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Hilos de Sangre, de Gonzalo Torné

1 noviembre, 2011

(Publicado originalmente en Quimera nº 327, febrero 2010)

En Hilos de sangre se monologa. Sus personajes tienen prisa por justificarse y yuxtaponen hileras de quejas, de argumentos encadenados, de trampas mentales y de debilidades confesas. Bajo esta palabrería asoma el hombre contemporáneo, que hace tiempo que fue despojado de sus asideros colectivos –la religión, la comunidad, la visión única de la realidad, la tradición, etc.– y obligado a construirse una posición en el mundo. En plena jungla posmoderna, esta tarea resulta titánica, porque la libertad que nos confiere el escepticismo hacia los antiguos totalitarismos del pensamiento nos obliga a la fabricación de nuestros propios paradigmas partiendo de cero. El horizonte es la autonomía. O la identidad. O la felicidad: entes vaporosos que excluyen el manual de instrucciones. Pues bien, los monólogos de los personajes atormentados de esta novela deja ver la tensión entre pasado y presente, entre el postfeminismo actual y el machismo nacional de antaño, entre el nihilismo consumista y la antigua fe en el progreso; entre los desastres de la historia española y la incertidumbre democrática del presente; entre la clásica confianza en el trabajo y el hedonismo neurótico de hoy; etcétera. Los personajes tratan de sobrevivir en un mar de tensiones contrapuestas, enlazadas, y en esto –y en la plasticidad de esta dialéctica interminable– radica el valor de la novela. En la capacidad de definir, a la manera de una summa desgarrada y lúcida, al individuo contemporáneo, que después de la batalla por dotarse de una identidad clara y autosuficiente, se arroja en brazos del conformismo, del materialismo o de un aturdimiento que dura lo que dura la vida.

Se podrá reprocharle a Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) que, siendo entonces su texto un ejemplo de realismo literario –del realismo que escruta bajo los gestos y las alfombras, no del que describe los pasamanos de las mansiones–, la mimesis con la realidad no resulte perfecta. Porque Hilos de sangre se salta las convenciones de la “buena novela”, al parlotear todos los personajes con idéntica entonación y ser más conscientes de su deriva de lo que deberían. Pero a estas alturas, con la posmodernidad –lo aprovechable de la misma– retándonos a producir novelas que sospechen de su condición de artificio, la mimesis pura es inconcebible. Sería como rezarle al costumbrismo. Sería ingenuidad respecto al desarrollo de una tradición, la realista, que para seguir vigente debe decidir si el objeto de su reproducción es el hombre meramente sintiente –ajeno a libros, periódicos, redes, televisiones, es decir, todas las mediaciones que lo constituyen–, o el hombre cultural, que se sabe atravesado por todo eso y por teorías abstractas y fuerzas que lo determinan. A mí no me molesta que, a día de hoy, la novela realista no me sumerja en aquello que John Gardner proponía como el ideal de la narración, una “ensoñación vívida”, a la que uno se abandona olvidando que está leyendo un libro y no actuando en la vida real. Y no me importa porque en ese modelo suele ser habitual que el lenguaje sólo se esfuerce en su propia invisibilidad –¿un truco de magia?–, en vez de radicalizarse para generar texturas nuevas que nos informen, a través de los forzamientos de la sintaxis, de los códigos de poder que operan en el mundo. Eso es lo que ocurre con esta excepcional novela. Gracias a las conexiones con la Guerra Civil, y manteniendo el espejo con la neurosis posmoderna, con la crisis de todas las fés, Torné ha escrito la epopeya del hombre contemporáneo. Y lo ha hecho con una densidad analítica y una calidad literaria excepcionales. Repitámoslo: excepcionales. El magma de psicología, política e incluso ciencia en el que respiran los personajes es exacto y, además, alcanza la excelencia formal y la emoción que ni la sociología ni la revisión de medios más exhaustiva podrá nunca ofrecer. Cualquier otro debate sobre este libro –sus padrinos, las comas desplazadas– que lo sojuzgue según otros intereses son mezquinas maneras de negar la evidencia: Torné es un gigante. E Hilos de sangre –compleja, artificiosa, plástica, verborreica, lúcida, transversal–, su primera una obra maestra.

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