joyce y el de un lector español de Joyce con una mínima exigencia, virtud que hoy tienen más los lectores tal vez por ser pocos.

¿Qué aspectos son mejorables?

La llaneza, los registros coloquiales (el español no se presta bien a la mímesis fonética; hay que reproducir el habla de los personajes más por medios gramaticales, léxicos y de sintaxis), el excesivo respeto a la figura encumbrada… Y determinadas fórmulas que hacen con Joyce lo que una traducción francesa del Quijote, publicada hace unos años, que empezaba diciendo «Il était une fois…»

La verdad, desconocía esto sobre “Dublineses”. ¿Es una práctica común del mundo editorial contratar negros también para la traducción?

No es el editor quien contrata a un negro, sino que es un traductor de nombre reconocido quien se sirve de un trabajo preliminar que le prepara alguien de su confianza para luego aderezarlo personalmente. En el mundo editorial sí se trocean libros entre varios traductores por aquello de las prisas, y luego pasa lo que pasa, que a un escritor le salen más estilos de los que realmente tiene. Por otra parte, un traductor francés del español de la altura de Claude Bléton tiene una novela titulada Los negros del traductor, traducida al castellano por varias manos (es de suponer que la totalidad del texto ha pasado por varias manos, y que no se ha troceado el libro como un fuet), en la que da otra vuelta de tuerca a todo esto.

¿De verdad no puedes decirnos quién es ese traductor en la sombra de “Dublineses”?

Poder, puedo. Deber, no bebo. Baste con decir que se trata de una persona a la que sin duda has oído hablar en más de una ocasión, al igual que la mayoría de los lectores aficionados a dar trabajo no sólo a la vista, sino también al oído.

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